Cultura de Paz, Historias Cotidianas

¡Ponte abusado!

Margarita Lignan Camarena

Desde chiquito yo siempre quise enseñarle a mi hijo a ser bien abusado, para que nadie le viera la cara nunca, porque la verdad es que luego hay cada gente que…

 

Por ejemplo, un día que fuimos a la fiesta de mi sobrino, a la hora de la piñata, ya se habían formado todos los niños y el mío se quedó hasta atrás, porque según él le daba miedo que lo aplastaran y lo pisotearan a la hora de ir por los dulces; yo me sentí más que afligido, enojado, porque la verdad pensé “así cómo va a salir adelante en la vida”, entonces lo jalé de un brazo, y así chillando y todo, lo hice que se pusiera adelante “por ser primo hermano del festejado”, para que saliera con ventaja a la hora del reparto de los dulces; no le gustó mucho pero según yo, así lo estaba educando.

 

Al ir en el carro ya me era usual gritar improperios o tocar el claxon a cuanto conductor o peatón se me atravesara, por nada los dejaba pasar, “nada de uno y uno, si yo ya voy en la fila no tengo por qué dejar pasar a nadie”— Pensaba- Y me hacía como que no los veía para seguirme de frente, porque este mundo es de los listos.

 

Una vez en la entrada de la tienda de la esquina nos encontramos un rollito de billetes tirados, no era mucho; pero al menos para ir al cine con todo y palomitas sí nos hubiera servido. Lo levanté rápidamente y me lo guardé en la bolsa, me apresuré a comprar mis cigarros y nos fuimos. Gustavo me dijo:

 

— Papá, pero ese dinero no es tuyo ¿no?

 

—Pues tampoco es de nadie ¿no?, somos muy suertudos.

 

Dos cuadras más adelante una señora mayor buscaba entre su bolsa del mandado y en los bolsillos de su suéter.

 

— Papá, se me hace que el dinero es de esa señora.

 

— ¿Tú como sabes?, a lo mejor perdió otra cosa, tú síguete de largo y no vayas a decir nada, porque obviamente si mencionas el dinero, dirá que es suyo y nosotros como tontos tendremos que dárselo.

 

¿Y qué crees que hizo Gustavo?, justo al pasar junto a la señora:

 

— Buenas tardes señora, disculpe, la veo preocupada, ¿la puedo ayudar en algo?

 

— ¡Ay joven, es que acabo de perder el dinero para mi compra!, ya estoy tan vieja, no sé ni qué es lo que hago, pero estoy segura que lo traía por aquí.

 

— No se preocupe señora, así pasa, bueno, pues buena suerte y que lo encuentre…. — Dije yo, y jalé a mi hijo como la vez de la piñata, pero para que ya nos fuéramos de ahí; a lo mejor se trataba de otro dinero y yo no quería perder mi día de suerte.

 

— Oye papá… ¿no será aquel rollito que dejamos en la tienda por si volvía el dueño o deña? — Dijo el chamaco en voz alta.

 

— ¡Un rollito!, sí, justamente, yo lo traía con una liga rosa… ¡Ay qué bueno que lo encontraron, soy tan afortunada, que el cielo los colme de bendiciones!

 

— Papá, ¿por qué no te adelantas a la tienda por…”el rollito”, mientras yo acompaño a la señora de regreso por su dinero y por sus compras.

 

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Mi hijo y yo hablamos, me dijo que a él no le parecía que “ser abusado” fuera lo mismo que abusar de los demás; sino que para él se trataba de hacer uso de sus derechos sin pasar por encima de los de los otros. Te he de confesar que al principio fingí sentirme enojado, pero en realidad, en el fondo me sentía avergonzado porque sabía que Gustavo tenía razón.

 

Al final le mostré a mi hijo que es de listos reconsiderar, cambiar de opinión y sobre todo de actitud, que ponerme abusado también incluye hacer caso a sugerencias e ideas positivas que nos permitan vivir en una sociedad mejor.

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Un consejito

Margarita Lignan Camarena

Recuerdo aquella vez, estábamos en casa de mi tía Laurita, la que vivía en Cocoyoc, nos fuimos a pasar el fin de semana; estuvimos tan a gusto, que mi tía empezó a escombrar closet y cajones, según para que la ayudáramos, y nos pareció tan entretenido, que comenzamos a probarnos viejos sombreros de los abuelos, prendedores, bastones y estolas. Las antiguas prendas elegantes, hoy eran ingeniosos disfraces; y ya que estábamos en eso, yo me probé unas blusas que me parecieron muy bonitas, especialmente me gustó una de rayas blanco y negro que inmediatamente me probé y fui a observar frente al espejo. — Te voy a dar un consejito — Me dijo mi tía. — Nunca uses rayas horizontales, porque como eres tan llenita, esas líneas te hacen embarnecer mucho más.

