Cultura de Paz, Historias Cotidianas

Mi escuela, un espacio seguro

Margarita Lignan Camarena

Yo sí soy de esas chavas a las que les encanta la escuela, pero te voy a decir por qué, no sólo por lo que aprendo o por tener amigos; sino que, para mí, la escuela es… ¿cómo dicen?… Ah sí, como un oasis, ja, ja, ja; quizá suene un poco pesado, pero es verdad. Mira, te cuento, en mi casa hay mucho relajo porque mis papás desafortunadamente son alcohólicos, bueno, mi papá más, mi mamá menos, pero también, sólo que ella de plano lo niega.

 

Como te imaginarás, tenemos muchos problemas de dinero, mi papá pierde los trabajos seguido y mi mamá vende cosas por catálogo y prepara papas y hot dogs para vender el fin de semana; lo que no sirve de mucho, porque se lo gastan en sus cervecitas y acabamos con más deudas que ganancias.

 

La verdad es que mis papás me estresan, obvio ya he tratado de hablar con ellos, pero sale peor porque se enojan y dicen que sólo los critico.

 

La escuela para mí es un espacio libre de mi familia, donde puedo platicar con mis maestros y aprender cosas que me den una oportunidad de trabajo, por eso busqué este plantel, para que además de la prepa, tenga yo preparación técnica y pronto pueda encontrar chamba.

 

Lo malo fue un día en que también la escuela se puso peligrosa, porque un grupito de chavos de la colonia, de las calles de atrás, andaban de pleito con otro grupito que en las tardes se juntan aquí frente a la tiendita. Al principio sólo se decían de cosas en los descansos y como que se iba a armar el pleito, pero los maestros los paraban; pero un día, Beto, el líder de los de la tiendita, a medio pleito que saca una navaja bien grande que traía escondida en el cinturón. Los que los veíamos comenzamos a dar de gritos, rápido llegaron el director y el profe de educación física, pero estaba bien difícil intervenir porque los chavos traían los ánimos calientes, principalmente Beto que empezó a amenazar a una compañera que lo estaba grabando. Entonces, la verdad no supe bien ni quién fue, creo que la maestra Lulú, la que llamó a una patrulla, y en lo que alegaban si podían entrar a la escuela o no, Beto se espantó y bajó el arma; entonces lo llevaron a la dirección y llamaron a sus papás.

 

Eso no fue lo peor, sino que el director, asustado y enojado como es obvio, nos hizo a todos revisión de mochilas y ¡zaz!, Eloy traía un arma de fuego, yo no sé ni qué era exactamente, para mí todas son simplemente pistolas. Eloy es hermano de Víctor, el de la bandita de las calles de atrás. Nomás porque a la hora del pleito Eloy estaba en el laboratorio, imagínate si se ha enterado que le estaban echando bronca a su hermano.

 

Acabamos de entrar a la prepa, todos somos aún menores de edad, lo de mandar llamar a los papás a veces sirve y a veces no, por ejemplo, en el caso de Beto, su papá estaba mega afligido y apenado, porque esa navaja es herramienta que él usa en su carpintería, dijo que en ningún momento le permitió a su hijo tomarla, que ni se imaginaba en lo que andaba y que ajustaría medidas con él; pero en el caso de Víctor y Eloy, su papá maneja un micro, dijo que el arma era suya y que la trae con el fin de defenderse de posibles asaltos y que también le enseñó a sus hijos a usarla por si se les ofrecía, aunque su intención era que fuera como defensa.

 

Yo no estoy segura de si andar armados nos puede defender o nos pone más en peligro, pero sí pienso que las armas, en todo caso, deben estar fuera del alcance de niños y de chavos, porque creo que aún no tenemos el criterio suficiente y uno nunca sabe; como los papás de mis compañeros que desconocían en qué andaban sus hijos.

 

Lo bueno es que después la paz volvió a mi escuela, el director hizo una solicitud y vinieron a darnos unas pláticas de prevención de uso de armas, donde nos explicaron qué objetos son considerados como armas, nos dijeron que, en la mayoría de los casos de uso de las mismas en escuelas, los agresores las consiguieron en sus casas y que muy pocas veces, antes de un ataque, los agresores hicieron algún tipo de amenaza o dieron alguna señal que pudiera ayudar a prever la situación.

 

También dijeron que desde luego lo más importante es la prevención y nos explicaron cómo serían los operativos de revisión autorizados, en los que participarían docentes y padres de familia.

 

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Luego nos advirtieron que, en el desafortunado caso de otro incidente, no tratáramos de enfrentar al agresor, ni de tomarle fotos o video, que nos resguardáramos inmediatamente, de preferencia en un salón que se pudiera cerrar, y que debía haber alguien encargado de llamar al 060 a la policía o a emergencias en el 911.

 

Afortunadamente no ha habido más incidentes desde entonces, los operativos de revisión sirvieron bastante. Como te contaba al inicio, no sólo yo, sino muchos de mis compañeros, ante la falta de oportunidades o frente a las dificultades en nuestras familias, tenemos la escuela como un lugar seguro para aprender, crecer, madurar y forjarnos buenas oportunidades de salir adelante y necesitamos que eso no cambie.

 

Para más información acerca de este tema, se sugiere consultar el siguiente documento:

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Un puñado de centenarios

“Al que me cuide cuando sea muy, pero muy viejita y muy latosa, le voy a dejar un puñadito de centenarios que tengo por ahí muy bien guardado, ya ni me acuerdo bien cuántos son, porque ni toco la cajita para que no me dé tentación y acabe yo vendiéndolos para pagar tanta deuda que tiene una; pero han de ser unos cuatro o cinco.

