Cultura de Paz, Historias Cotidianas

¿Por qué no entiende?

Margarita Lignan Camarena

Paco era un torbellino, estaba cansada de pelear con él, nunca traía la tarea, en clase siempre hacía preguntas tontas para distraer, pasaba los exámenes de puro milagro y yo, como su maestra, me sentía en la obligación de hacerlo entrar en razón y ayudarlo a salir adelante.

 

Lo primero que pensé es que no tenía apoyo en su casa, me es muy dado pensar en que seguramente los papás no ponen límites, incluso los he llegado a juzgar tan duramente, que me he escuchado diciendo cosas como: “parece que no les interesan sus hijos”; pero siendo franca, yo también soy mamá de dos adolescentes, y aunque mi hija María siempre ha sido muy responsable, hace sus tareas de la casa y no se mete en mayores problemas, con la menor, Mónica, no ha sido lo mismo; también he tenido que ir a atender por ahí uno que otro reporte de su escuela y la verdad, no hace mucho caso a mis orientaciones, parece que sólo está dispuesta a aprender de sus propias experiencias.

 

Por supuesto que llamé a los papás de Paco, pero para pedirles que hiciéramos un frente común, no para una conversación en la que yo los culpara o me culparan, sino para acordar estrategias de apoyo para un joven que necesita a corto plazo hacerse cargo de sí mismo, y quien, de momento, no ve responsabilidad en nada; simplemente se lo toma todo como un juego.

 

El día de la cita me vi a mi misma en los gestos y palabras desesperados de su madre: “¿por qué no entiende?”, “ya no sé qué más hacer con él” y la frase que más me conmovió de todas “no quiero que acabe mal”. Su papá en cambio, estaba sumamente enojado, se movía ansioso de una esquina a otra de mi oficina, avergonzado por la conducta de su hijo decía cosas como: “¡estoy harto!”, “¡me las va a pagar!” y “es un irresponsable”.

 

Yo les expliqué cómo veía las cosas:

 

“Nuestros hijos también toman sus propias decisiones, lo hacen desde pequeños, los hermanos, aún siendo criados por los mismos padres, no siempre actúan igual; hemos aprendido que es mucho mejor la equidad que la igualdad, cada hijo y cada alumno necesita una guía diferente formarse con las mejores herramientas; pero al final, ellos tomarán sus decisiones, incluso equivocadas; frente a eso siempre podremos ofrecerles una mano que se limita a nuestras propias capacidades y aprendizajes, no podemos darles lo que no sabemos o no tenemos, y no somos culpables por ello.

 

Ahora bien, justamente considero que la clave está en una palabra que hemos mencionado: responsabilidad. Mientras sigamos tratando a Paco como un niño, él seguirá jugando”.

 

Trabajamos en una lluvia de ideas pensando en estrategias que podrían seguirse tanto en casa como en la escuela para dar a Paco responsabilidades, en lugar de andar tras de él con consejos que no escucha, castigos que desafía y límites que ve como retos.

 

En mi clase Paco ahora es jefe de grupo, me apoya con labores administrativas, no es opcional ni un premio, es una condición acordada con la dirección para ayudarlo; claro, a él le explicamos que el objetivo es “desarrollar su capacidad de liderazgo”. La idea es que comience a enfocarse hacia allá, en vez de sólo organizar el desorden. También está encargado de aprender una técnica de debates (ya que tanto le gusta alegar) para un taller que vamos a implementar como clase extra y qué él va a dirigir.

 

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Su papá me contó que a la mamá de Paco se le ocurrió pedirle que ayude a su hermana menor con las tareas, porque también va algo atrasada, aprovechando que “has tenido que agarrarle tu propio modo a la escuela” y el señor, ya no le da dinero para salidas, ni le compra cosas extra, en cambio le pidió apoyo a su compadre con un trabajo de medio tiempo para su hijo, en la tintorería.

 

No es que Paco no entendiera, es que lo tratábamos como a un niño, la irresponsabilidad justamente se subsana con responsabilidad y pudimos ayudar a este joven, con empatía y suma de voluntades, escuchándonos y valorándonos, en vez de descalificarnos y culparnos.

 

¿Tú, cómo ayudarías a un joven que pareciera incapaz de entender la responsabilidad?

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Aquí hacen falta cambios

Margarita Lignan Camarena

Siempre vi a mi papá como a un súper héroe, desde que me rescataba en la resbaladilla cuando estaba a punto de salir volando, hasta cuando pagaba un viaje en avión con comida y diversiones para todos.

 

Cuando era niña lo veía hablar con autoridad a sus empleados, quienes siempre le respondían respetuosamente y me gustaba que tanta gente lo buscara para pedirle su opinión o su consejo.

 

Al llegar a la adolescencia, él siguió siendo para mí el más guapo, quien comenzó a caerme medio mal era mi mamá porque me parecía que se portaba de manera caprichosa y peleaba con él por nada; vaya, sé que él tiene su carácter, pero tan fácil que resulta darle por su lado y decirle que sí, total, nos consiente muchísimo y siempre procura nuestro bienestar.