 

Aquel consejito me llegó como un latigazo, rompió la armonía de la tarde, no quise jugar más, pero no dije nada porque eso de ser “muy sentida como jarrito de Tlaquepaque”, seguro también sería motivo de burlas. No sé cómo decirte, pero ese cruel consejito se quedó guardado en mí como un detonador.

 

Una vez mi primo Paco, varios años menor que yo vino a quedarse con nosotros unos días porque nació su hermanito, yo tendría unos doce años, era casi adolescente. Cuando Paco se ponía nervioso, tartamudeaba muchísimo, y vaya que esos días estaba nervioso. Creo que me puso celosa tanta atención que estaba recibiendo; así que cansada de que le tuvieran tanta paciencia y consideraciones, en un momento en que nos quedamos a solas, simplemente le dije —Mira Paco, te voy a dar un consejito: habla más despacio o haz ejercicios de dicción con un lápiz, porque la verdad es que ni quien te entienda lo que dices. — No dijo nada, pero yo estaba consciente de que lo hice sentir mal.

 

Y bueno, para no hacerte el cuento largo, ese recurso del “consejito” se me quedó pegado; cada que alguien me hacía enojar o si me sentía agredida, de regreso yo le recetaba un “consejito” que diera justo en el blanco, donde más le doliera; buscaba según yo que llegara como no queriendo la cosa, como una flecha lanzada al azar, como dicen “te lo digo a ti mi Juan, para que lo entiendas tú mi Pedro”:

 

Ya en la vida adulta, si tomaba un curso o una capacitación, me encantaba sobresalir y quedar bien con mis maestros, si algún compañero opinaba, yo acallaba su comentario con el mío. Mi ego se alimentó como un monstruo, me justificaba diciendo “a mí que ni me pregunten porque yo sí soy muy franca, y sí me buscan les digo las cosas como son, en su cara”; y la verdad es que se las decía, aunque no me preguntaran. Convencida de ser y saber más que los demás, de tener siempre la razón y sobre todas las cosas, de haber aprendido a usar como arma poderosa la palabra, no había quien me parara.

 

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Pero un día algo cambió, resultó que alguien todo el tiempo me había estado observando, mi pequeña hija, Vero, ahora adolescente, peleaba conmigo justo esgrimiendo las mismas frases que yo siempre usaba; fue hasta entonces que me percaté del filo de mis palabras. Cuando vi la rabia en sus ojos, disfrazando las agresiones de “franqueza”, supe que yo tenía que parar.

 

Hoy junto con mi hija, asisto a un taller de comunicación asertiva y resolución no violenta de conflictos, porque quiero frenar eso que se me convirtió en inercia, pero no en una forma de ser. El estar permanentemente enojada y buscando revancha genera una sensación de vacío enorme, no es una buena forma de vida, mucho menos algo que quiera para mi hija. Hoy sé que continuamente puedo construirme y modificarme, cambiarme cuantas veces sea necesario para sentirme realmente contenta y orgullosa de mí misma. 

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Mi hermoso sitio

Margarita Lignan Camarena

El confinamiento me ha llevado a buscar mi lugar en el mundo, como si nunca antes hubiera pensado en ello, había estado dando por hecho que mi sitio era la oficina, ese lugar que alguien más se encarga de que esté limpio y ordenado, situado en un edificio bonito que me hacía creer que mi vida era así, con ciertos lujos, con un espacio de jardín y una fuente, con un pequeño café abajo.

 

Luego llegaba al desorden de mi casa, pequeña y ruidosa, no tan cómoda, con bastante trabajo por hacer, al departamento que en realidad alcanzo a pagar con mi sueldo, que, aunque lo he decorado lo mejor que puedo, de hecho, con bastante cariño, es un poco húmedo y oscuro; pero qué importaba si al final pasaba la mayor parte del día fuera.

 

Los fines de semana me apuraba a levantar para ir a dar una vuelta cerca o lejos; me encantaría ser de esas personas que viajan y viajan, pero más bien soy de las que trabajan mucho y ganan poco, así que siempre hago lo mejor que puedo para pasarla bien, ése es mi lema.

 

Todo cambió con la pandemia, primero pensé que sería una fiesta quedarme encerrada en pijama todo el día; después, cuando el trabajo se intensificó, mi pequeño departamento me pareció el peor de los encierros, literalmente casi sentía claustrofobia, pateaba todo cuanto encontraba a mi paso, le gritaba a todo y a todos; me hacía sentir súper de malas que no cupiera la taza de café junto a mi computadora en mi mini escritorio lleno de libros, eso me estresaba tanto que hasta mi pobre perro acababa todo regañado si se le ocurría ladrar y ser perro cuando yo estaba en junta.

