Cultura de Paz, Historias Cotidianas

Mati y Mamá Panda

Margarita Lignan Camarena

A Mati le cuesta mucho trabajo tener amigos, no es que no sea simpática o no le guste jugar; el problema es que es algo peleonera…

 

Cada noche platica con Mamá Panda, la osita de peluche que le regaló su mamá, le habla de sus aventuras y sus planes, también le cuenta uno que otro secreto, como que fue ella quien se comió todas las gomitas enchiladas que había en el frasco que guarda la tía Elena para cuando se pone a ver películas.

 

A veces Mati extraña a su mamá, pero como también está muy enojada con ella, ni a Mamá Panda se lo confiesa; su tía le dice que se fue para trabajar a otra ciudad y que quedó de enviar dinero para que a ella y a su hermano no les falte nada. Mati no hace preguntas, ya siente suficiente vergüenza de que su tía los tenga que cuidar como para incomodar más, pero piensa en cómo es que su mamá no pudo encontrar ningún trabajo en donde viven o porqué no se fue con todo y sus hijos, y sobre todo no le parece lógico que nunca venga a visitarlos y sólo llame, de prisa, muy muy de vez en cuando.

 

Una de las cosas que más la enoja es que haya festivales en la escuela, qué tontería es esa de disfrazarse y bailar, la enfada que sus amigos se comporten como “ñoños” y se sientan tan nerviosos y emocionados sólo porque harán un show frente a sus papás; bueno y es que el papá de Mati tampoco está, cuando se separaron él hizo una nueva vida con otra familia, a la que la pequeña y su hermano sólo ven en Navidad, los niños francamente detestan eso de tener que comportarse como visita en la casa de su papá.

 

Los problemas de Mati se han extendido un poco más allá, hasta la profundidad de la noche cuando, sin darse cuenta, su cama se moja porque se ha hecho pipí otra vez. Entonces su tía Elena la regaña muchísimo, le dice que ya es demasiado grande, que cómo no se da cuenta, que es una cochinada y que segurito lo hace para llamar la atención; también le dice que la va a devolver al kínder junto con su hermanito y sus primos porque no parece una niña de su edad y que cuando venga su mamá le va a decir que sólo se lleve a Joaquín porque Mati no se sabe comportar.

 

Quiere mucho a Joaquincito, su hermano menor, pero la lastima que a él le tengan más paciencia, sólo por ser más pequeño, y la fastidia que a cada rato los comparen, pero sobre todo la enfurece que le digan que sólo a él se lo va a llevar su mamá, ella piensa «¡Qué mi importa, ni me cae bien mi mamá, yo mejor me voy a ir a vivir sola!».

 

Eso sí, Mati no se deja de nadie, si en la escuela algún compañero se atreve a preguntarle por qué no tiene mamá, le da un manazo o le jala el cabello para que aprenda a no andar preguntando. Nunca presta sus colores porque le parece que sólo se los quieren robar, así que los tiene todos mordidos para poder identificarlos si acaso alguien toma uno sin su permiso. Y a Joaquincito le ha dicho que, si un día cuenta lo que le pasa en las noches, le va a dejar de hablar para siempre y nunca más lo va a cargar cuando pase junto a ellos “El Magno” que es un perro bien bravo que tienen los vecinos y al que su hermanito le tiene mucho miedo.

 

A sus nueve años Mati ha elegido ser una niña ruda, prefiere que la vean con miedo a que le tengan lástima, dice que no le importa que por eso casi no tenga amigos; total, la única que en realidad le importa es su Mamá Panda, porque ella la cuida, la acompaña, platican y aquí entre nos, ya hasta le pidió que la ayude a no quedarse tan profundamente dormida y le recuerde a media noche que debe levantarse para hacer pipí antes de que suceda otro terrible accidente. Una vez vio en la tele que las mamás panda de la vida salvaje pueden tener más de una cría; pero sólo eligen a una, la más fuerte, para cuidarla y ayudarla a sobrevivir.

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Cuando ya pueda

Margarita Lignan Camarena

Asomada a la ventana, Pili contempla el inmenso campo que se extiende tras la milpa de su papá. Y más allá, a lo lejos, su mirada se fija en una imagen fantasmagórica, pues de tan distante se ve borrosa y de tanto imaginarla hay momentos en que se le escapa. La prepa técnica de su pueblo es el sueño más ansiado de muchos jóvenes, que saben que si logran concretarlo, de ahí se irán a la cabecera municipal, donde hay una universidad en la que estudian los que se van legales al otro lado; se dice que es tan buena escuela que vienen directamente de las maquiladoras americanas y alemanas a contratarlos.

 

Pili tiene catorce años y no ha terminado la primaria, porque cuando le dio la varicela su papá dijo que la sacaran de la escuela, pues como no se iba a curar pronto, era un desperdicio comprarle desayuno y cuadernos para que fuera. Ahora estudia cuarto año, y su maestra Bety le ha enseñado que las mujeres pueden ser mucho más que esposas; Pili sabe que quiere ser ingeniera industrial, como su primo Mario quien hace diseños y maneja unas máquinas que a Pili le parecen increíbles; ella ama dibujar y arreglar cosas y le entusiasma la idea de que aquello que imagina pueda convertirse en objetos muy útiles.