 

Esos me los heredó mi tía Jobita, porque yo fui la única de entre sus nietos y sobrinos que la cuidó bien y con mucho cariño hasta el final. Eso que cuando ya estaba muy viejita era re latosa, porque ya casi no escuchaba ni tampoco veía bien; confundía una cosa con otra, como aquella vez que se echó las gotas para los ojos en los oídos y las de las orejas en los ojos que porque el doctor así le dijo… Lo bueno que no se murió de eso, sino que un día ya no tuvo más años para gastar, se le acabó su saldo y simplemente se fue.”

 

Mi abue Esperanza nos repetía la historia de los centenarios cada cumpleaños, Navidad, Año Nuevo o cualquier otro huateque en que estuviera reunida la familia. A varios de nosotros nos hacía mucha ilusión la historia y ahí nos tienes de chiquillos buscando por la casa de la abuela dónde pudiera estar la dichosa cajita, y no sólo nosotros, sus nietos; sino también algunos de mis tíos como Efrén y Ricardo que le entraban a los brindis y las apuestas con singular entusiasmo.

 

“Eso sí, si alguien de corazón malvado quisiera revolver mis cosas para madrugarme, les digo de una vez que la cajita no está en esta casa, se la encargué a alguien de mi especial confianza.”

 

Pero no le creíamos, porque sus hermanos ya habían muerto y no tenía amigas, apostábamos a que los tenía en la casa bien escondidos y buscábamos algún momento de distracción familiar para echar un ojo, eso sí, sin revolver nada para que no se diera cuenta.

 

“Donde encuentre yo que han hurgado en mis cosas para buscar el puñadito, le diré a la persona encargada que, aunque me hayan cuidado, no se los dé.”

 

“¿Y que tal que esa persona de pura mala voluntad se los queda y no nos da nada y nosotros cambiando pañales?” se atrevió una vez a preguntar mi tío Ricardo con verdadera avaricia; pero mi abue, aunque se le cristalizaron los ojos, nomás le contestó: “Ah, tú ni te preocupes, seguro tú no vas a ser el que me va a cuidar porque pienso vivir cien años y tú de puras parrandas ya te andas acabando.”

 

Mi abue Esperanza no vivió los cien años que quería, vivió ochenta y seis, y los últimos dos estuvo muy, pero muy enferma, porque se le descompuso un riñón y había que estarla llevando a sus diálisis; se deprimió mucho y ya casi no caminaba ni hablaba. Yo la cuidé, no por el puñado de centenarios, sino porque en realidad la quise mucho. Cuando era niño ella se hacía cargo de mí cuando mi mamá se iba a trabajar, me llevaba al parque y siempre llevaba algo de dinerito para comprarme un helado o subirme a los carritos mecánicos. Sólo a ella le conté cuando en la primaria reprobé mate y me ayudó a falsificar la firma de mi mamá en la boleta, luego me puso a estudiar con ella para que el siguiente bimestre ya pasara y lo pasé con ocho. Cuando dejó de caminar, tuvo que usar pañal, y aunque una enfermera venía a cuidarla, si se ensuciaba, olía muy feo. Casi nadie quería acercársele, estar con ella o platicarle. “Ni escucha ya” decía mi primo Alberto.

 

Cuando murió, más tardó en que la despidiéramos que en lo que mis tíos y algunos de mis primos comenzaron a preguntar por los dichosos centenarios con el fin de repartírselos, ni del panteón habíamos salido. Entonces se nos acercó la señora Matilda, la de la recaudería donde siempre compraba mi abue, y cuando llegó hasta mí, me entregó una cajita de madera con un moño rojo. Todos me vieron con sorpresa, yo estaba absolutamente azorado. “Obvio nos los vamos a repartir”, dijo mi tío Efrén de inmediato. Cuando por fin la abrí, un puñado de deliciosos centenarios de chocolate me esperaba, mi sonrisa fue amplia; pero no tanto como el regocijo de mi corazón, que recordó todas las travesuras que de niño hice con mi abue.

 

Me conmovió cuando lo comprendí, ella tenía un gran miedo de ser abandonada en su vejez y tristemente sabía que, si existía la promesa de una recompensa, eso no le pasaría. Como te conté, al final de su vida ya mi abue no hablaba, aunque no pudo decírmelo, yo espero que se haya dado cuenta de que yo la cuidé con sincero cariño y agradecimiento por las incontables horas de su tiempo que, sin ningún interés, me regaló.


 

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En nuestro país, la Ley de los Derechos de las Personas Adultas Mayores protege a nuestros ancianos y sanciona a quien cometa contra ellos los siguientes actos de violencia:

 

  •   Maltrato físico. Acto no accidental que provoca daño corporal o deterioro físico.

 

  • Maltrato psicológico. Actos verbales o no verbales que generen angustia, desvalorización o sufrimiento.

 

  •   Abuso sexual. Cualquier contacto sexual no consentido.

 

  •  Abandono. Descuido u omisión en la realización de determinadas atenciones o desamparo de una persona que depende de otra por la cual se tiene alguna obligación legal o moral. Es una de las formas más extremas del maltrato y puede ser intencionada o no.

 

  •   Explotación financiera. Uso ilegal de los fondos, la propiedad o los recursos de la persona adulta mayor.

 

  •  Maltrato estructural. Se manifiesta en la falta de políticas sociales y de salud adecuadas, la inexistencia, el mal ejercicio y el incumplimiento de las leyes; la presencia de normas sociales, comunitarias y culturales que desvalorizan la imagen de la persona mayor y que resultan en su perjuicio y se expresan socialmente como discriminación, marginalidad y exclusión social.

 

Fuente: https://www.gob.mx/inapam/articulos/el-maltrato-en-la-vejez

 

Si eres testigo de alguno de estos casos de violencia, puedes acudir al Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores (INAPAM) en busca de asesoría.

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La oportunidad

— Nada, nada; no se diga más, tú eres mi ahijado y en consecuencia, Marcelita también… Además, no te creas, acaba siendo una ventaja que no estén oficialmente casados; así nadie los relaciona ¿no?, tienen apellidos diferentes, de ese modo ni quien pueda decir algo.