 

Tuve que hacer varios cambios, de entrada, comprarme una silla de oficina porque ya no aguantaba el dolor de espalda, al principio, ni creas que me alegré; me chocaba verla en el espacio de mi casa, sentía que invadía “mi privacidad”, sin embargo, descubrí que mi columna necesitaba buen respaldo y no caminar en chanclas todo el día.

 

Después, y en vista de que no podía salir a ningún lado, me puse a tirar primero tiliches, ya sabes, cosas inservibles que una acumula, pero después descubrí que acumulo de todo: zapatos, bolsas, macetas, revistas, botellas de licores que nunca beberé, incluso libros, ¡sí libros!, mi gran egoteca, yo necesitaba espacio, dinero adicional para los arreglos y consideré que otras mentes y ojos tenían derecho a leerlos; así que los rematé, lo cual representó un golpe enorme a mi apego y a mi ego, pero el espacio que ocupaban se llenó con luz y pequeñas plantas que me hicieron sentir mejor.

 

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También descubrí que es cierto ese dicho tan popular: “muévete, no eres un árbol”, en la oficina no podía hacerlo, pero en la casa sí; hay días que trabajo en el comedor, otros en la recámara, otros incluso en mi diminuto balcón, lo que me ha llevado a explorarme a mí misma, a saber, que no todos los días estoy para lo mismo; incluso hago cortes para hacer un poco de ejercicio o incluso salir a caminar y eso me baja la irritabilidad con los demás.

 

Como todos, lo que más extraño es el contacto con la gente, sé que a muchos no les interesa y se arriesgan ya a salir, incrementando los contagios, pero yo sigo cuidándome. Ha sido todo un desafío aprender a estar tanto tiempo sin mis amigos, a no necesitar el continuo movimiento, la exposición, el ser vista, la competencia; incluso la neurosis para sentirme viva, en acción.

 

Esta pandemia me ha enseñado a necesitar menos y a disfrutar más, a descubrir posibilidades en vez de obstáculos; pero, sobre todo, he aprendido que el más hermoso de los sitios es en donde yo puedo aquietarme, para no llevar a mi mente y a mi cuerpo a los extremos de la ansiedad, para no desesperarme y acabar violentándome contra mí o contra otros.

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¡Sólo te importa tu trabajo!

Margarita Lignan Camarena

La verdad ya no sé qué hacer con Javier, estoy desesperada, todo el tiempo trato de darle lo mejor, pero siento que él no lo valora. Mira, te cuento, él tiene doce años, su papá vive en otro Estado, viene a veces a verlo y contribuye económicamente con lo de la pensión, pero la realidad es que no nos alcanza, por lo que yo tengo un trabajo fijo como recepcionista en un consultorio médico y otro free lance como capturista, precisamente de expedientes médicos de otros doctores, que afortunadamente me han ido recomendando uno a uno; no me quejo, pero para sacar un ingreso que pague los gastos de casa, escuela y lo que se va necesitando, tengo que pasar realmente muchas horas frente a la computadora en una actividad que me requiere estar muy concentrada. Tiene sus ventajas, pues al consultorio voy medio tiempo y la otra mitad del día puedo estar en casa haciéndole compañía a mi hijo… Aunque no tan atenta como él quisiera.

 

Javier dice que no le hago nada de caso, me repite una y otra vez que “sólo me importa mi trabajo”, por más que le explico, no logro que entienda que es justo por mi trabajo que podemos tener tranquilidad. Frecuentemente escucho especialistas que recomiendan dar a los hijos “tiempo de calidad”, ¿eso qué significa? Porque Javier y yo salimos los sábados, destino ese día, sólo que él está todo el tiempo de malas; claro que no puedo darle tooodo el sábado porque también tengo que hacer las compras, la limpieza y ver pendientes, pero en el trayecto le pregunto cómo va con la escuela, qué tal sus amigos y sólo me contesta monosílabos; parece que nada lo hace feliz.

 

Aquí entre nos, la verdad es que me enoja que a su papá no le hace estos dramas, él puede aparecer una sola vez al mes y Javier está muy contento de verlo, no le reclama nada; claro, porque lo lleva a donde el muchacho quiere y juega basket con él y hacen cosas que yo nunca voy a hacer porque… soy su mamá, tengo muchas responsabilidades y siempre estoy muy ocupada… ¿qué cree que no me canso?

 

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Mi amiga Ivonne, por ejemplo, cada quince días hace su “noche de chicas” con su hija y me cuenta que, entre películas, palomitas y mascarillas, Mariana le cuenta sus cosas y eso las ha hecho confidentes; pero Javier es hombre, me aburre ver el fut y a las películas de acción ni les entiendo; además si me pongo a “no hacer nada”, siento que estoy perdiendo tiempo que podría aprovechar para ganar un poco más de dinero.