 

Por supuesto que me costó trabajo tener novio, pues yo quería uno del que se enorgulleciera mi papá y aunque alguno llegó a gustarme muchísimo, definitivamente no, no era como él.

 

Cuando a media universidad mi papá me dio la oportunidad de trabajar a su lado, me sentí en el cielo, aprendería de un grande para llegar a ser tan buena como él; sin embargo y para no hacerte el cuento largo, te diré que justo en la empresa fui conociendo el “lado B” de mi adorado papá y eso no me gustó tanto. Me fui dando cuenta por ejemplo que sus empleados más que respeto sentían miedo, sí, a perder sus trabajos y por eso habían aceptado muchas condiciones desfavorables para ellos en las que tristemente, se habían cimentado mis ventajas; se les pagaba muy poco, no tenían prestaciones e incluso en caso de accidente, debían cubrir los gastos por su cuenta, lo cual se me hizo profundamente injusto y triste.

 

Al principio creí que todo era “error”, “desorden” o incluso una mala estrategia de alguien más como su contador; pero poco a poco me fui dando cuenta de que él estaba más que enterado y que a eso le llamaba “estrategias comerciales”.

 

Luego me di cuenta de que mucha de la gente que lo visitaba no iba por un consejo, como yo suponía, sino para cobrarle cosas que él justificaba con una u otra razón para no pagar o hacer el pago incompleto, que los papeles de la empresa tampoco estaban en orden y que en realidad lo que quería era que yo aprendiera cómo se manejaba él para asegurarse de tener a alguien de confianza que lo cubriera.

 

La peor parte fue cuando descubrí por qué estaba tan enojada mi mamá, pues la trataba como a una niña, le ponía mil candados a sus cuentas y ella tenía que justificar cada uno de sus gastos para que él le liberara un poco de efectivo, ella tenía todo… lo que él quisiera darle, no lo que ella necesitara disponer.

 

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El día que me pidió que me quedara con la subdirección de la empresa, le pedí reunirnos en privado, “aquí hacen falta cambios” le dije con firmeza, “no se puede llamar estrategia comercial a lo que es un abuso”. Le hablé de que la empresa podría crecer mucho más si regularizábamos todo y de que, aunque estaba consciente de que eso implicaría reducir los beneficios económicos familiares, nos redundaría en tranquilidad porque ya había demasiada gente inconforme a nuestro alrededor. También quise hacerle ver que una esposa no es una hija y que controlar el dinero de otro adulto es una forma de violencia.

 

No resultó tan bien, nuestro idilio terminó, mi padre no me habla desde entonces, es más, se divorció de mi madre. Entre ella y yo pusimos una microempresa sustentable y con responsabilidad social, porque ¿sabes? En este mundo hacen falta cambios y me siento muy contenta de estar en las filas de aquellos que los van a impulsar.

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Alas de condor

Margarita Lignan Camarena

Hay sueños que parecen un viaje y viajes que surgen de un sueño. Mis papás me educaron y formaron para ser independiente, para hacer las cosas por mí misma y para tener mi propio criterio; pero creo que ni ellos, ni yo, alcanzamos a vislumbrar el tamaño que tendría la envergadura de mis alas.

 

Recuerdo que, de pequeña, me encantaban los documentales de aves, una de las primeras especies en llamar mi atención fueron los flamencos, cuando descubrí que volaban en enormes parvadas rosa, me pareció absolutamente mágico; también conocí a los cisnes y su danza, los patos silvestres y sus patrones de migración; me encantaron las estrategias de pesca de los cormoranes, esos primos desgarbados de los cuervos, con ojos tan esmeralda, como los mares en que navegan. He de confesar que cuando descubrí que hay aves que no vuelan, me sentí entre decepcionada y triste, por ejemplo, los avestruces o las gallinas, ¿qué caso tiene la existencia con alas dentro de un corral?

 

Un día descubrí al majestuoso cóndor andino, un ave enorme que gracias a sus inmensas alas puede planear sobre diez mil metros de altitud, hasta doscientos kilómetros al día, sabe aprovechar las corrientes de aire para ir a donde quiere o simplemente, para dejarse llevar; entonces tuve una idea: migrar.

 

¿Sabes? Me parecía que el mundo es tan vasto, que está tan lleno de paisajes, de gente, de costumbres, de aromas, de sabores…que tendría que ir a verlo, a experimentarlo; no es para mí quedarme siempre en el mismo lugar. ¿Lo malo? En el camino han aparecido demasiados impedimentos que hoy me parecen una montaña de injusticias.

 

En primer lugar, viajar no es nada barato, algunas personas decidieron y pudieron detentar casi todos los lugares de la Tierra, todo es de alguien, el mundo no se puede recorrer libremente, claro, a menos que decidas hacerlo como indigente.

 

Aún para viajar en las condiciones más austeras, se necesita un empleo, si no, ¿de dónde voy a sacar el dinero?; pero los empleos actualmente no tienen una relación equitativa tiempo-dinero, es decir, pagan apenas un poco por un montonal de horas de trabajo.