 

— Te lo agradezco mucho padrino, y mira, no es por otra cosa, pero tú mejor que nadie sabe cómo es esto, Marce y yo ya tenemos una trayectoria como artistas visuales y pues bueno, como te conté, lo del dinero, lo de la beca pues, lo usaríamos para montar nuestra galería.

 

— Eso está muy bien mi Luis, me parece extraordinario; seguro que les irá muy bien; lo que sí, ya te dije, tienen que meter sus proyectos. Mira, ni siquiera es necesario que los hagan ustedes personalmente, hay gente que hace, esas cosas, ¿cómo les llaman?… ah si, “Autoría fantasma”; claro, como todo, hay que darles su lanita, Mira el cierre de la convocatoria para las becas ya es pasado mañana, pero a quien le vayas a encargar los proyectos, dile que te los entregue el lunes y yo te aguanto hasta el martes y los meto ahí al montón.

 

— De verdad, muchas, muchas gracias padrino, pero no vayas a pensar que no tenemos talento o ganas de trabajar, nunca has querido ir a nuestras exposiciones, pero de verdad que te gustaría.

 

— Bueno, bueno, no es que no haya querido, es que la verdad, que desde que me dieron el cargo ando rete ocupado, no te imaginas.

 

— Me imagino, sí. Oye, pero me preocupa cuando el jurado lea los proyectos, ¿qué tal que no quedamos seleccionados?

 

— De eso tampoco te angusties mi Luisito, que yo me encargo de que sí queden seleccionados y les den a los dos esa beca que tanto se merecen.

 

— Muchísimas gracias, nuevamente te digo que no sé cómo pagártelo.

 

— Nada, nada, ahorita ni pienses en eso; mira, desde que soy funcionario, he aprendido que las oportunidades son para aprovecharse; así le vamos a hacer y no se diga más.

 

Por supuesto, pasados unos meses, Bernardo y Marce se hicieron acreedores a sus becas, en medio de aplausos, orgullo y celebraciones de sus familiares y amigos más cercanos. No llevaron a cabo la producción de los proyectos que presentaron, pero montaron su galería, muy bien ubicada, para vender obra propia y de otros amigos. Un día, casi dos años después, recibieron la tan esperada visita de su padrino.

 

— Qué gustazo Padrino, qué bueno que por fin te animaste a venir.

 

— Claro, claro, me han dicho que han tenido mucho éxito con su “proyecto”, ja, ja, ja, mis jóvenes becarios.

 

— Mira, déjame mostrarte una obra que…

 

— No, no, ya sabes que no le entiendo mucho a esto, mejor vamos a hablar de otro asuntito. Mira, ahora soy yo el que necesita un favor. Requiero de ti que me “vendas” unos cuadritos, los que tú gustes, eso sí, de “a mentis” porque este arte es demasiado moderno para mis gustos. La cosa es que las supuestas obras, me las vas a facturar, para que yo justifique un dinerito que me anda haciendo falta para mis “proyectos” personales.

 

— Újules padrino, pero, ¿eso no nos meterá en un problemón con lo de los impuestos?

 

— Eso ya tendrás tú que ver cómo lo arreglan.

 

— Es que, aunque ya llevamos dos años, las ganancias no han sido tantas como para justificar algo así.

 

— Mira mi Luis, yo te di una oportunidad y tú debes saber, porque eres inteligente, que los favores, siempre, siempre se pagan. Yo sé que tú me vas a apoyar, y tú sabes que yo ahora tengo otro cargo muy distinto, donde le puedo pedir a mi gente que vengan a hacerles una inspección y les encuentren “algo”, como drogas por ejemplo; en ese caso no solo van a perder esta oportunidad que les di, si no las posibles que hubiera podido darles en el futuro… Piénsalo mi Luis, te doy unos días, yo sé que eres gente de bien y que sabrás agradecer y apoyar a quien en tiempos difíciles te tendió una mano… Oye, y saludos a Marce, me la cuidas mucho.

 

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El intercambio de “favores” de origen ilícito, genera violencia e inestabilidad social, no oportunidades. Recuperar la paz perdida generadas por los abusos de autoridad y las prácticas corruptas es responsabilidad de todos. Las conductas que se sancionan como abuso de autoridad en ejercicio de la función pública, consisten en apropiarse de recursos materiales puestos a su disposición. El pedir cosas para sí o personas cercanas a sus subordinados. Realizar contrataciones fraudulentas. Contratar funcionarios públicos inhabilitados y otorgar acreditaciones de servidor público a personas que no lo son. El Sistema Integral de Denuncias Ciudadanas (SIDEC), atiende denuncias ciudadanas referentes a abusos cometidos por servidores públicos mediante denuncia gratuita y confidencial.

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Cuando me vi

Margarita Lignan Camarena

Marzo

¿Qué te cuento?, la verdad, la verdad, yo siempre he sido romanticón… Bueno, OK, OK… Aceptémoslo, luego las mujeres no están tan de acuerdo, porque dicen que el romance es otra cosa; pero pues no voy a negar que me gusta el apapacho y … Si eso sube de tono y una cosa nos lleva a otra, no está mal ¿no?

 

Ya en estos tiempos una relación formal no es tan importante, desde que me separé de mi ex mujer he salido con varias chicas… Unas más jóvenes que otras y, en fin; creo que he ido aprendiendo lo que le gusta a una mujer; soy todo un Don Juan, acá entre nos, soy súper fan de los videos hot.

 

Julio

Estoy muy sacado de onda porque he estado saliendo con una nena, bueno; llevamos como dos citas… La cosa es que se puso bien fresa cuando la invité a ver una peli de las que me gustan y me salió con que en realidad a las mujeres no les agrada así y… ¡bah!, que la corto, porque ¿sabes?, es que a mí sí me encanta ese rollo y he encontrado páginas buenísimas, donde hay de todo; ni te imaginas.