 

Quiero mucho a mi hijo, pero reconozco que no sé cómo relacionarme con él ahora que está empezando a ser un adolescente. A veces me digo a mí misma que mi angustia económica es demasiada y que unos cuántos pesos no nos harán la diferencia, que podría dejar de trabajar unas horas a la semana para estar con él, y acompañarlo como hace su padre a las actividades que a él le gustan, aunque me parezcan aburridas. Creo que debo dejar de suponer lo que va a decir o lo que va a contarme y escucharlo, incluso contarle yo también mis cosas, mis aventuras a su edad, no sólo mis quejas de dinero y de trabajo.

 

Creo que para poder relacionarme mejor con mi hijo tengo que superar el enojo que siento con su padre, aceptar que él le da a su hijo lo que quiere, aunque yo lo considere insuficiente, así como según yo le doy lo mejor, aunque el mismo Javier no lo vea así.

 

Siento un poco de miedo de despegarme del trabajo para pasar tiempo con mi hijo, para mirarnos, conocernos, caernos mal o caernos bien, pasar tardes buenas o malas, lo que haga falta, como sea que ocurra, pero lo que sí sé es que quiero construir entre él y yo un vínculo indispensable para ambos, porque él necesita saberse aceptado, sentir que también conmigo tiene coincidencias y que me encanta y disfruto su forma de ser; también necesito aprovecharlo antes de que vuele, de que se vaya a la vida como debe hacerlo, porque es una realidad que mi trabajo (el de ahora u otro que llegue) no terminará, pero su adolescencia sí, y no quiero extrañar el no haberlo disfrutado.

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Huir de mí

Margarita Lignan Camarena

¿Qué es esta extraña sensación?, no se me quita con café, ni con té, ni con refresco de cola. Ya me comí un chocolate, un poco de helado, una galleta, unas nueces y unas papitas y no… No se me quita.

 

Trato de sentarme más derecha, ponerme un cojín, abrir la ventana; prendo un cigarro, lo apago, me cambio la blusa por una más suelta, más fresca; creo que fue demasiado, ahora me pongo un chal sobre los hombros, y no… No puedo trabajar, no logro concentrarme.

 

No sé si quiero llorar o quiero gritar, no sé si te extraño, si extraño a mis padres o mi infancia, a los amigos que he perdido o a los que nunca he encontrado; de hecho, no sé si sólo digo que te extraño como un pretexto para justificar esta sensación de absoluta desolación que en el fondo me parece tan absurda, tan difícil de explicar.

 

Es como si me hubiera vuelto loca, quisiera que alguien venga a abrazarme y a la vez, que nadie me moleste, que nadie me hable, que nadie me mire; no sé si quiero la orquesta o el silencio, sólo mirar las plantas me conforta un poco, hasta que les descubro hojas caídas y quiero arreglárselas y me enumero las tareas pendientes y abrumo; siempre me abrumo demás. El médico dice que son ataques de pánico y me ha recetado unas cápsulas que sólo siento que me atontan y aletargan demasiado.

 

Llevo un año hablando conmigo misma, con imágenes en la pantalla; reflejos de lo que fue mi ajetreada vida de trabajo y amigos antes de la pandemia. No sé si estoy deprimida o ansiosa, pero la terapia por video no me alivia esta sensación de haber perdido tanto y a tantos. Dicen que debemos adaptarnos a los cambios y sé que no soy mucho de ese tipo, que me sentía muy segura con mi vida como era, navegaba en ella conociendo todas sus orillas, me encantaban los domingos de salir, de ir a algún restaurante, las vacaciones, los nuevos clientes, la ropa, verme bonita.

 

Llegaron las vacunas y poco a poco la vida se va recuperando, pero en muchos sentidos para mí ya no es lo mismo. Por ejemplo, la idea de la competitividad, antes tan arraigada en mí, perdió sentido, ahora extrañamente ya no quiero ser “la mejor”; cuando me envían publicidad, videos, folletos de lo que otras empresas están haciendo, las reviso someramente. Mi negocio se achicó, tengo menos empleados, en un inicio me sentí una mezcla de fracasada y culpable por ello, pero hoy emprendo un rumbo nuevo con la mejor gente que puedo tener, no sé si la más preparada, pero sí la más comprometida y sólida.

 

Durante esta pandemia terminé una relación de pareja de varios años, a la que estaba muy acostumbrada, yo me decía que me daba seguridad, pero en realidad me hacía sentir permanentemente lastimada, pues quien yo soy, nunca alcanzaba a cubrir sus expectativas, siempre había algo que arreglarme, siempre yo tenía que ajustarme para no incomodar. Hoy extrañamente esa relación la cuento entre mis pérdidas.