 

Además, están todas esas voces que me dicen que siendo una chica es aún más peligroso, porque pueden no sólo robar mis pertenencias, como a los hombres, o atropellarme si voy en bicicleta, porque ¿a quién le importan los ciclistas?, sino también secuestrarme o hasta abusar sexualmente de mí.

 

En mi familia, les asusta que abra libremente mis alas por los riesgos que implica, tratan de hacerme “entrar en razón” hablándome de graduarme, titularme, conseguir un trabajo fijo e irme de vacaciones cuando el empleo lo permita; pero yo lo veo tan difícil, aunque quisiera que así fuera, a veces tristemente me parece una fantasía; está difícil conseguir chamba, en todo caso los trabajos hoy no ofrecen prestaciones, y como dije, los lugares de vacaciones son carísimos.

 

Ojalá la sociedad cambie y el trabajo vuelva a ser una posibilidad real de crecimiento y futuro para los jóvenes, para todos; pero mientras las mentes que toman decisiones de poder se vuelven más justas, ¿qué hacer?

 

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Lo bueno es que no todo está perdido, mientras entre mis alas albergue la esperanza. Me organicé con amigas y amigos, nuestro grupo se llama precisamente “Alas de cóndor” y a manera de una tanda, vamos juntando dinero para viajar todos juntos, de momento a lugares cercanos, porque no nos alcanza para más, hospedándonos con habitantes de distintos poblados, a quienes les viene bien nuestra paga, y a nosotros la calidez y seguridad que nos ofrecen; entre todos nos cuidamos, nuestras familias también se mantienen comunicadas. Ha sido una linda manera de conocer el mundo real y no sólo el turístico.

 

Yo estoy convencida de que el mundo es de todos y para todos. No me quiero despertar de este sueño que es la vida sin haberlo recorrido.

 

¿A ti, qué se te ocurre, cómo podemos apoyarnos entre todos para disfrutar del mundo?

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Palabras precisas

Margarita Lignan Camarena

Irene amó, como una loca, tanta luz la cegó, sólo pudo ver el resplandor, no la figura del centro, al verla, sintió la calidez y su corazón, que llevaba tiempo helándose, comenzó a derretirse, dejando al descubierto una vulnerabilidad construida con expectativas, ilusiones, recetas aprendidas, fantasías.

 

Cuando Irene se llenó de amor por Antonio, quiso mostrarle que ella también era maravillosa, que también tenía brillo, para que él sintiera igual calidez y se quedara… según lo que había aprendido, para siempre. Quizá no era necesario tanto esfuerzo, pues él la quería porque sí, porque le gustó, porque vio algo en ella que otras mujeres no tenían, y la verdad, es que también se acercó, lleno de expectativas.

 

Antonio tiene un carácter dominante, de alguna forma él entiende como manifestación de amor que lo sigan, que le digan que sí, que estén de acuerdo, que le celebren las bromas y las ideas; Irene no lo sabía, ella simplemente moría por mostrarle su mundo, por llevarlo a sus lugares, enseñarle la vida desde la mirada de sus ojos, todo lo que ama su corazón; pero para Antonio esas eran ideas simples, sin mucho chiste, siempre era mejor lo que él proponía, más urgente, más audaz, de mejor calidad. Irene se vivía triste y Antonio consideraba que eso era una lata, pues por más que él hacía, ella siempre estaba inconforme. Irene se esforzaba en traducirse, pero fue incapaz de encontrar las palabras precisas para decirle que lo amaba, pero que deseaba compartir con él, no sólo seguirlo.

 

A él le gusta tomarse unas copas de vez en cuando, ella no bebe, pero le encantaba acompañarlo con un café en el bar, a veces sólo lo miraba, Irene es una gran observadora, le gustaba la forma en que Antonio coloca los labios cuando pronuncia diptongos y el leve frenillo que utiliza para pronunciar la letra s. Él le reclamaba que sólo se le quedara viendo, le parecía una aburrida, entonces una vez ella le contó una historia de su trabajo, quería mostrarle su análisis de las personas y cómo relacionaba algunos hechos con pasajes y personajes de libros que había leído; pero él la corrigió, le dijo que esas interpretaciones eran como de una persona básica, que lo que le contestó al jefe no era correcto, y que debió decir tal y tal en vez de lo que dijo… Irene sintió que todo el encanto de su relato literario se había perdido, pero no quiso pelear, anhelaba encontrar las palabras precisas para transformar la tensa escena en la bella tarde que imaginó con Antonio, pero estaban perdidas.

 

Han pasado tantos meses que se juntaron algunos años, en los que Irene, frente a cada conflicto sentía que no se sabía explicar y le mandaba mensajes, escribía cartas, grababa audios, una y otra vez tratando de decir lo que en realidad quiso decir; intentando con sus palabras construir un camino hacia aquella felicidad que imaginó, donde compartiría con él muchas cosas, conocerían sus mutuos mundos, se apoyarían y encontrarían uno en el otro, camaradería y complicidad.