 

Septiembre

Me la he pasado muy bien, no voy a quejarme, ya ni siquiera tengo que esforzarme en ligarme a nadie, un amigo me invitó a un club donde siempre hay chicas disponibles a quienes les gusta pasarla bien. Neta creo que esto se me está volviendo una adicción; cada vez me gustan cosas más raras y más prohibidas, pero qué le vamos a hacer.

 

Enero

Estoy sacadísimo de onda, el fin de semana que fui por mi hijo, Emilio que tiene 7 años, estaba todo raro, bien chillón por todo y mi hijo no es de esos niños que se andan chiqueando; total, cuando me hartó, le dije que si seguía en su plan lo iba a devolver a casa de su mamá y se puso peor; me empezó a gritar que no, porque su mamá, seguro aún no había regresado y que a él no le gustaba quedarse con su tía Laura, mi ex cuñada. Yo recordaba a Laura como una mujer un tanto rara, como que nunca contaba bien en qué andaba; pero total a mi qué… Le pregunté a Emilio porque ahora le caía tan mal su tía y me dijo que no le caía mal, sino que le tenía miedo, lo que me sorprendió todavía más …Total que pa no hacer el cuento largo, Emilio me dijo que no le gustaba jugar con su tía a tomarse fotos encuerados; pero que si no lo hacía, ella le pegaba o le quitaba sus cosas, y que hasta le había dicho que si se lo contaba a su mamá, iba a hacer que regalaran al Milo, que es su cachorro…No tienes idea de cómo me llené de rabia y quise ir con Laura a ponerla pero si bien en su sitio, incluso, hasta denunciarla. Nomás no lo hice porque tenía amenazado a mi hijo; pero me llevé a Emilio a mi casa y me puse a pensar en qué iba yo a hacer.

 

Una noche

Te imaginarás que lo de la tía Laura se volvió un liazo familiar de los chonchos. Estaba yo una noche vuelta pa acá y vuelta pa allá y nomás no podía dormir, y se me ocurrió que pa relajarme, iba a poner a ver uno de mis videos…Entonces fue cuando me vi, es justamente por personas como yo que lastimaron a mi hijo; porque ese tipo de fotos se venden muy bien; por supuesto que Laura está enferma; pero también yo que he ido buscando recovecos de lo que asumí como placer, sin ponerme ningún límite. Nunca me importó pensar si las mujeres del club o de los videos, realmente estaban ahí de manera voluntaria; nunca me importó la edad de las chicas con las que salí.

 

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Cuando me vi

A partir de que observé la persona en que me había convertido fue que cambié, entendí que no puedo tener placer si eso implica el sufrimiento de otros que son obligados a fingir mediante violencia, amenaza o intoxicación, y decidí no solo denunciar a Laura, sino bloquear y denunciar a la policía cibernética los sitios que usan imágenes de menores. También he cambiado mi forma de relacionarme, mi pequeño hijo me ayudó a entender que aquellos cuerpos que tanto me atraían son personas, con una historia anónima, muy probablemente dolorosa, muchos quizá fueron extraídos de sus familias. Hoy he dejado de participar con mis acciones y omisiones, he dejado de creer que es divertido o que no veo. He abierto los ojos, porque cuando me vi, también descubrí la realidad de aquellos y aquellas, quienes para mí, sólo habían sido “otros”.

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Como me he imaginado…

Margarita Lignan Camarena

Querido papá… o no sé si llamarte “fantasma”, “recuerdo”, “vapor” ; me cuesta mucho encontrar las palabras precisas para hablar de ti… Incluso, las más de las veces, creo que no eres sino un invento de mi imaginación.

 

Vergüenza, esta es la primera palabra que me llega cuando alguien me pregunta cómo me he sentido con todo esto, con no haber tenido padre o que me negaras, con que para llenar cualquier formato me pidieran deletrear tu apellido. Recuerdo aquellos días del padre en la primaria, cuando tenía que bailar sabiendo que no estabas en el público…Me daba vergüenza ¿sabes?, como si asumiera que, por “algo malo en mí”, tú faltabas.

 

Rabia, también la he sentido, no un simple enojo, cuando alguien me preguntaba qué tal me vendría descubrir que tuvieras otros hijos, cuando era la única niña del salón con los zapatos rotos y me enviaban de regreso a casa con una nota exigiendo el pago de la colegiatura; pero sin duda la mayor rabia venía cuando me decían que yo me parecía a ti. Eso sí que no, ni de chiripa quería parecerme a ti, yo no tendría ni un rasgo tuyo, no sería tu estirpe … El problema es que después tuve que aceptar que, aunque tú no fueras mi padre, porque no te colocaste ahí, yo si era tu hija porque me faltabas.

 

Tristeza… No, fíjate que esa nunca la sentí o no me lo permití porque consideré que no te lo merecías.

 

Pero miedo sí, me llené de temor de ir sola por la vida, creyendo que me equivocaba en todo, solamente yo, como si no existiera torpeza en los demás. Como no tenía ningún recuerdo tuyo porque te fuiste demasiado pronto, incluso antes de dejarme saber quién eres, qué comes, qué te gusta, si te rasuras, cuáles son tus palabras favoritas y si crujes los dientes al dormir; al no tener ni siquiera algo para quejarme de ti porque nunca me regañaste, pero tampoco me diste un consejo, entonces, te inventé…

 

Creatividad, me inventé un papá a la medida, a veces les decía a mis amigas que viajabas por el mundo y que pronto me citarías en un país extraño para encontrarnos una vez más; otras veces les decía que eras el mejor del mundo, como cuando cumplí quince, pues me escribí una carta “de tu puño y letra” que fue la envidia de todas.