 

Algunos amigos se alejaron, por más que les llamé siempre estaban ocupados o con sus propios problemas, y hoy cuando me siento a pasar la tarde en un café y leer, me digo que estoy sola.

 

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Vendí el carro para liquidar a los empleados que no pude sostener y que estaban por demandarme, ahora camino mucho, hago ejercicio; ya tampoco pago la renta de la oficina, todos trabajamos desde casa, al parecer nos quedaremos así, me gusta poder cambiar mi escenario en las tardes y que mi gente sienta que puede atender el trabajo sin descuidar cosas personales, han demostrado ser muy responsables optimizando sus tiempos; pero yo me digo que quebré.

 

Escuchándome, creo que lo que debo cambiar es mi discurso de pérdidas y empezar a sumar, sanar mi corazón haciendo el recuento de mis ganancias, reconocer que me he traído a un mejor lugar, que en esta pandemia me he transformado; soy distinta, pero si sigo buscando a la que fui no encontraré a nadie y me seguiré sintiendo desolada. Necesito mirar con el detenimiento que merece a esta nueva mujer que he creado, para ya no necesitar más huir de mí; lo que tengo en frente no son pérdidas, sino páginas en blanco, más bien, macetas vacías, todas con espacio libre para florecer.

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Impecable

Margarita Lignan Camarena

Compré una cera para muebles buenísima, de aceite de cerezas, lo acabo de poner, y en un rato más, voy a limpiar los baños con ácido muriático para que queden impecables; me gusta que todo esté muy limpio, me da una sensación de que la vida está bajo control.

 

— Pablito, por favor, no subas los pies al sillón, siéntate derecho, no ves que estoy limpiando…No, no, ahorita no saques los colores… No me rezongues, si estás aburrido, ve una película, pero no hagas reguero.

 

He estado ahorrando para mi aspiradora de vapor, porque ya no puedo con las manchas de las esquinas y las manijas del lavabo. A veces me dicen que exagero, pero la verdad sí me gusta que todo esté como un hospital, eso me da seguridad.

 

— ¡Ay Nancy, no seas torpe, nunca pones atención a lo que haces, acabas de tirar el agua de jamaica, caramba, otra ves voy a tener que lavar el piso… No, no, ni le pases el trapito así nomás, que queda todo pegajoso; lo voy a tener que hacer yo para que quede bien.

 

Nada como llegar a una casa bonita, se respira un ambiente muy agradable, da una sensación de paz. Claro, ahora que estamos encerrados casi todo el tiempo, esto se ha vuelto mucho más difícil; tengo que estar peleando para que conserven el orden.

 

— Ay Alfredo, ¿ya vas a trabajar otra vez en la mesa?, ¿por qué no te quedas en el escritorio del cuarto?, se ve muy feo que la mesa esté ahí con la computadora y tus papeles.

 

— Pues porque ya me cansé de estar en la recámara todo el tiempo, ¡necesito, aunque sea, cambiar de pared!

 

Esta casa es mi santuario, pero como ahora no van los niños a la escuela ni mi marido a la oficina, me estoy sintiendo muy alterada, la limpieza no dura, y a donde ven mis ojos, hay reguero; eso me desespera mucho.

 

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— ¡No, no; los rompecabezas otra vez no!, ya saben que hay horario para jugar a eso y es en la mesa, ¡no en el piso!, pero como tu papá tiene hoy la mesa ocupada…

 

— A ver Licha, vamos a hablar; la casa no es sólo “tú espacio”, es el de todos. No podemos salir por ahora, necesitamos tenernos paciencia unos a otros. ¡Bájale a tus estándares de orden y limpieza! No necesitamos una casa “impecable”. necesitamos vivir tranquilos.

 

— ¡Pero si la casa no está perfecta, yo no me siento bien!, ¿no me entiendes?, me da paz y certeza vivir con orden.

 

— Respiremos hondo, creo que necesitas encontrar la paz, la tranquilidad y la certeza en ti misma, no en la casa; mira, por ejemplo, si un sismo (esperemos que no), la derrumbara, tendríamos que adaptarnos, ¿no? Mientras dure la pandemia, debemos seguir siendo tolerantes, todos, no sólo tú, extrañamos nuestra vida de antes. Centrémonos en las personas, no en los objetos. Mira, no dejas a los niños jugar, son niños, ya que no pueden moverse mucho, necesitan estar cambiando de actividades. La limpieza de la casa es tarea de todos, aunque no nos quede perfecto, aunque no lo hagamos como tú. No necesitas cansarte tanto, ya nos daremos tiempo para hacerla.