 

Antonio le reclamaba sus mensajes que lo tenían harto, los sentía como acoso; definitivamente tampoco Irene encontró entonces las palabras precisas para lo que quería decir. La verdad es que él también quería conservar la relación, le parecía que todo hubiera sido más fácil si ella pudiera actuar como él imaginó, si pudiera seguirlo, admirarlo, querer lo mismo, estar de acuerdo.

 

Luna tras Luna Irene caía y se levantaba, justificaba todo y se daba razones para volver; pasaba por alto los insultos cuando él la llamaba tonta, simple o aburrida. Lloró muchísimo, sobre todo porque nunca logró mostrarle a Antonio las cosas que ama de su mundo, no consiguió que él la acompañara a su jardín favorito, ni a cenar fondue y vino tinto, ni leer el mismo libro juntos. En su fantasía ella casi juraba que a él le hubiera encantado.

 

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Hoy Irene se ha llenado de una cálida renuncia que la pacifica, ya no intenta traducirse más, entendió que el amor es una coincidencia milagrosa, pero también un trabajo arduo que conlleva ciertas renuncias mutuas, y que implica también voluntad, que si buscamos que alguien llene nuestras expectativas o si intentamos llenar las de otro, siempre estaremos vacíos, y, sobre todo, que una relación en la que hay que traducirse todo el tiempo, termina desgastándonos. Así que aceptó que aquella deslumbrante luz y esa calidez que de pronto llegaron a su vida, fueron un regalo que duró un tiempo y que ahora había que dejarlo ir.

 

A la distancia, la Irene que ella es en palabras de Antonio, no le gusta nada, pero acepta que por más que se desgaste, no puede cambiar esa narrativa; en cambio, la Irene que es en sus propias palabras, aún guarda un gran cariño por Antonio, pero también por sí misma y sabe que su lugar no está donde tiene que traducirse todo el tiempo; sin embargo, antes de irse encontró una última palabra que quiso regalarle…Gracias.

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¡Es que tenía hambre!

Margarita Lignan Camarena

Versión 1

Siendo muy franco, si algo me pone de malas, es tener hambre; definitivamente yo no puedo con eso, y ya lo saben, tampoco es novedad. Ese día llegué de trabajar, hacía un calorón espantoso y venía yo en el teléfono hablando con mi asistente que aún no me tenía listos unos papeles que le había pedido en la mañana; ella dijo que, porque se los pedí de un momento para otro, pero me choca que me pongan pretextos, yo soy el patrón y para eso pago gente que trabaje y que se mueva; no entiendo cómo es posible que cuando solicito mis cosas, no las tangan listas.

 

Bueno pues además de todo, cuando llegué a la casa, mis hijas estaban peleando porque no les gusta el acomodo de su cuarto o no sé qué, porque una es más ordenada que la otra y me pidieron que interviniera para arreglar el lío, pero yo no tengo nada que ver en eso, ellas dicen que sí, porque yo le prometí a Laura desocupar mi cuarto de las herramientas para dárselo, pero yo no me acuerdo de haber dicho semejante cosa, ni tendría por qué darles nada, yo soy el jefe de familia y puedo ocupar cuantos cuartos quiera; si ellas están apretadas y no se entienden, pues ni modo.

 

Total, que por andar en esos arguendes mi mujer ¡no había terminado de hacer de comer!, y se le ocurrió decirme que mientras, me fuera yo preparando un taco de chicharrón con nopales que ya estaba en la mesa; ¡ahora resulta que yo tengo que atenderme!

 

No es que sea justificación, pero sí ya me conocen y ven que vengo fastidiado, para qué siguen con sus cosas, ¿cómo quieren que me ponga?; además como ya expliqué, pa´ acabarla de amolar tenía hambre y eso no lo puedo controlar, eso no es culpa mía.

Dicen que uno no debe ser violento, pero yo digo que, si no les gusta que uno empiece a dar manotazos y gritos, deben ser prudentes, porque los demonios no salen hasta que alguien les viene a tocar la puerta y luego, cuando los ven aparecer, entonces sí se espantan y lloriquean.

 

¿O tú cómo la ves?

 


Versión 2

Mi mamá, mi hermana y yo, nos venimos a vivir con mi tía Chabe, porque ya estamos hartas de mi papá, esto ha rebasado todos los límites, se pone violento por cualquier cosa y siempre nos culpa; quiere hacernos creer que somos nosotras mismas quienes provocamos su violencia, que él actúa bien, pero los demás lo llevamos a límites que inevitablemente rebasa.

 

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Cuando no le echa la culpa al tráfico, al clima, al trabajo… se la echa hasta al hambre; siempre sale con eso, con que él es “intolerante al hambre”, como si eso fuera una especie de padecimiento grave que no puede controlar y que lo saca de sus cabales.

 

Él es desordenado e injusto, hace promesas que no cumple, exige demasiado, no es empático ni considerado, ni con nosotros su familia; mucho menos con sus empleados. Jamás toma responsabilidad de sus acciones y considera que la violencia es algo que inevitablemente le brota cuando los demás lo provocan.