 

— ¡Ya bájate Pilar! Deja de estar ahí nomás perdiendo el tiempo mirando en la ventana, hay que lavar el patio con cepillo que el domingo es la pedida.

 

— Sí papá, ya voy, pierda usted cuidado.

 

Pili se va a casar en una ceremonia ritual, porque aunque no esté permitido por la ley, así es la costumbre en su pueblo, para su papá ella ya no es una criatura, pues “ya tiene lo de sus días”, lo que, a su parecer, la convierte en mujer, y por eso considera que no puede seguir siendo una carga para la familia, “ya se necesita que otro hombre la mantenga”, repite a cada rato su padre, frente a la mirada silenciosa de Petra, su mujer, quien con los años aprendió que más le valía no estar en desacuerdo con su esposo.

 

Dijo que la casaría con Tomás, que es primo de Pili en tercer grado, él es más grande, ya tiene 18 y necesita una mujer que se encargue de sus cosas, mientras él y sus hermanos atienden la parcela que les dejaron. Petra sintió algo de alivio al saberlo, pues Tomás no le parecía mal muchacho.

 

— ¿Y a poco si crees que el Tomás te deje estudiar?, nunca la dejan a una…

 

— Yo creo sí Jacinta, ya ves que Tomás no es de tan mal genio como mi apá.

 

— ¿Y qué?, ¿no te da nervio lo de la boda y todo eso?

 

— ¡Nah!, me da lo mismo, pienso que está bien, ya voy a ser señora y ya no me va a tener que dar permiso mi papá, y cuando ya pueda decidir mis cosas, me voy a ir a estudiar.

 

— ¿Ah sí?, ¿y tu casa y tu marido qué? Y luego, ¿si sale que encargas?

 

— No, pues yo espero que no, mira, me puse este amuleto que me dijeron; pero no vayas a contar nada… ¿Qué no viste en la novela como si hay mujeres que estudian, trabajan y cuidan su casa?

 

— ¡Ah sí, pero eso es en la capital, no acá!

 

— La maestra Bety por ejemplo, vive acá, está estudiando inglés, y cuida a sus dos niños chiquitos; yo creo que le puedo hacer como ella, ¿qué no?

 

— Pero ella no se casó con uno del pueblo, ya ves cómo son, bien machos.

 

— Yo creo que cuando ya viva con Tomás lo puedo convencer de que me deje estudiar si tengo todo limpio y lista mi comida.

 

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Lo que Pili no sabe, es que ya no se casará con Tomás, un hombre mayor de otro lado llegó a ofrecer dinero por ella, un extranjero que le dijo a su papá que no le haría nada “a la chamaca”, nomás que siendo él hombre solo necesitaba quien se encargara de sus cosas, de su casa y de… sus necesidades. “Así son los extranjeros, y no hay más verdad, el dinero hace mucha falta; además la Pili es lista y sabrá cuidarse”, justificó frente a Petra, quien se llenó de temor, pues recordaba que justo así desapareció su sobrina Camila, a quien nunca volvieron a ver.

 

— Tú vas a ver Jacinta, cuando ya pueda librarme de mi apá, me voy a poner de acuerdo con Tomás pa que me deje usar mi amuleto y no nos llenemos de chamacos luego luego; verás que sí voy a poder estudiar.

 

Antes de la boda, Petra va por unas compras que faltan, bueno, eso fue lo que dijo; pero sus pasos se encaminan en busca de alguien que pueda ayudarla, pensó en la maestra Bety, porque una vez la escuchó en una junta decir que las mujeres desobedientes son las que pueden cambiar el destino.

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Juntos y separados

Margarita Lignan Camarena

Yo no sé por qué a veces me siento tan asfixiada si se supone que es amor, cercanía, cuidado… Familia.

 

Mi papi siempre ha estado muy al tanto de nosotros, en vez de “mamá gallina” es un gallito protector, nos tiene a todos en el localizador, ya sabes, que “por si pasa algo”. Te juro que cuando nos lo pidió, pensé que esa sería la solución a su necesidad de saber en dónde estamos todo el tiempo y que con eso ya estaría tranquilo, pero no; lamento decirte que resultó peor, porque ahora, si se nos va la señal, si se le acaba la pila al teléfono o simplemente si un día se traba la dichosa aplicación, a mi papá se le ponen los nervios de punta y comienza a llamar a todo el mundo buscando al que no encuentra, con tal insistencia, que ni el FBI.

 

Y bueno, mi mami no se queda atrás, ya ves que lo de ella es el tema de la comida, que si comiste, que si no comiste y hasta “¿por qué te lo comiste?”. Desde la primaria a mis hermanos y a mí nos mandaba los lunch más espectaculares de todo el colegio, todo muy balanceado, muy surtido y siempre variado, y ahora que trabajamos, no ha perdido el toque; yo le expliqué mil veces que se ve muy raro que siempre saque mi tupper, que eso debe ser sólo a veces porque luego me voy a la fondita o a los tacos a comer con los compañeros; pero ella insiste en que me lleve, aunque sea, fruta picada para el desayuno.