 

Culpa, te he culpado tanto de mis fracasos económicos, porque no te quedaste para enseñarme algo, para decirme “cómo hacerle”, para contarme tus errores o relatarme a detalle tus éxitos. Te culpé por permitir que mis jefes me gritaran o me ningunearan, porque no me dijiste que era valiosa, porque cuando volteaba atrás buscando un padre, no había más que un vacío.

 

Uy, y más aún te he culpado de mis fracasos amorosos, porque tu mensaje fue no solo no quedarte, sino sustituirme con hijos ajenos que encontraste por ahí y que de tan bueno que eras con ellos te llamaban “papá”. Te culpé por sentirme desechable, sustituible, despreciable. Te he culpado de no poder aceptar un piropo, porque todos me parecen falsos.

 

Te he responsabilizado inmensamente por no poder verme a mí misma como me he imaginado, por no ser quien hubiera querido ser…

 

Sin embargo, la verdad es que a partir de tu ausencia he construido cosas muy buenas:

 

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Certeza, pues hoy reconozco que te he usado como un escudo para no llegar a donde realmente he querido ir. Hoy acepto que sí nos parecemos en algo, porque me da por huir cada que la cosa se pone difícil; pero ¿sabes?, al final me quedo, porque gracias a los sentimientos que me provocó tu ausencia, me he construido autosuficiente, valiente y leal.

 

Orgullo, hoy me siento muy orgullosa de tener una profesión, hijos, empleo y de haber superado un montón de obstáculos con mi propio esfuerzo. Al no estar tu voz sosteniéndome, he descubierto mi entereza y tenacidad.

 

Resiliencia, ya que hasta ahora me he levantado de todas mis caídas y fortaleza, pues no espero a que nadie venga por mí, me levanto sola…

 

Amor, sobre todo y sin duda he construido amor, me falle o no, yo solo sé querer de una forma: “con todo” y por eso sé, que gracias a la historia de tu ausencia, hoy sí puedo ser como me he imaginado, si dejo de negarte y de culparte, aceptando que te llevo dentro, como una luz, como un faro que silenciosa y poderosamente me ha iluminado desde la sombra.

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Mati y Mamá Panda

Margarita Lignan Camarena

A Mati le cuesta mucho trabajo tener amigos, no es que no sea simpática o no le guste jugar; el problema es que es algo peleonera…

 

Cada noche platica con Mamá Panda, la osita de peluche que le regaló su mamá, le habla de sus aventuras y sus planes, también le cuenta uno que otro secreto, como que fue ella quien se comió todas las gomitas enchiladas que había en el frasco que guarda la tía Elena para cuando se pone a ver películas.

 

A veces Mati extraña a su mamá, pero como también está muy enojada con ella, ni a Mamá Panda se lo confiesa; su tía le dice que se fue para trabajar a otra ciudad y que quedó de enviar dinero para que a ella y a su hermano no les falte nada. Mati no hace preguntas, ya siente suficiente vergüenza de que su tía los tenga que cuidar como para incomodar más, pero piensa en cómo es que su mamá no pudo encontrar ningún trabajo en donde viven o porqué no se fue con todo y sus hijos, y sobre todo no le parece lógico que nunca venga a visitarlos y sólo llame, de prisa, muy muy de vez en cuando.

 

Una de las cosas que más la enoja es que haya festivales en la escuela, qué tontería es esa de disfrazarse y bailar, la enfada que sus amigos se comporten como “ñoños” y se sientan tan nerviosos y emocionados sólo porque harán un show frente a sus papás; bueno y es que el papá de Mati tampoco está, cuando se separaron él hizo una nueva vida con otra familia, a la que la pequeña y su hermano sólo ven en Navidad, los niños francamente detestan eso de tener que comportarse como visita en la casa de su papá.

 

Los problemas de Mati se han extendido un poco más allá, hasta la profundidad de la noche cuando, sin darse cuenta, su cama se moja porque se ha hecho pipí otra vez. Entonces su tía Elena la regaña muchísimo, le dice que ya es demasiado grande, que cómo no se da cuenta, que es una cochinada y que segurito lo hace para llamar la atención; también le dice que la va a devolver al kínder junto con su hermanito y sus primos porque no parece una niña de su edad y que cuando venga su mamá le va a decir que sólo se lleve a Joaquín porque Mati no se sabe comportar.

 

Quiere mucho a Joaquincito, su hermano menor, pero la lastima que a él le tengan más paciencia, sólo por ser más pequeño, y la fastidia que a cada rato los comparen, pero sobre todo la enfurece que le digan que sólo a él se lo va a llevar su mamá, ella piensa «¡Qué mi importa, ni me cae bien mi mamá, yo mejor me voy a ir a vivir sola!».

 

Eso sí, Mati no se deja de nadie, si en la escuela algún compañero se atreve a preguntarle por qué no tiene mamá, le da un manazo o le jala el cabello para que aprenda a no andar preguntando. Nunca presta sus colores porque le parece que sólo se los quieren robar, así que los tiene todos mordidos para poder identificarlos si acaso alguien toma uno sin su permiso. Y a Joaquincito le ha dicho que, si un día cuenta lo que le pasa en las noches, le va a dejar de hablar para siempre y nunca más lo va a cargar cuando pase junto a ellos “El Magno” que es un perro bien bravo que tienen los vecinos y al que su hermanito le tiene mucho miedo.

 

A sus nueve años Mati ha elegido ser una niña ruda, prefiere que la vean con miedo a que le tengan lástima, dice que no le importa que por eso casi no tenga amigos; total, la única que en realidad le importa es su Mamá Panda, porque ella la cuida, la acompaña, platican y aquí entre nos, ya hasta le pidió que la ayude a no quedarse tan profundamente dormida y le recuerde a media noche que debe levantarse para hacer pipí antes de que suceda otro terrible accidente. Una vez vio en la tele que las mamás panda de la vida salvaje pueden tener más de una cría; pero sólo eligen a una, la más fuerte, para cuidarla y ayudarla a sobrevivir.