 

Yo la verdad prefiero que él me falte como padre a seguir siendo su víctima, he decidido vivir lejos de él para reparar y salvaguardar mi bienestar físico y emocional. Me parece muy triste desde luego; pero yo sé que no es hambre, es violencia y mientras no trabaje en sí mismo, a su lado corro riesgo y como yo lo veo mi seguridad, mi tranquilidad y mi bienestar sí son mi responsabilidad.

 

¿Y tú, te alejarías de tu padre para vivir mejor?

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¡Ponte abusado!

Margarita Lignan Camarena

Desde chiquito yo siempre quise enseñarle a mi hijo a ser bien abusado, para que nadie le viera la cara nunca, porque la verdad es que luego hay cada gente que…

 

Por ejemplo, un día que fuimos a la fiesta de mi sobrino, a la hora de la piñata, ya se habían formado todos los niños y el mío se quedó hasta atrás, porque según él le daba miedo que lo aplastaran y lo pisotearan a la hora de ir por los dulces; yo me sentí más que afligido, enojado, porque la verdad pensé “así cómo va a salir adelante en la vida”, entonces lo jalé de un brazo, y así chillando y todo, lo hice que se pusiera adelante “por ser primo hermano del festejado”, para que saliera con ventaja a la hora del reparto de los dulces; no le gustó mucho pero según yo, así lo estaba educando.

 

Al ir en el carro ya me era usual gritar improperios o tocar el claxon a cuanto conductor o peatón se me atravesara, por nada los dejaba pasar, “nada de uno y uno, si yo ya voy en la fila no tengo por qué dejar pasar a nadie”— Pensaba- Y me hacía como que no los veía para seguirme de frente, porque este mundo es de los listos.

 

Una vez en la entrada de la tienda de la esquina nos encontramos un rollito de billetes tirados, no era mucho; pero al menos para ir al cine con todo y palomitas sí nos hubiera servido. Lo levanté rápidamente y me lo guardé en la bolsa, me apresuré a comprar mis cigarros y nos fuimos. Gustavo me dijo:

 

— Papá, pero ese dinero no es tuyo ¿no?

 

—Pues tampoco es de nadie ¿no?, somos muy suertudos.

 

Dos cuadras más adelante una señora mayor buscaba entre su bolsa del mandado y en los bolsillos de su suéter.

 

— Papá, se me hace que el dinero es de esa señora.

 

— ¿Tú como sabes?, a lo mejor perdió otra cosa, tú síguete de largo y no vayas a decir nada, porque obviamente si mencionas el dinero, dirá que es suyo y nosotros como tontos tendremos que dárselo.

 

¿Y qué crees que hizo Gustavo?, justo al pasar junto a la señora:

 

— Buenas tardes señora, disculpe, la veo preocupada, ¿la puedo ayudar en algo?

 

— ¡Ay joven, es que acabo de perder el dinero para mi compra!, ya estoy tan vieja, no sé ni qué es lo que hago, pero estoy segura que lo traía por aquí.

 

— No se preocupe señora, así pasa, bueno, pues buena suerte y que lo encuentre…. — Dije yo, y jalé a mi hijo como la vez de la piñata, pero para que ya nos fuéramos de ahí; a lo mejor se trataba de otro dinero y yo no quería perder mi día de suerte.

 

— Oye papá… ¿no será aquel rollito que dejamos en la tienda por si volvía el dueño o deña? — Dijo el chamaco en voz alta.

 

— ¡Un rollito!, sí, justamente, yo lo traía con una liga rosa… ¡Ay qué bueno que lo encontraron, soy tan afortunada, que el cielo los colme de bendiciones!

 

— Papá, ¿por qué no te adelantas a la tienda por…”el rollito”, mientras yo acompaño a la señora de regreso por su dinero y por sus compras.

 

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Mi hijo y yo hablamos, me dijo que a él no le parecía que “ser abusado” fuera lo mismo que abusar de los demás; sino que para él se trataba de hacer uso de sus derechos sin pasar por encima de los de los otros. Te he de confesar que al principio fingí sentirme enojado, pero en realidad, en el fondo me sentía avergonzado porque sabía que Gustavo tenía razón.

 

Al final le mostré a mi hijo que es de listos reconsiderar, cambiar de opinión y sobre todo de actitud, que ponerme abusado también incluye hacer caso a sugerencias e ideas positivas que nos permitan vivir en una sociedad mejor.

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Un consejito

Margarita Lignan Camarena

Recuerdo aquella vez, estábamos en casa de mi tía Laurita, la que vivía en Cocoyoc, nos fuimos a pasar el fin de semana; estuvimos tan a gusto, que mi tía empezó a escombrar closet y cajones, según para que la ayudáramos, y nos pareció tan entretenido, que comenzamos a probarnos viejos sombreros de los abuelos, prendedores, bastones y estolas. Las antiguas prendas elegantes, hoy eran ingeniosos disfraces; y ya que estábamos en eso, yo me probé unas blusas que me parecieron muy bonitas, especialmente me gustó una de rayas blanco y negro que inmediatamente me probé y fui a observar frente al espejo. — Te voy a dar un consejito — Me dijo mi tía. — Nunca uses rayas horizontales, porque como eres tan llenita, esas líneas te hacen embarnecer mucho más.