 

Yo desde luego agradezco tener papás tan cariñosos y cercanos, pero sí he de contarte que ahora que hemos estado tanto tiempo en casa, ha sido mucho más difícil la convivencia; por ejemplo, a mi hermano Beto le encanta trabajar con su música electrónica de fondo que a mí me perturba, me pone de nervios. En otras ocasiones estoy en una video reunión, ya sabes cómo es eso, y mi mamá está frente a mí haciéndome señas para preguntar si puede juntar mi ropa de color con la blanca porque va a lavar, mientras mi papá me pasa un papelito preguntando si tengo idea de dónde está Toñita, mi hermana menor, porque hace media hora que no la localiza.

 

Así que se me ha ocurrido que hagamos una lista de sugerencias de las cosas que haremos juntos y de las que haremos separados; por ejemplo, que cuando estemos en home office, cada quien use su cuarto, no las áreas comunes, y mientras estemos en horario de oficina, no se atienden asuntos de la casa.

 

También es necesario que mi papi comprenda que cuidado no es control, una cosa es que quiera protegernos y otra muy distinta es que necesite saber en dónde estamos a cada momento, por lo que le propondré que establezca un tiempo razonable para considerar a una persona como “extraviada”.

 

En cuanto al tema de la comida, sé que a mamá le gusta cuidarnos y que prepararnos cosas es su manera de hacerlo; pero, aunque somos jóvenes, mis hermanos y yo ya somos adultos, ¡caray, Toñita tiene 18! Y podemos encargarnos responsablemente de decidir qué comeremos o no según nuestras actividades.

 

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Eso sí, sé que si pido, también tengo que aportar, mis papás obviamente necesitan cercanía y tempo de calidad; así que les propondré a mis hermanos que cada día nos demos un rato de platicar con ellos, o quizá de ayudar a mamá a cocinar o de salir a caminar con papá y es más, cada quince días podemos salir juntos y divertirnos en vez de esperar ansiosamente a que llegue el fin de semana para por fin huir de la familia.

 

¿Te has fijado que la frase “todo junto” se escribe separado y la palabra “separado” se escribe toda junta? Bueno, pues para mí es momento de dejar atrás la confusión y dividir los tiempos, algunos para respetarnos como individuos y hacer cosas separados y otros, para estar juntos en familia y disfrutarnos.

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Con P de papá y con M de mamá

Margarita Lignan Camarena

Nuestros padres no son sólo una presencia física, una persona, ellos suelen estar en lo que pensamos, en lo que sentimos, en lo que decidimos, en nuestros valores y en nuestra forma de enfrentar la adversidad. ¿Tú de que forma quieres proyectarte en tus hijos?, ¿cómo te gustaría que decidan cuando no estás?

 

Te invitamos a conocer esta historia:

 

— Buenos días Leo, papá y mamá ya se fueron a trabajar, pero seguro nos dejaron el desayuno en la mesa.

 

— Sí, mira Pily, este desayuno está hecho con P de papá porque nos puso hasta los mantelitos.

— Tienes razón y son unos huevitos muy ricos con sonrisa de jitomate, si el desayuno lo hubiera preparado mamá sería cereal con leche.

 

— Ja, ja, ja; sí.

 

— Mira, en el refri está la lista de lo que tenemos que hacer mientras ellos regresan. ¡Zaz!, ¿tú haces unas cosas y yo otras?; así acabamos más rápido y podemos ver una peli.

 

— ¡Va! Pero jugamos a “Con P de papá o con M de mamá” y el que adivine más gana. Yo guardo la ropa doblada, y… Apuesto a que la ropa la dobló mamá…. Sí porque los calcetines están en cuadraditos y papá los hace una pelota.

 

— ¡Yo lavo nuestros trastes cuando terminemos! y guardo los del escurridor. Déjame ver… ¿quién los lavó?… yo digo que papá porque a mamá le choca lavar trastes.

— A ver, pero papá luego los lava muy mal y les deja manchas…Mmm, están muy bien lavados, yo digo que los lavó mamá… ¡Es un empate!, luego les preguntamos.

 

— Lo último de la lista es hacer la tarea antes de jugar… ¡Guácala!, la tarea de mate me aburre.

— En eso te pareces a papá Leo, ya ves que él dice que tiene discalculia; ja, ja, ja, esa palabra es muy chistosa.

— Oye Pily… pero a ver dime, si tuvieras un secreto bien pero bien escabroso que te metió en un lío de lo más terrible, ¿a quién se lo contarías?, ¿a papá o a mamá?

 

— ¡¿Estás metido en un horrible lío?!

 

— Sólo dime, ¿a quién de los dos les contarías?

 

— Bueno, puede que a mamá porque somos mujeres y nos entendemos más; pero como es un poco más regañona que mi papi, tal vez a papá … Ya dime Leo, ¿en qué te metiste?

 

— En nada de nada… bueno es que… ¿Ves mi amigo Lalo?… ¡Fue idea suya, yo solo no le dije que no ni que sí!

 

— ¡Ya dime Leo!

 

— El otro día que le ayudamos a la señora Chelo a subir sus compras que traía en la cajuela… Bueno, es que en una de las bolsas venía un paquete de las galletas glaseadas de chocolate, las nuevas, las que anuncian.

 

— ¡¿Se las robaron?!