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Cuando ya pueda

Margarita Lignan Camarena

Asomada a la ventana, Pili contempla el inmenso campo que se extiende tras la milpa de su papá. Y más allá, a lo lejos, su mirada se fija en una imagen fantasmagórica, pues de tan distante se ve borrosa y de tanto imaginarla hay momentos en que se le escapa. La prepa técnica de su pueblo es el sueño más ansiado de muchos jóvenes, que saben que si logran concretarlo, de ahí se irán a la cabecera municipal, donde hay una universidad en la que estudian los que se van legales al otro lado; se dice que es tan buena escuela que vienen directamente de las maquiladoras americanas y alemanas a contratarlos.

 

Pili tiene catorce años y no ha terminado la primaria, porque cuando le dio la varicela su papá dijo que la sacaran de la escuela, pues como no se iba a curar pronto, era un desperdicio comprarle desayuno y cuadernos para que fuera. Ahora estudia cuarto año, y su maestra Bety le ha enseñado que las mujeres pueden ser mucho más que esposas; Pili sabe que quiere ser ingeniera industrial, como su primo Mario quien hace diseños y maneja unas máquinas que a Pili le parecen increíbles; ella ama dibujar y arreglar cosas y le entusiasma la idea de que aquello que imagina pueda convertirse en objetos muy útiles.

 

— ¡Ya bájate Pilar! Deja de estar ahí nomás perdiendo el tiempo mirando en la ventana, hay que lavar el patio con cepillo que el domingo es la pedida.

 

— Sí papá, ya voy, pierda usted cuidado.

 

Pili se va a casar en una ceremonia ritual, porque aunque no esté permitido por la ley, así es la costumbre en su pueblo, para su papá ella ya no es una criatura, pues “ya tiene lo de sus días”, lo que, a su parecer, la convierte en mujer, y por eso considera que no puede seguir siendo una carga para la familia, “ya se necesita que otro hombre la mantenga”, repite a cada rato su padre, frente a la mirada silenciosa de Petra, su mujer, quien con los años aprendió que más le valía no estar en desacuerdo con su esposo.

 

Dijo que la casaría con Tomás, que es primo de Pili en tercer grado, él es más grande, ya tiene 18 y necesita una mujer que se encargue de sus cosas, mientras él y sus hermanos atienden la parcela que les dejaron. Petra sintió algo de alivio al saberlo, pues Tomás no le parecía mal muchacho.

 

— ¿Y a poco si crees que el Tomás te deje estudiar?, nunca la dejan a una…

 

— Yo creo sí Jacinta, ya ves que Tomás no es de tan mal genio como mi apá.

 

— ¿Y qué?, ¿no te da nervio lo de la boda y todo eso?

 

— ¡Nah!, me da lo mismo, pienso que está bien, ya voy a ser señora y ya no me va a tener que dar permiso mi papá, y cuando ya pueda decidir mis cosas, me voy a ir a estudiar.

 

— ¿Ah sí?, ¿y tu casa y tu marido qué? Y luego, ¿si sale que encargas?

 

— No, pues yo espero que no, mira, me puse este amuleto que me dijeron; pero no vayas a contar nada… ¿Qué no viste en la novela como si hay mujeres que estudian, trabajan y cuidan su casa?

 

— ¡Ah sí, pero eso es en la capital, no acá!

 

— La maestra Bety por ejemplo, vive acá, está estudiando inglés, y cuida a sus dos niños chiquitos; yo creo que le puedo hacer como ella, ¿qué no?

 

— Pero ella no se casó con uno del pueblo, ya ves cómo son, bien machos.

 

— Yo creo que cuando ya viva con Tomás lo puedo convencer de que me deje estudiar si tengo todo limpio y lista mi comida.

 

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Lo que Pili no sabe, es que ya no se casará con Tomás, un hombre mayor de otro lado llegó a ofrecer dinero por ella, un extranjero que le dijo a su papá que no le haría nada “a la chamaca”, nomás que siendo él hombre solo necesitaba quien se encargara de sus cosas, de su casa y de… sus necesidades. “Así son los extranjeros, y no hay más verdad, el dinero hace mucha falta; además la Pili es lista y sabrá cuidarse”, justificó frente a Petra, quien se llenó de temor, pues recordaba que justo así desapareció su sobrina Camila, a quien nunca volvieron a ver.

 

— Tú vas a ver Jacinta, cuando ya pueda librarme de mi apá, me voy a poner de acuerdo con Tomás pa que me deje usar mi amuleto y no nos llenemos de chamacos luego luego; verás que sí voy a poder estudiar.

 

Antes de la boda, Petra va por unas compras que faltan, bueno, eso fue lo que dijo; pero sus pasos se encaminan en busca de alguien que pueda ayudarla, pensó en la maestra Bety, porque una vez la escuchó en una junta decir que las mujeres desobedientes son las que pueden cambiar el destino.

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Cultura de Paz, Historias Cotidianas

Juntos y separados

Margarita Lignan Camarena

Yo no sé por qué a veces me siento tan asfixiada si se supone que es amor, cercanía, cuidado… Familia.

 

Mi papi siempre ha estado muy al tanto de nosotros, en vez de “mamá gallina” es un gallito protector, nos tiene a todos en el localizador, ya sabes, que “por si pasa algo”. Te juro que cuando nos lo pidió, pensé que esa sería la solución a su necesidad de saber en dónde estamos todo el tiempo y que con eso ya estaría tranquilo, pero no; lamento decirte que resultó peor, porque ahora, si se nos va la señal, si se le acaba la pila al teléfono o simplemente si un día se traba la dichosa aplicación, a mi papá se le ponen los nervios de punta y comienza a llamar a todo el mundo buscando al que no encuentra, con tal insistencia, que ni el FBI.