 

Aquel consejito me llegó como un latigazo, rompió la armonía de la tarde, no quise jugar más, pero no dije nada porque eso de ser “muy sentida como jarrito de Tlaquepaque”, seguro también sería motivo de burlas. No sé cómo decirte, pero ese cruel consejito se quedó guardado en mí como un detonador.

 

Una vez mi primo Paco, varios años menor que yo vino a quedarse con nosotros unos días porque nació su hermanito, yo tendría unos doce años, era casi adolescente. Cuando Paco se ponía nervioso, tartamudeaba muchísimo, y vaya que esos días estaba nervioso. Creo que me puso celosa tanta atención que estaba recibiendo; así que cansada de que le tuvieran tanta paciencia y consideraciones, en un momento en que nos quedamos a solas, simplemente le dije —Mira Paco, te voy a dar un consejito: habla más despacio o haz ejercicios de dicción con un lápiz, porque la verdad es que ni quien te entienda lo que dices. — No dijo nada, pero yo estaba consciente de que lo hice sentir mal.

 

Y bueno, para no hacerte el cuento largo, ese recurso del “consejito” se me quedó pegado; cada que alguien me hacía enojar o si me sentía agredida, de regreso yo le recetaba un “consejito” que diera justo en el blanco, donde más le doliera; buscaba según yo que llegara como no queriendo la cosa, como una flecha lanzada al azar, como dicen “te lo digo a ti mi Juan, para que lo entiendas tú mi Pedro”:

 

Ya en la vida adulta, si tomaba un curso o una capacitación, me encantaba sobresalir y quedar bien con mis maestros, si algún compañero opinaba, yo acallaba su comentario con el mío. Mi ego se alimentó como un monstruo, me justificaba diciendo “a mí que ni me pregunten porque yo sí soy muy franca, y sí me buscan les digo las cosas como son, en su cara”; y la verdad es que se las decía, aunque no me preguntaran. Convencida de ser y saber más que los demás, de tener siempre la razón y sobre todas las cosas, de haber aprendido a usar como arma poderosa la palabra, no había quien me parara.

 

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Pero un día algo cambió, resultó que alguien todo el tiempo me había estado observando, mi pequeña hija, Vero, ahora adolescente, peleaba conmigo justo esgrimiendo las mismas frases que yo siempre usaba; fue hasta entonces que me percaté del filo de mis palabras. Cuando vi la rabia en sus ojos, disfrazando las agresiones de “franqueza”, supe que yo tenía que parar.

 

Hoy junto con mi hija, asisto a un taller de comunicación asertiva y resolución no violenta de conflictos, porque quiero frenar eso que se me convirtió en inercia, pero no en una forma de ser. El estar permanentemente enojada y buscando revancha genera una sensación de vacío enorme, no es una buena forma de vida, mucho menos algo que quiera para mi hija. Hoy sé que continuamente puedo construirme y modificarme, cambiarme cuantas veces sea necesario para sentirme realmente contenta y orgullosa de mí misma. 

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Mi hermoso sitio

Margarita Lignan Camarena

El confinamiento me ha llevado a buscar mi lugar en el mundo, como si nunca antes hubiera pensado en ello, había estado dando por hecho que mi sitio era la oficina, ese lugar que alguien más se encarga de que esté limpio y ordenado, situado en un edificio bonito que me hacía creer que mi vida era así, con ciertos lujos, con un espacio de jardín y una fuente, con un pequeño café abajo.

 

Luego llegaba al desorden de mi casa, pequeña y ruidosa, no tan cómoda, con bastante trabajo por hacer, al departamento que en realidad alcanzo a pagar con mi sueldo, que, aunque lo he decorado lo mejor que puedo, de hecho, con bastante cariño, es un poco húmedo y oscuro; pero qué importaba si al final pasaba la mayor parte del día fuera.

 

Los fines de semana me apuraba a levantar para ir a dar una vuelta cerca o lejos; me encantaría ser de esas personas que viajan y viajan, pero más bien soy de las que trabajan mucho y ganan poco, así que siempre hago lo mejor que puedo para pasarla bien, ése es mi lema.

 

Todo cambió con la pandemia, primero pensé que sería una fiesta quedarme encerrada en pijama todo el día; después, cuando el trabajo se intensificó, mi pequeño departamento me pareció el peor de los encierros, literalmente casi sentía claustrofobia, pateaba todo cuanto encontraba a mi paso, le gritaba a todo y a todos; me hacía sentir súper de malas que no cupiera la taza de café junto a mi computadora en mi mini escritorio lleno de libros, eso me estresaba tanto que hasta mi pobre perro acababa todo regañado si se le ocurría ladrar y ser perro cuando yo estaba en junta.