 

— ¡Claro que no!, bueno… se las vamos a reponer luego, eso dijo Lalo… Ay, es que nunca las habíamos probado y las queríamos probar; pero ahora Lalo dice que él no va a cooperar para comprarlas, que ya lo olvidemos, y yo no tengo dinero; ¡pero las tengo que reponer!

 

— ¡Uy hermano, ese es un lío de lo más peliagudo!… Seguro mamá te diría que llevarte cosas que no son tuyas es robar y que eso está muy mal y es más, papá diría lo mismo…

 

— ¡Ayúdame a arreglarlo!

 

— Mmm… si pienso con M de mamá, lo primero que tienes que hacer es ir a confesar y darle disculpas a la señora Chelo, porque a mamá le da pena andar en líos y mentiras; luego, si pienso con P de papá, creo que debes decirle a la señora Chelo que vas a hacerle un trabajo para pagar, porque papá es así, muy práctico.

 

— Cuando lleguen, no les digas ¿eh Pily?, yo solito les voy a contar todo, ya sé que estuvo muy muy mal y no lo voy a volver a hacer jamás, ya no me voy a juntar nunca más con Lalo… Oye, ¿y tú nunca has tenido un lío horrible?

 

— No como el tuyo, pero sí, una vez, adopté de mascota a una araña grande, súper grande, le llevaba comida y todo.

 

— ¡Qué loco! ¿y no te daba miedo?

 

— Un poco sí, pero me gustan los animales como a mamá y las arañas son un animal ¿no?

 

— ¿Y qué le hiciste?, ¿dónde está?

 

— Ya se fue, un día se salió por la ventana muy apurada, la vi que cayó en el cofre del coche de papá, a lo mejor él la trajo de su trabajo y ya se regresó porque también tiene hijos que educar.

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Adiós tertulia

Margarita Lignan Camarena

“La tertulia”, así decidió Nidia llamar a su café, porque desde que era adolescente le gustaba leer, escribir, dibujar, conversar, y se imaginaba largas tardes de compartir ideas y anécdotas, como decían que hacían los escritores en París.

 

Tuvo que esperar para que su sueño tomara forma. Mientras estudiaba la universidad, trabajó en un pequeño café de su colonia para aprender, así descubrió que la lechuga para los sándwiches y ensaladas se pudre pronto, por lo que es importante calcular y no comprar de más; que hay que seleccionar a un solo proveedor de buen café porque en aroma y sabor no se debe economizar, y sobre todo aprendió que con los clientes hay que tener la paciencia del mismísimo Santo Job, pues hay quien quiere mucha espuma, poca espuma, café caliente, café ardiente, café tibio y hasta café casi tibio pero sin llegar a frío.

 

Cuando por fin se graduó, descubrió que sería muy difícil conseguir un primer crédito, y que solo su tío Miguelito, que no tuvo hijos, estaba dispuesto a prestarle, pero a cambio del 40 por cierto de la utilidad y de no involucrarse en nada; él solo quería “su dinerito”. Nidia aceptó y empezó con un cafecito mucho más pequeño que aquel donde trabajó, pero bellamente acogedor.

 

Tras los primeros aciertos y errores con proveedores y meseros que se iban a la semana porque no les podía pagar más, Nidia se sentía contenta, pues ya algunos clientes habían hecho de “La tertulia” su lugar favorito e iban no sólo por el buen café, sino en busca de las mejores empanadas de manzana que hacía Martita, una señora que se había quedado sin empleo y a cargo de su hijo Neto, quien tenía parálisis cerebral. También en su equipo estaba Paco, un joven estudiante de teatro que disfrutaba de trabajar como mesero a cambio de su modesto salario, algunas propinas y la oportunidad de conocer en clientes nuevos: gestos, frases y tonos de risa que le sirvieran para crear sus personajes.

 

“La tertulia” no sólo era un buen sitio para quienes ahí trabajaban, sino también para clientes como don Julián y el señor Arturo, que pasaban las tardes jugando dominó, aunque consumiendo un solo capuchino; también para Moni, quien pintaba pequeños cuadros con flores y distintos tipos de pájaros cantores que vendía por encargo o a los transeúntes que iban pasando, y para Sara que se escapaba cada tarde de su obscura oficina, para darse un respiro viendo la gente pasar y conversar un poco con otros parroquianos.

 

Pero alguien más vio a “La tertulia” con un filtro distinto; desde la sombra observaba a Nidia y se convenció de que aquella chica había tenido una vida fácil y de que seguro esa cafetería se la heredaron sin que hiciera el menor esfuerzo. Desde la clandestinidad nuca vio a Paco, ni a Moni, ni Martita; mucho menos a don Julián y al señor Arturo; su corto análisis le dijo que ese negocio tenía “varios empleados y un chorro de clientes”. Aquel observador sin nombre también tenía una historia, creció escuchando que robar es un oficio, que el dinero se gana como sea, que quienes viven en la sombra deben quitarles sus ganancias a quienes las construyen en la luz, porque han sido menos “privilegiados” y porque es de “inteligentes” y “valientes” empuñar un arma para conseguir lo que sea.

 

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Tras tres asaltos, “La tertulia” acabó, ya no hubo modo de recuperar el dinero, la confianza, la seguridad ni la calma.