 

Y bueno, mi mami no se queda atrás, ya ves que lo de ella es el tema de la comida, que si comiste, que si no comiste y hasta “¿por qué te lo comiste?”. Desde la primaria a mis hermanos y a mí nos mandaba los lunch más espectaculares de todo el colegio, todo muy balanceado, muy surtido y siempre variado, y ahora que trabajamos, no ha perdido el toque; yo le expliqué mil veces que se ve muy raro que siempre saque mi tupper, que eso debe ser sólo a veces porque luego me voy a la fondita o a los tacos a comer con los compañeros; pero ella insiste en que me lleve, aunque sea, fruta picada para el desayuno.

 

Yo desde luego agradezco tener papás tan cariñosos y cercanos, pero sí he de contarte que ahora que hemos estado tanto tiempo en casa, ha sido mucho más difícil la convivencia; por ejemplo, a mi hermano Beto le encanta trabajar con su música electrónica de fondo que a mí me perturba, me pone de nervios. En otras ocasiones estoy en una video reunión, ya sabes cómo es eso, y mi mamá está frente a mí haciéndome señas para preguntar si puede juntar mi ropa de color con la blanca porque va a lavar, mientras mi papá me pasa un papelito preguntando si tengo idea de dónde está Toñita, mi hermana menor, porque hace media hora que no la localiza.

 

Así que se me ha ocurrido que hagamos una lista de sugerencias de las cosas que haremos juntos y de las que haremos separados; por ejemplo, que cuando estemos en home office, cada quien use su cuarto, no las áreas comunes, y mientras estemos en horario de oficina, no se atienden asuntos de la casa.

 

También es necesario que mi papi comprenda que cuidado no es control, una cosa es que quiera protegernos y otra muy distinta es que necesite saber en dónde estamos a cada momento, por lo que le propondré que establezca un tiempo razonable para considerar a una persona como “extraviada”.

 

En cuanto al tema de la comida, sé que a mamá le gusta cuidarnos y que prepararnos cosas es su manera de hacerlo; pero, aunque somos jóvenes, mis hermanos y yo ya somos adultos, ¡caray, Toñita tiene 18! Y podemos encargarnos responsablemente de decidir qué comeremos o no según nuestras actividades.

 

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Eso sí, sé que si pido, también tengo que aportar, mis papás obviamente necesitan cercanía y tempo de calidad; así que les propondré a mis hermanos que cada día nos demos un rato de platicar con ellos, o quizá de ayudar a mamá a cocinar o de salir a caminar con papá y es más, cada quince días podemos salir juntos y divertirnos en vez de esperar ansiosamente a que llegue el fin de semana para por fin huir de la familia.

 

¿Te has fijado que la frase “todo junto” se escribe separado y la palabra “separado” se escribe toda junta? Bueno, pues para mí es momento de dejar atrás la confusión y dividir los tiempos, algunos para respetarnos como individuos y hacer cosas separados y otros, para estar juntos en familia y disfrutarnos.

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Con P de papá y con M de mamá

Margarita Lignan Camarena

Nuestros padres no son sólo una presencia física, una persona, ellos suelen estar en lo que pensamos, en lo que sentimos, en lo que decidimos, en nuestros valores y en nuestra forma de enfrentar la adversidad. ¿Tú de que forma quieres proyectarte en tus hijos?, ¿cómo te gustaría que decidan cuando no estás?

 

Te invitamos a conocer esta historia:

 

— Buenos días Leo, papá y mamá ya se fueron a trabajar, pero seguro nos dejaron el desayuno en la mesa.

 

— Sí, mira Pily, este desayuno está hecho con P de papá porque nos puso hasta los mantelitos.

— Tienes razón y son unos huevitos muy ricos con sonrisa de jitomate, si el desayuno lo hubiera preparado mamá sería cereal con leche.

 

— Ja, ja, ja; sí.

 

— Mira, en el refri está la lista de lo que tenemos que hacer mientras ellos regresan. ¡Zaz!, ¿tú haces unas cosas y yo otras?; así acabamos más rápido y podemos ver una peli.

 

— ¡Va! Pero jugamos a “Con P de papá o con M de mamá” y el que adivine más gana. Yo guardo la ropa doblada, y… Apuesto a que la ropa la dobló mamá…. Sí porque los calcetines están en cuadraditos y papá los hace una pelota.

 

— ¡Yo lavo nuestros trastes cuando terminemos! y guardo los del escurridor. Déjame ver… ¿quién los lavó?… yo digo que papá porque a mamá le choca lavar trastes.

— A ver, pero papá luego los lava muy mal y les deja manchas…Mmm, están muy bien lavados, yo digo que los lavó mamá… ¡Es un empate!, luego les preguntamos.

 

— Lo último de la lista es hacer la tarea antes de jugar… ¡Guácala!, la tarea de mate me aburre.

— En eso te pareces a papá Leo, ya ves que él dice que tiene discalculia; ja, ja, ja, esa palabra es muy chistosa.

— Oye Pily… pero a ver dime, si tuvieras un secreto bien pero bien escabroso que te metió en un lío de lo más terrible, ¿a quién se lo contarías?, ¿a papá o a mamá?

 

— ¡¿Estás metido en un horrible lío?!

 

— Sólo dime, ¿a quién de los dos les contarías?

 

— Bueno, puede que a mamá porque somos mujeres y nos entendemos más; pero como es un poco más regañona que mi papi, tal vez a papá … Ya dime Leo, ¿en qué te metiste?

 

— En nada de nada… bueno es que… ¿Ves mi amigo Lalo?… ¡Fue idea suya, yo solo no le dije que no ni que sí!

 

— ¡Ya dime Leo!

 

— El otro día que le ayudamos a la señora Chelo a subir sus compras que traía en la cajuela… Bueno, es que en una de las bolsas venía un paquete de las galletas glaseadas de chocolate, las nuevas, las que anuncian.

 

— ¡¿Se las robaron?!