 

Tuve que hacer varios cambios, de entrada, comprarme una silla de oficina porque ya no aguantaba el dolor de espalda, al principio, ni creas que me alegré; me chocaba verla en el espacio de mi casa, sentía que invadía “mi privacidad”, sin embargo, descubrí que mi columna necesitaba buen respaldo y no caminar en chanclas todo el día.

 

Después, y en vista de que no podía salir a ningún lado, me puse a tirar primero tiliches, ya sabes, cosas inservibles que una acumula, pero después descubrí que acumulo de todo: zapatos, bolsas, macetas, revistas, botellas de licores que nunca beberé, incluso libros, ¡sí libros!, mi gran egoteca, yo necesitaba espacio, dinero adicional para los arreglos y consideré que otras mentes y ojos tenían derecho a leerlos; así que los rematé, lo cual representó un golpe enorme a mi apego y a mi ego, pero el espacio que ocupaban se llenó con luz y pequeñas plantas que me hicieron sentir mejor.

 

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También descubrí que es cierto ese dicho tan popular: “muévete, no eres un árbol”, en la oficina no podía hacerlo, pero en la casa sí; hay días que trabajo en el comedor, otros en la recámara, otros incluso en mi diminuto balcón, lo que me ha llevado a explorarme a mí misma, a saber, que no todos los días estoy para lo mismo; incluso hago cortes para hacer un poco de ejercicio o incluso salir a caminar y eso me baja la irritabilidad con los demás.

 

Como todos, lo que más extraño es el contacto con la gente, sé que a muchos no les interesa y se arriesgan ya a salir, incrementando los contagios, pero yo sigo cuidándome. Ha sido todo un desafío aprender a estar tanto tiempo sin mis amigos, a no necesitar el continuo movimiento, la exposición, el ser vista, la competencia; incluso la neurosis para sentirme viva, en acción.

 

Esta pandemia me ha enseñado a necesitar menos y a disfrutar más, a descubrir posibilidades en vez de obstáculos; pero, sobre todo, he aprendido que el más hermoso de los sitios es en donde yo puedo aquietarme, para no llevar a mi mente y a mi cuerpo a los extremos de la ansiedad, para no desesperarme y acabar violentándome contra mí o contra otros.

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¡Sólo te importa tu trabajo!

Margarita Lignan Camarena

La verdad ya no sé qué hacer con Javier, estoy desesperada, todo el tiempo trato de darle lo mejor, pero siento que él no lo valora. Mira, te cuento, él tiene doce años, su papá vive en otro Estado, viene a veces a verlo y contribuye económicamente con lo de la pensión, pero la realidad es que no nos alcanza, por lo que yo tengo un trabajo fijo como recepcionista en un consultorio médico y otro free lance como capturista, precisamente de expedientes médicos de otros doctores, que afortunadamente me han ido recomendando uno a uno; no me quejo, pero para sacar un ingreso que pague los gastos de casa, escuela y lo que se va necesitando, tengo que pasar realmente muchas horas frente a la computadora en una actividad que me requiere estar muy concentrada. Tiene sus ventajas, pues al consultorio voy medio tiempo y la otra mitad del día puedo estar en casa haciéndole compañía a mi hijo… Aunque no tan atenta como él quisiera.

 

Javier dice que no le hago nada de caso, me repite una y otra vez que “sólo me importa mi trabajo”, por más que le explico, no logro que entienda que es justo por mi trabajo que podemos tener tranquilidad. Frecuentemente escucho especialistas que recomiendan dar a los hijos “tiempo de calidad”, ¿eso qué significa? Porque Javier y yo salimos los sábados, destino ese día, sólo que él está todo el tiempo de malas; claro que no puedo darle tooodo el sábado porque también tengo que hacer las compras, la limpieza y ver pendientes, pero en el trayecto le pregunto cómo va con la escuela, qué tal sus amigos y sólo me contesta monosílabos; parece que nada lo hace feliz.

 

Aquí entre nos, la verdad es que me enoja que a su papá no le hace estos dramas, él puede aparecer una sola vez al mes y Javier está muy contento de verlo, no le reclama nada; claro, porque lo lleva a donde el muchacho quiere y juega basket con él y hacen cosas que yo nunca voy a hacer porque… soy su mamá, tengo muchas responsabilidades y siempre estoy muy ocupada… ¿qué cree que no me canso?

 

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Mi amiga Ivonne, por ejemplo, cada quince días hace su “noche de chicas” con su hija y me cuenta que, entre películas, palomitas y mascarillas, Mariana le cuenta sus cosas y eso las ha hecho confidentes; pero Javier es hombre, me aburre ver el fut y a las películas de acción ni les entiendo; además si me pongo a “no hacer nada”, siento que estoy perdiendo tiempo que podría aprovechar para ganar un poco más de dinero.