 

Han pasado cinco años y el sueño de Nidia sigue latiendo en su pecho, se ha asesorada acerca de seguros, sistemas de alarma, locales en plazas comerciales y ha leído en internet recomendaciones de seguridad de otros dueños de cafeterías. Sabe que ella no puede cambiar la mirada de quien acecha en la sombra y que en vez de enfrentarlos necesita aprender a blindarse y proteger su negocio.

 

Falta todavía un poco, será más caro que la primera vez, pero está dispuesta a buscar hasta encontrar un buen socio, no como el tío Miguelito, sino alguien con disposición para compartir riesgos, pero a quien también le ilusionen las tardes de arte, libros y café.

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Silencio

Margarita Lignan Camarena

Una multitud de voces habitan su cabeza, unas preguntan, otras reclaman, otras sugieren; dentro de Vicky hay una mezcla de voces del pasado y del futuro que son interrumpidas abruptamente por alguna del presente como la de Santi, su hijo:

 

— ¡Maaá!, otra vez la compu no tiene sonido y no oigo a mi maestra.

 

— ¡Ya te expliqué un montón de veces que sólo tienes que apachurrar este botón, ni que fuera tan difícil, chamaco menso!

 

— ¡Ay mami…No me digas así… Yo sólo no entendí…

 

Vicky se mete a bañar y en su mente sigue discutiendo con su madre, quien ayer le dijo que Santi está muy flaco, seguramente por su idea de no dejarlo comer pan ni azúcar, pues es una exagerada con el tema de la alimentación.

 

«Mira mamá, de Santiago me encargo yo, ni que tú nos hubieras cuidado tan bien, nos dabas un montón de golosinas con cualquier pretexto, seguro para no hacernos caso y por eso crecimos todos gordos; yo sabré cómo cuidar a mi hijo.»

 

Tan enojada estaba, que no pudo recordar con claridad si se había puesto champú o no, así que tuvo que repetir el procedimiento, aunque mientras se secaba comenzó a discutir en su mente, ahora con el papá de Santiago por el retraso en el depósito de la pensión.

 

«No, si tú siempre tienes emergencias… qué barbaridad, es más importante que no te cobren intereses del coche que pagar la comida de tu hijo…»

 

Más tarde, en una video reunión de la oficina, analizan el presupuesto para unos proyectos, mientras Vicky planea la frase que le dirá a su amiga Bety en el desayuno del domingo, porque la vez pasada la hizo sentir como una pobretona cuando al ver los precios del menú le dijo: “Si quieres nos vamos a otro lado más económico, yo entiendo que tienes muchos gastos y tu sueldo es modesto”.

 

«¡Hola Bety querida!, oye, qué gusto vernos, mira tus zapatos tan bonitos, yo también los vi en la rebaja de fin de mes.»

 

— Vicky, ¿qué opinas?, ¿hacemos ahorita sólo el proyecto de lanzamiento de la campaña de verano o de acuerdo con lo que nos presentó Claudia podemos ir avanzando con la de otoño? Claudia, su compañera y amiga, nota la confusión de Bety que no tiene la menor idea de lo que le pregunta su jefe y solidariamente la rescata.

 

— Creo que Bety tiene mala señal, si quiere jefe, ahorita le hago mejor una llamada por teléfono y le aviso lo que acordemos.

 

Claudia sabe que Vicky sufre de mucha ansiedad, le preocupan las cuentas por pagar, la inestabilidad de las pensiones para su hijo, su mamá que la juzga y presiona demasiado y para colmo esto de estar encerrada todo el día con Santiago tomando clases y trabajando. Le ha sugerido que busque ayuda: terapia, algo de ejercicio o alguna actividad que la ayude a relajarse. Le ha hablado de la importancia de enfocarse en las tareas de cada día; pero a Vicky le irritan los consejos, dice que ella no es “dejada”, “de las que dejan todo pasar”, que ella siempre está alerta y “nadie le ve la cara”.

 

Vicky, deja crecer su ansiedad libremente, no está dispuesta a poner ningún freno y momento a momento recrea con claridad, situaciones que pasaron o que podrían pasar. Ha dejado que las voces en su cabeza crezcan hasta convertirse en un ruido realmente aturdidor.

 

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— ¡Mami ya me aburrí!, ¿a qué juego?

 

— ¡Yo qué voy a saber Santiago, recoge tu cuarto!

 

— ¡No, eso es más aburrido, no quiero!

 

— ¡Que lo recojas te digo!

 

— ¡Eres una bruja mandona!

 

El sonido de los pedazos de porcelana del florero que estrelló sobre la cabeza de Santiago se transformó en el más hondo silencio que jamás hubiera escuchado. Ante la escena de su hijo que la miraba incrédulo y sangrando ella se concentró en el presente como nunca antes. Quiso entonces y en un solo instante ser aquella que sugería Claudia, alguien capaz de serenarse a tiempo, ni siquiera hubo llanto, la confianza de su hijo también estaba rota, lo vio en los ojos fríos y llenos de dolor de Santi incapaz de romper el brutal silencio con una sola palabra.