 

¿Sabes? Creo que mi esposo tiene razón, mi equilibrio y el de mi familia no pueden depender de que no haya polvo en las repisas. No sé cómo voy a hacerlo, porque sé que no se trata de la casa sino de mí, me dan mucho miedo los cambios, el futuro, la incertidumbre. Es cierto, una casa impecable no puede evitar que las cosas cambien, porque de hecho, ya cambiaron. No puedo seguir siendo la que era, necesito transformarme, dejar de autocalificarme por lo impecable de mi casa y comenzar a valorar mi hermosa, cálida e imperfecta vida familiar.

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¡Ve a terapia!

Margarita Lignan Camarena

Yo no sé qué se cree Miguel, deja todo tirado siempre, parezco su madre, no su esposa; sobre todo me choca que deje la toalla mojada sobre la cama, si no fuera por mí, esta casa sería un desastre, por eso acabo toda cansada, con dolor de espalda de andarme agachando tanto a recoger todo lo que tira. Ya le dije que vaya a terapia, que yo no soy su madre.

 

Bueno y mi hija Paty ni se diga, plato tras plato para lavar en la cocina y es que esa muchacha no para de comer en todo el día, más ahora con el encierro, como que no sabe ni qué hacer y se pone a comer todo lo que encuentra y si no encuentra, manda pedir algo de la tienda; ya le dije que nadie la va a querer, que se va a quedar sola y es más, que ni siquiera va a conseguir trabajo porque a nadie le gustan las gordas, ella también debería ir a terapia para controlar su forma de comer tan ansiosa que a mí me pone de nervios.

 

Y también la que debería ir a terapia es mi vecina Rosi porque anda de novio en novio con todo y pandemia; gaste y gaste en zapatos y otras cosas, como que no es consciente de que ahorita están muy mal los trabajos y tendría que ahorrar, pero yo veo que se siente sola o no sé ¿por qué saldrá tanto con personas diferentes?

 

Carlos mi sobrino, el hijo de mi hermana es psicólogo, y de tanto que escucha que yo quiero mandar a todos a terapia para que se compongan, me preguntó que por qué uso esa frase “como queja y amenaza”.

 

— Pues porque yo veo que todos están mal y deberían de componerse.

 

— ¿Y para qué quieres que se “compongan”?

 

— ¿Cómo para qué?, pues para que yo pueda vivir tranquila.

 

— ¿Es decir que vivirías tranquila si todos fueran y actuaran como tú quieres?

 

— Mmm, no pues no digo eso, sino que hagan lo correcto.

 

— ¿Y qué es lo correcto?

 

— ¡Pues todo lo que yo aprendí que es correcto!, chamaco éste; sobre todo que no tenga yo que hacer nada por ellos, que se encarguen de sus cosas.

 

— ¿Y por qué se las haces, cuál es tu ganancia en hacerlas?

 

— ¡Ninguna, ninguna; sin mí qué harían, son ellos los que están mal!

 

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Te cuento que desde aquella conversación con mi sobrino, que me irritó tanto, decidí ir yo a terapia, nomás para averiguar. Me gustó, he aprendido que vivir tranquila depende de mí y no de los otros, que debo dejarlos resolver en vez de resolverles y que lo que me sea intolerable, debo hablarlo con franqueza en vez de lanzar indirectas.

 

La verdad es que sí usaba yo la frase “¡Ve a terapia!” como un látigo castigador. Comprendí también que cada quien es responsable de trazarse el camino y de elegir las herramientas que quiere utilizar o no para crecer.

 

Mi psicóloga me compartió un video que me encantó, donde un músico callejero toca su violín en medio de una manifestación; la gente pasa junto a él gritando improperios, pintando paredes y sacudiendo pancartas, pero él, permanece parado ahí en la banqueta, tocando muy inspirado, como si el mundo no existiera. Hoy trabajo en la terapia para ser como ese músico, atender lo mío, pacíficamente, sin violentarme por lo que hacen los demás.

 

También sé que es inevitable llegar a conflictos o enfrentarme a situaciones desagradables e incluso difíciles; pero voy confiando en que si trabajo en mí, en vez de tratar de gobernar a los demás, sabré cómo salir adelante aún en las adversidades.

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Cultura de paz, una vía para prevenir la violencia

Recuerdo que cuando era adolescente veía en la televisión imágenes de un conflicto en un país de Medio Oriente; no entendía la razón de tanta violencia que se transmitía en el televisor, pero supongo que debía ser algo muy importante como para llevar a cabo ese tipo de acciones.

 

Los días transcurrían y yo no me perdía los noticieros para saber qué más pasaba en aquel país, y en ellos presentaban testimonios de cómo la gente que habitaba ahí, ya había dejado de estudiar, de atender sus trabajos, la comida se estaba volviendo escasa, inclusive había personas que dejaron de ver a sus familias. Este conflicto les había hecho cambiar radicalmente sus vidas.