 

— ¡Claro que no!, bueno… se las vamos a reponer luego, eso dijo Lalo… Ay, es que nunca las habíamos probado y las queríamos probar; pero ahora Lalo dice que él no va a cooperar para comprarlas, que ya lo olvidemos, y yo no tengo dinero; ¡pero las tengo que reponer!

 

— ¡Uy hermano, ese es un lío de lo más peliagudo!… Seguro mamá te diría que llevarte cosas que no son tuyas es robar y que eso está muy mal y es más, papá diría lo mismo…

 

— ¡Ayúdame a arreglarlo!

 

— Mmm… si pienso con M de mamá, lo primero que tienes que hacer es ir a confesar y darle disculpas a la señora Chelo, porque a mamá le da pena andar en líos y mentiras; luego, si pienso con P de papá, creo que debes decirle a la señora Chelo que vas a hacerle un trabajo para pagar, porque papá es así, muy práctico.

 

— Cuando lleguen, no les digas ¿eh Pily?, yo solito les voy a contar todo, ya sé que estuvo muy muy mal y no lo voy a volver a hacer jamás, ya no me voy a juntar nunca más con Lalo… Oye, ¿y tú nunca has tenido un lío horrible?

 

— No como el tuyo, pero sí, una vez, adopté de mascota a una araña grande, súper grande, le llevaba comida y todo.

 

— ¡Qué loco! ¿y no te daba miedo?

 

— Un poco sí, pero me gustan los animales como a mamá y las arañas son un animal ¿no?

 

— ¿Y qué le hiciste?, ¿dónde está?

 

— Ya se fue, un día se salió por la ventana muy apurada, la vi que cayó en el cofre del coche de papá, a lo mejor él la trajo de su trabajo y ya se regresó porque también tiene hijos que educar.

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Adiós tertulia

Margarita Lignan Camarena

“La tertulia”, así decidió Nidia llamar a su café, porque desde que era adolescente le gustaba leer, escribir, dibujar, conversar, y se imaginaba largas tardes de compartir ideas y anécdotas, como decían que hacían los escritores en París.

 

Tuvo que esperar para que su sueño tomara forma. Mientras estudiaba la universidad, trabajó en un pequeño café de su colonia para aprender, así descubrió que la lechuga para los sándwiches y ensaladas se pudre pronto, por lo que es importante calcular y no comprar de más; que hay que seleccionar a un solo proveedor de buen café porque en aroma y sabor no se debe economizar, y sobre todo aprendió que con los clientes hay que tener la paciencia del mismísimo Santo Job, pues hay quien quiere mucha espuma, poca espuma, café caliente, café ardiente, café tibio y hasta café casi tibio pero sin llegar a frío.

 

Cuando por fin se graduó, descubrió que sería muy difícil conseguir un primer crédito, y que solo su tío Miguelito, que no tuvo hijos, estaba dispuesto a prestarle, pero a cambio del 40 por cierto de la utilidad y de no involucrarse en nada; él solo quería “su dinerito”. Nidia aceptó y empezó con un cafecito mucho más pequeño que aquel donde trabajó, pero bellamente acogedor.

 

Tras los primeros aciertos y errores con proveedores y meseros que se iban a la semana porque no les podía pagar más, Nidia se sentía contenta, pues ya algunos clientes habían hecho de “La tertulia” su lugar favorito e iban no sólo por el buen café, sino en busca de las mejores empanadas de manzana que hacía Martita, una señora que se había quedado sin empleo y a cargo de su hijo Neto, quien tenía parálisis cerebral. También en su equipo estaba Paco, un joven estudiante de teatro que disfrutaba de trabajar como mesero a cambio de su modesto salario, algunas propinas y la oportunidad de conocer en clientes nuevos: gestos, frases y tonos de risa que le sirvieran para crear sus personajes.

 

“La tertulia” no sólo era un buen sitio para quienes ahí trabajaban, sino también para clientes como don Julián y el señor Arturo, que pasaban las tardes jugando dominó, aunque consumiendo un solo capuchino; también para Moni, quien pintaba pequeños cuadros con flores y distintos tipos de pájaros cantores que vendía por encargo o a los transeúntes que iban pasando, y para Sara que se escapaba cada tarde de su obscura oficina, para darse un respiro viendo la gente pasar y conversar un poco con otros parroquianos.

 

Pero alguien más vio a “La tertulia” con un filtro distinto; desde la sombra observaba a Nidia y se convenció de que aquella chica había tenido una vida fácil y de que seguro esa cafetería se la heredaron sin que hiciera el menor esfuerzo. Desde la clandestinidad nuca vio a Paco, ni a Moni, ni Martita; mucho menos a don Julián y al señor Arturo; su corto análisis le dijo que ese negocio tenía “varios empleados y un chorro de clientes”. Aquel observador sin nombre también tenía una historia, creció escuchando que robar es un oficio, que el dinero se gana como sea, que quienes viven en la sombra deben quitarles sus ganancias a quienes las construyen en la luz, porque han sido menos “privilegiados” y porque es de “inteligentes” y “valientes” empuñar un arma para conseguir lo que sea.

 

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Tras tres asaltos, “La tertulia” acabó, ya no hubo modo de recuperar el dinero, la confianza, la seguridad ni la calma.

 

Han pasado cinco años y el sueño de Nidia sigue latiendo en su pecho, se ha asesorada acerca de seguros, sistemas de alarma, locales en plazas comerciales y ha leído en internet recomendaciones de seguridad de otros dueños de cafeterías. Sabe que ella no puede cambiar la mirada de quien acecha en la sombra y que en vez de enfrentarlos necesita aprender a blindarse y proteger su negocio.

 

Falta todavía un poco, será más caro que la primera vez, pero está dispuesta a buscar hasta encontrar un buen socio, no como el tío Miguelito, sino alguien con disposición para compartir riesgos, pero a quien también le ilusionen las tardes de arte, libros y café.

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