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El Gallo

Margarita Lignan Camarena

Abundio recuerda con mucha claridad aquel día en que su padre le enseñó “a ser hombre”, tendría entonces unos siete años, estaban sentados a la orilla de la milpa, descansando un poco del sol que azotaba sus rostros como una bofetada, cuando por primera vez una abeja lo picó; sintió un dolor punzante, como si se le hubiera enterrado una varita, pero al ver al insecto en su brazo se asustó y comenzó a gritar; su papá, don Filemón le dijo que no chillara como vieja, que los hombres se aguantan siempre el dolor y que además eso le pasaba por tener la piel tan suave, que un verdadero hombre la debe tener curtida y que para eso, debía rociarse con su propia orina las manos y los brazos de vez en cuando. Aquella noche, aunque tuvo fiebre y un fuerte dolor de cabeza, no lo dijo, porque después del extraño consejo, su papá lo amenazó “y si vuelvo a verte lloriqueando, te doy bien juerte con el cinto pa que de veras tengas razones”.

 

Ya más grandecito, como a los 10, se cayó de un árbol cuando trepó para bajar las manzanas y se fisuró el tobillo; pero tampoco dijo nada, simplemente se hizo un amarre con un pedazo de trapo que encontró y siguió trabajando, aunque rengueando. “¡Ése es mi gallo!”, gritó Filemón orgulloso, y desde entonces Abundio se hizo de aquel apodo que lo convirtió en el hijo más querido de su padre.

 

Hoy que tiene 50, los consejos del médico de su pueblo le parecen “pura lata, ganas de fastidiar y de que uno se deje sacar el dinero”, por eso nunca va a que lo revisen, aunque le detectaron diabetes una vez que se desmayó; en aquel entonces le dieron a su esposa Juana una lista de alimentos para que Abundio se cuidara, además de la indicación tajante de que dejara de beber alcohol; pero El Gallo nunca hizo caso, “de algo nos tenemos que morir”, y siguió borrachera tras borrachera hasta que le cortaron una pierna, pues la gangrena provocada por sus niveles tan altos de azúcar en la sangre, afectó gravemente su coagulación.

 

Al Gallo tampoco le gusta mucho bañarse, le parece que andar todo el tiempo oliendo a jabón es cosa de mujeres y que un hombre de verdad debe oler a campo, a tierra a faena; lo cual ha continuado agravando la situación de su pierna, pero también la de Juana y del Toñito, el más pequeño de sus hijos, que nació sordo debido a que Abundio padecía además sifílis crónica, de tanto que como buen gallo anduvo “de corral en corral” como decía. “Ese crío nació mal porque la familia de mi mujer tiene mala sangre”, justificaba y tampoco dejó que a ellos los atendiera nadie porque “los médicos además de careros son chismosos”.

 

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Sus dos hijos mayores se fueron a Estados Unidos, Abundio quiso enseñarle a Gonzalo las mismas cosas que a él le transmitió su padre para que fuera también su gallo; pero a temprana edad, a los 14, Gonzalo quiso irse al otro lado con un primo de Juana y se llevó a su hermana Amelia, pues estaba harto de que su papá le pegara porque se ponía a estudiar en vez de cocinar.

 

La partida del que hubiera sido su gallo, y el que sus hijos nunca lo llamaran ni vinieran a verlo le dolía a Abundio tan profundamente que solo el aguardiente lo podía anestesiar, pero nunca lo confesaba.

 

— ¡Abundio, ya párale, vas a acabar en el panteón y me vas a dejar sola con Toñito!

 

— Ya no des lata mujer, si me muero, desde allá los cuido, que el que es buen gallo donde quiera canta, ¿qué no?

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¿Por qué no entiende?

Margarita Lignan Camarena

Paco era un torbellino, estaba cansada de pelear con él, nunca traía la tarea, en clase siempre hacía preguntas tontas para distraer, pasaba los exámenes de puro milagro y yo, como su maestra, me sentía en la obligación de hacerlo entrar en razón y ayudarlo a salir adelante.

 

Lo primero que pensé es que no tenía apoyo en su casa, me es muy dado pensar en que seguramente los papás no ponen límites, incluso los he llegado a juzgar tan duramente, que me he escuchado diciendo cosas como: “parece que no les interesan sus hijos”; pero siendo franca, yo también soy mamá de dos adolescentes, y aunque mi hija María siempre ha sido muy responsable, hace sus tareas de la casa y no se mete en mayores problemas, con la menor, Mónica, no ha sido lo mismo; también he tenido que ir a atender por ahí uno que otro reporte de su escuela y la verdad, no hace mucho caso a mis orientaciones, parece que sólo está dispuesta a aprender de sus propias experiencias.

 

Por supuesto que llamé a los papás de Paco, pero para pedirles que hiciéramos un frente común, no para una conversación en la que yo los culpara o me culparan, sino para acordar estrategias de apoyo para un joven que necesita a corto plazo hacerse cargo de sí mismo, y quien, de momento, no ve responsabilidad en nada; simplemente se lo toma todo como un juego.