 

Después de tantos meses, empezó a parecerme irreal que las personas no pudieran respetarse entre ellas y aceptar sus diferencias, así como dialogar para intentar llegar a una solución.

 

Años después, las imágenes de aquel conflicto seguían en mi mente y me prometí hacer algo para fomentar el diálogo entre las personas, y así prevenir conflictos que después pudieran traer grandes desgracias.

 

Cuando terminé mis estudios, me convertí en docente de secundaria y no había olvidado aquella promesa que me hice, así que comencé a investigar y encontré un concepto del que poco había escuchado, “cultura de paz”.

 

Al aprender sobre el tema, descubrí que, de acuerdo con Naciones Unidas (1998), la cultura de paz consiste en “una serie de valores, actitudes y comportamientos que rechazan la violencia y previenen los conflictos tratando de atacar sus causas para solucionar los problemas mediante el diálogo y la negociación entre las personas, los grupos y las naciones”.

 

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También aprendí que la cultura de paz se puede promover a través de fomentar la solución pacífica de los conflictos mediante el diálogo y la búsqueda de consensos, así como el respeto de todos los derechos humanos.

 

Todas y todos podemos contribuir en la construcción de la cultura de paz. Para ello es necesario mejorar nuestro diálogo, comprensión y colaboración con las y los demás. Recuerda: la paz no significa la ausencia de guerra ni de conflictos, sino la posibilidad que tenemos todas y todos de resolver los problemas que se nos presentan sin recurrir a la violencia.

 

 

Por último, si quieres conocer más de la Cultura de Paz, te invitamos inscribirte al curso Transformando Conflictos, en el que conocerás las herramientas que te ayudará a encontrar salidas no violentas ante los conflictos que vivimos día con día.

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Una buena profesión

Margarita Lignan Camarena

A Saúl le encanta dibujar, desde pequeño sus ojos se han llenado de color y de formas; cada cosa que mira, para él tiene infinitas posibilidades de transformación e interpretación, lo que ve, más que figuras son símbolos, tiene tanto por decir, por expresar, por proponer.

 

Para él las imágenes pueden transformar las emociones, si uno está triste, nada como el verde; en cambio ante la irritabilidad o la ansiedad, una gama de azules puede devolver la calma. Aún no sabe cómo emplear lo que sabe, lo que intuye, pero no se imagina haciendo otra cosa.

 

Sus papás no están tan de acuerdo, ni sus tíos, ni su padrino, todos le han dicho “¿y de qué vas a vivir?”, “nadie contrata dibujantes, eso es un pasatiempo”, “hay mucho diseñador desempleado, ¿qué no has visto a Chucho que mejor se puso a vender aguacates y apenas saca lo del día?”.

 

Saúl se siente inquieto, no se imagina haciendo otra cosa, a sus 17 años a veces piensa que es tonto, torpe, incapaz; pero también, ante tanta descalificación de lo que ama, se siente profundamente agredido, aunque el objetivo de su familia sea aconsejarlo. Pasa por su cabeza un listado de profesiones que va descartando: “¡Computación, estudia computación, redes, esas cosas que son lo de ahora!”, “Turismo también podría ser, ya ves tu primo que hasta se fue a vivir a Cancún para trabajar allá”, “Maestro como tu mamá, así te jubilas pronto y tienes tus prestaciones al menos”.

 

En su cuarto, escondido de su familia, saca lápices de color y acuarelas; sobre una página en blanco el caos de su mundo se va poniendo en orden. Él mismo se sorprende de la facilidad con que vuelan sus manos, como si le fuera natural, simplemente es algo que en él ya existe, que fluye y cobra vida. Pone música de fondo, acomoda su cuerpo, ahora en ángulo, ahora de pie, ahora inclinado. Cuando dibuja el mundo de lo imposible desaparece, cree en sí mismo y se llena de alegría.

 

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Andrea, la mamá de su amiga Maura le cae muy bien, Maura también dibuja y su mamá la motiva a tener confianza en sus propias decisiones, le ha pagado algunos cursos bastante económicos porque no tienen mucho dinero y la alentó a abrir una página con sus diseños que imprime en unas bolsas de tela que hace su abuelita. Su tío Jaime las apoya comprando el material y las impresiones, le pareció bonito que Maura haya incluido a su abuelita a ese pequeño negocio que, aunque hoy es sólo una prueba, hace que abuela y nieta cada mañana se sientan entusiasmadas y productivas.

 

— Es que no sé cómo voy a hacer para ganar dinero, por eso a lo mejor estudio computación, aunque no me guste.