 

El día de la cita me vi a mi misma en los gestos y palabras desesperados de su madre: “¿por qué no entiende?”, “ya no sé qué más hacer con él” y la frase que más me conmovió de todas “no quiero que acabe mal”. Su papá en cambio, estaba sumamente enojado, se movía ansioso de una esquina a otra de mi oficina, avergonzado por la conducta de su hijo decía cosas como: “¡estoy harto!”, “¡me las va a pagar!” y “es un irresponsable”.

 

Yo les expliqué cómo veía las cosas:

 

“Nuestros hijos también toman sus propias decisiones, lo hacen desde pequeños, los hermanos, aún siendo criados por los mismos padres, no siempre actúan igual; hemos aprendido que es mucho mejor la equidad que la igualdad, cada hijo y cada alumno necesita una guía diferente formarse con las mejores herramientas; pero al final, ellos tomarán sus decisiones, incluso equivocadas; frente a eso siempre podremos ofrecerles una mano que se limita a nuestras propias capacidades y aprendizajes, no podemos darles lo que no sabemos o no tenemos, y no somos culpables por ello.

 

Ahora bien, justamente considero que la clave está en una palabra que hemos mencionado: responsabilidad. Mientras sigamos tratando a Paco como un niño, él seguirá jugando”.

 

Trabajamos en una lluvia de ideas pensando en estrategias que podrían seguirse tanto en casa como en la escuela para dar a Paco responsabilidades, en lugar de andar tras de él con consejos que no escucha, castigos que desafía y límites que ve como retos.

 

En mi clase Paco ahora es jefe de grupo, me apoya con labores administrativas, no es opcional ni un premio, es una condición acordada con la dirección para ayudarlo; claro, a él le explicamos que el objetivo es “desarrollar su capacidad de liderazgo”. La idea es que comience a enfocarse hacia allá, en vez de sólo organizar el desorden. También está encargado de aprender una técnica de debates (ya que tanto le gusta alegar) para un taller que vamos a implementar como clase extra y qué él va a dirigir.

 

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Su papá me contó que a la mamá de Paco se le ocurrió pedirle que ayude a su hermana menor con las tareas, porque también va algo atrasada, aprovechando que “has tenido que agarrarle tu propio modo a la escuela” y el señor, ya no le da dinero para salidas, ni le compra cosas extra, en cambio le pidió apoyo a su compadre con un trabajo de medio tiempo para su hijo, en la tintorería.

 

No es que Paco no entendiera, es que lo tratábamos como a un niño, la irresponsabilidad justamente se subsana con responsabilidad y pudimos ayudar a este joven, con empatía y suma de voluntades, escuchándonos y valorándonos, en vez de descalificarnos y culparnos.

 

¿Tú, cómo ayudarías a un joven que pareciera incapaz de entender la responsabilidad?

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Aquí hacen falta cambios

Margarita Lignan Camarena

Siempre vi a mi papá como a un súper héroe, desde que me rescataba en la resbaladilla cuando estaba a punto de salir volando, hasta cuando pagaba un viaje en avión con comida y diversiones para todos.

 

Cuando era niña lo veía hablar con autoridad a sus empleados, quienes siempre le respondían respetuosamente y me gustaba que tanta gente lo buscara para pedirle su opinión o su consejo.

 

Al llegar a la adolescencia, él siguió siendo para mí el más guapo, quien comenzó a caerme medio mal era mi mamá porque me parecía que se portaba de manera caprichosa y peleaba con él por nada; vaya, sé que él tiene su carácter, pero tan fácil que resulta darle por su lado y decirle que sí, total, nos consiente muchísimo y siempre procura nuestro bienestar.

 

Por supuesto que me costó trabajo tener novio, pues yo quería uno del que se enorgulleciera mi papá y aunque alguno llegó a gustarme muchísimo, definitivamente no, no era como él.

 

Cuando a media universidad mi papá me dio la oportunidad de trabajar a su lado, me sentí en el cielo, aprendería de un grande para llegar a ser tan buena como él; sin embargo y para no hacerte el cuento largo, te diré que justo en la empresa fui conociendo el “lado B” de mi adorado papá y eso no me gustó tanto. Me fui dando cuenta por ejemplo que sus empleados más que respeto sentían miedo, sí, a perder sus trabajos y por eso habían aceptado muchas condiciones desfavorables para ellos en las que tristemente, se habían cimentado mis ventajas; se les pagaba muy poco, no tenían prestaciones e incluso en caso de accidente, debían cubrir los gastos por su cuenta, lo cual se me hizo profundamente injusto y triste.

 

Al principio creí que todo era “error”, “desorden” o incluso una mala estrategia de alguien más como su contador; pero poco a poco me fui dando cuenta de que él estaba más que enterado y que a eso le llamaba “estrategias comerciales”.

 

Luego me di cuenta de que mucha de la gente que lo visitaba no iba por un consejo, como yo suponía, sino para cobrarle cosas que él justificaba con una u otra razón para no pagar o hacer el pago incompleto, que los papeles de la empresa tampoco estaban en orden y que en realidad lo que quería era que yo aprendiera cómo se manejaba él para asegurarse de tener a alguien de confianza que lo cubriera.

 

La peor parte fue cuando descubrí por qué estaba tan enojada mi mamá, pues la trataba como a una niña, le ponía mil candados a sus cuentas y ella tenía que justificar cada uno de sus gastos para que él le liberara un poco de efectivo, ella tenía todo… lo que él quisiera darle, no lo que ella necesitara disponer.