 

— Mi querido Saúl, te voy a decir una cosa según mi propia experiencia, para trabajar y ganar dinero se necesita pasión, que te encante lo que haces, porque pasarás la mayor parte de tu tiempo haciéndolo. Yo estudié para secretaria porque me obligaron, en aquella época era una opción, pero siempre me gustó hacer pasteles, pedí un pequeño crédito y empecé vendiendo en cafeterías o para las fiestas de mis amigas, ganaba dinero muy ocasionalmente porque además no tenía tanto tiempo disponible, porque trabajaba en el despacho, pero me prometí no gastar un peso de los pasteles y ahorrar, fui mejorando y mejorando; un día dejé mis fotos a un salón de fiestas infantiles y poco a poco, cuando me di cuenta, ya los pasteles me estaban dando lo suficiente para decir adiós a mi trabajo y dedicarme de tiempo completo. Lo hice con mucho, con muchísimo miedo de fallar y no poder sostenerlo, pero me dije que prefería intentar salir adelante siendo feliz que resignarme a sobrellevar la vida estando triste todo el tiempo, porque eso si te digo, cuando a uno no le gusta su trabajo, se vuelve una carga pesadísima que no te deja avanzar más.

 

 

Así, mirando el techo, a Saúl le llegó una idea, quiere dar terapia de arte, mostrar a las personas lo que él ha encontrado en las formas y colores. Las palabras de Andrea le hicieron mucho sentido, ahora se siente fuerte, entusiasmado, seguro de que la pasión que hay en su corazón es una fuerza que le irá dando luz para encontrar el camino que lo llevará a salir adelante.

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Cultura de Paz, Historias Cotidianas

El pasado, ¿quedó atrás?

Margarita Lignan Camarena

Parecería que tomar decisiones es muy fácil, todo mundo me da consejos al respecto; pero yo no sé qué pensar, sé que me critican, pero según yo, estoy haciendo lo mejor.

 

Me casé con Rubén hace mucho tiempo, como 10 años y tuvimos una hija, Esmeralda. La vida se volvió un problema porque Rubén es alcohólico, cuando lo conocí, no le di mucha importancia, sí veía que tomaba mucho, pero nunca pensé que eso fuera para tanto, hasta que comenzó a perder a cada rato los trabajos y me dejó con toda la carga económica; tuve que apoyarme con mi mamá para que me ayudara a cuidar a Esme mientras yo trabajaba. La niña ha crecido muy acostumbrada a su abuelita, quien desde chiquita la lleva y la trae de la escuela, la baña, le hace de comer y hasta le ayuda con las tareas, porque mi mamá fue maestra y le entiende a eso.

 

Poco a poco se la fui dejando, Esme siempre ha estado más cómoda con ella, yo la verdad, no soy de mucha paciencia y a los temas de la escuela ni les entiendo, y pensando en que la niña tuviera más estabilidad y se sintiera más cómoda, decidí dejarla con mi mamá entre semana y pasar por ella los fines para verla.

 

Mi mamá se la pasa peleando conmigo, dice que eso no debe ser así, que mi hija me necesita y que ella ya se siente muy cansada; pero mira, como lo veo yo, estoy muy presionada con trabajar todo el día, para qué voy a traer a la niña de aquí para allá corriendo, si puede estar más tranquila con su abuelita; además, a mi mamá le sirve de compañía, y yo por supuesto las proveo económicamente de todo a todo.

 

Hace unos meses conocí a Luis, él trabaja en la misma compañía que yo, pero en otro departamento, es un hombre cariñoso y responsable, también muy alegre y divertido; la verdad, es que estoy muy enamorada. Me propuso que nos fuéramos a vivir juntos, pero no sé cómo decírselo a mi mamá sin que me arme otro drama. Pienso que tengo derecho a rehacer mi vida con este hombre maravilloso, sólo que nos iríamos a vivir a otro Estado y no puedo llevarme a Esme porque en su plan nunca ha estado tener hijos; además, para qué desequilibro a la niña, si como te digo, ella ya está muy hecha a la vida con su abue; eso sí, vendría a verlas cada mes o cada mes y medio, y desde luego que seguiré enviándoles dinero.

 

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Quiero que estén contentas por mí, y aunque así lo dicen, no lo están; además como te decía, algunas de mis amigas me critican y hasta me han dejado de hablar, otras dicen que estoy en todo mi derecho de dejar el pasado atrás y construirme una nueva vida, que al fin Esme ya está grande y podrá entenderlo.

 

Yo quiero mucho a mi hija, pero mira, al final los hijos emprenden su propio vuelo y yo no quiero quedarme sola, me siento muy querida y apoyada con Luis y no acepto renunciar a eso. 

Mi mamá dice que si mi decisión fuera acertada yo no estaría dudando tanto, que me sentiría tranquila, y que ejercer mis derechos afectando a los demás y suponer lo que para otros es bueno, sin preguntarles, es una forma de violencia. ¿Tú qué opinas?

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