 

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El día que me pidió que me quedara con la subdirección de la empresa, le pedí reunirnos en privado, “aquí hacen falta cambios” le dije con firmeza, “no se puede llamar estrategia comercial a lo que es un abuso”. Le hablé de que la empresa podría crecer mucho más si regularizábamos todo y de que, aunque estaba consciente de que eso implicaría reducir los beneficios económicos familiares, nos redundaría en tranquilidad porque ya había demasiada gente inconforme a nuestro alrededor. También quise hacerle ver que una esposa no es una hija y que controlar el dinero de otro adulto es una forma de violencia.

 

No resultó tan bien, nuestro idilio terminó, mi padre no me habla desde entonces, es más, se divorció de mi madre. Entre ella y yo pusimos una microempresa sustentable y con responsabilidad social, porque ¿sabes? En este mundo hacen falta cambios y me siento muy contenta de estar en las filas de aquellos que los van a impulsar.

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Cultura de Paz, Historias Cotidianas

Alas de condor

Margarita Lignan Camarena

Hay sueños que parecen un viaje y viajes que surgen de un sueño. Mis papás me educaron y formaron para ser independiente, para hacer las cosas por mí misma y para tener mi propio criterio; pero creo que ni ellos, ni yo, alcanzamos a vislumbrar el tamaño que tendría la envergadura de mis alas.

 

Recuerdo que, de pequeña, me encantaban los documentales de aves, una de las primeras especies en llamar mi atención fueron los flamencos, cuando descubrí que volaban en enormes parvadas rosa, me pareció absolutamente mágico; también conocí a los cisnes y su danza, los patos silvestres y sus patrones de migración; me encantaron las estrategias de pesca de los cormoranes, esos primos desgarbados de los cuervos, con ojos tan esmeralda, como los mares en que navegan. He de confesar que cuando descubrí que hay aves que no vuelan, me sentí entre decepcionada y triste, por ejemplo, los avestruces o las gallinas, ¿qué caso tiene la existencia con alas dentro de un corral?

 

Un día descubrí al majestuoso cóndor andino, un ave enorme que gracias a sus inmensas alas puede planear sobre diez mil metros de altitud, hasta doscientos kilómetros al día, sabe aprovechar las corrientes de aire para ir a donde quiere o simplemente, para dejarse llevar; entonces tuve una idea: migrar.

 

¿Sabes? Me parecía que el mundo es tan vasto, que está tan lleno de paisajes, de gente, de costumbres, de aromas, de sabores…que tendría que ir a verlo, a experimentarlo; no es para mí quedarme siempre en el mismo lugar. ¿Lo malo? En el camino han aparecido demasiados impedimentos que hoy me parecen una montaña de injusticias.

 

En primer lugar, viajar no es nada barato, algunas personas decidieron y pudieron detentar casi todos los lugares de la Tierra, todo es de alguien, el mundo no se puede recorrer libremente, claro, a menos que decidas hacerlo como indigente.

 

Aún para viajar en las condiciones más austeras, se necesita un empleo, si no, ¿de dónde voy a sacar el dinero?; pero los empleos actualmente no tienen una relación equitativa tiempo-dinero, es decir, pagan apenas un poco por un montonal de horas de trabajo.

 

Además, están todas esas voces que me dicen que siendo una chica es aún más peligroso, porque pueden no sólo robar mis pertenencias, como a los hombres, o atropellarme si voy en bicicleta, porque ¿a quién le importan los ciclistas?, sino también secuestrarme o hasta abusar sexualmente de mí.

 

En mi familia, les asusta que abra libremente mis alas por los riesgos que implica, tratan de hacerme “entrar en razón” hablándome de graduarme, titularme, conseguir un trabajo fijo e irme de vacaciones cuando el empleo lo permita; pero yo lo veo tan difícil, aunque quisiera que así fuera, a veces tristemente me parece una fantasía; está difícil conseguir chamba, en todo caso los trabajos hoy no ofrecen prestaciones, y como dije, los lugares de vacaciones son carísimos.

 

Ojalá la sociedad cambie y el trabajo vuelva a ser una posibilidad real de crecimiento y futuro para los jóvenes, para todos; pero mientras las mentes que toman decisiones de poder se vuelven más justas, ¿qué hacer?

 

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Lo bueno es que no todo está perdido, mientras entre mis alas albergue la esperanza. Me organicé con amigas y amigos, nuestro grupo se llama precisamente “Alas de cóndor” y a manera de una tanda, vamos juntando dinero para viajar todos juntos, de momento a lugares cercanos, porque no nos alcanza para más, hospedándonos con habitantes de distintos poblados, a quienes les viene bien nuestra paga, y a nosotros la calidez y seguridad que nos ofrecen; entre todos nos cuidamos, nuestras familias también se mantienen comunicadas. Ha sido una linda manera de conocer el mundo real y no sólo el turístico.

 

Yo estoy convencida de que el mundo es de todos y para todos. No me quiero despertar de este sueño que es la vida sin haberlo recorrido.

 

¿A ti, qué se te ocurre, cómo podemos apoyarnos entre todos para disfrutar del mundo?

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