 

Quiero mucho a mi hijo, pero reconozco que no sé cómo relacionarme con él ahora que está empezando a ser un adolescente. A veces me digo a mí misma que mi angustia económica es demasiada y que unos cuántos pesos no nos harán la diferencia, que podría dejar de trabajar unas horas a la semana para estar con él, y acompañarlo como hace su padre a las actividades que a él le gustan, aunque me parezcan aburridas. Creo que debo dejar de suponer lo que va a decir o lo que va a contarme y escucharlo, incluso contarle yo también mis cosas, mis aventuras a su edad, no sólo mis quejas de dinero y de trabajo.

 

Creo que para poder relacionarme mejor con mi hijo tengo que superar el enojo que siento con su padre, aceptar que él le da a su hijo lo que quiere, aunque yo lo considere insuficiente, así como según yo le doy lo mejor, aunque el mismo Javier no lo vea así.

 

Siento un poco de miedo de despegarme del trabajo para pasar tiempo con mi hijo, para mirarnos, conocernos, caernos mal o caernos bien, pasar tardes buenas o malas, lo que haga falta, como sea que ocurra, pero lo que sí sé es que quiero construir entre él y yo un vínculo indispensable para ambos, porque él necesita saberse aceptado, sentir que también conmigo tiene coincidencias y que me encanta y disfruto su forma de ser; también necesito aprovecharlo antes de que vuele, de que se vaya a la vida como debe hacerlo, porque es una realidad que mi trabajo (el de ahora u otro que llegue) no terminará, pero su adolescencia sí, y no quiero extrañar el no haberlo disfrutado.

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Cultura de Paz, Historias Cotidianas

Huir de mí

Margarita Lignan Camarena

¿Qué es esta extraña sensación?, no se me quita con café, ni con té, ni con refresco de cola. Ya me comí un chocolate, un poco de helado, una galleta, unas nueces y unas papitas y no… No se me quita.

 

Trato de sentarme más derecha, ponerme un cojín, abrir la ventana; prendo un cigarro, lo apago, me cambio la blusa por una más suelta, más fresca; creo que fue demasiado, ahora me pongo un chal sobre los hombros, y no… No puedo trabajar, no logro concentrarme.

 

No sé si quiero llorar o quiero gritar, no sé si te extraño, si extraño a mis padres o mi infancia, a los amigos que he perdido o a los que nunca he encontrado; de hecho, no sé si sólo digo que te extraño como un pretexto para justificar esta sensación de absoluta desolación que en el fondo me parece tan absurda, tan difícil de explicar.

 

Es como si me hubiera vuelto loca, quisiera que alguien venga a abrazarme y a la vez, que nadie me moleste, que nadie me hable, que nadie me mire; no sé si quiero la orquesta o el silencio, sólo mirar las plantas me conforta un poco, hasta que les descubro hojas caídas y quiero arreglárselas y me enumero las tareas pendientes y abrumo; siempre me abrumo demás. El médico dice que son ataques de pánico y me ha recetado unas cápsulas que sólo siento que me atontan y aletargan demasiado.

 

Llevo un año hablando conmigo misma, con imágenes en la pantalla; reflejos de lo que fue mi ajetreada vida de trabajo y amigos antes de la pandemia. No sé si estoy deprimida o ansiosa, pero la terapia por video no me alivia esta sensación de haber perdido tanto y a tantos. Dicen que debemos adaptarnos a los cambios y sé que no soy mucho de ese tipo, que me sentía muy segura con mi vida como era, navegaba en ella conociendo todas sus orillas, me encantaban los domingos de salir, de ir a algún restaurante, las vacaciones, los nuevos clientes, la ropa, verme bonita.

 

Llegaron las vacunas y poco a poco la vida se va recuperando, pero en muchos sentidos para mí ya no es lo mismo. Por ejemplo, la idea de la competitividad, antes tan arraigada en mí, perdió sentido, ahora extrañamente ya no quiero ser “la mejor”; cuando me envían publicidad, videos, folletos de lo que otras empresas están haciendo, las reviso someramente. Mi negocio se achicó, tengo menos empleados, en un inicio me sentí una mezcla de fracasada y culpable por ello, pero hoy emprendo un rumbo nuevo con la mejor gente que puedo tener, no sé si la más preparada, pero sí la más comprometida y sólida.

 

Durante esta pandemia terminé una relación de pareja de varios años, a la que estaba muy acostumbrada, yo me decía que me daba seguridad, pero en realidad me hacía sentir permanentemente lastimada, pues quien yo soy, nunca alcanzaba a cubrir sus expectativas, siempre había algo que arreglarme, siempre yo tenía que ajustarme para no incomodar. Hoy extrañamente esa relación la cuento entre mis pérdidas.

 

Algunos amigos se alejaron, por más que les llamé siempre estaban ocupados o con sus propios problemas, y hoy cuando me siento a pasar la tarde en un café y leer, me digo que estoy sola.

 

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Vendí el carro para liquidar a los empleados que no pude sostener y que estaban por demandarme, ahora camino mucho, hago ejercicio; ya tampoco pago la renta de la oficina, todos trabajamos desde casa, al parecer nos quedaremos así, me gusta poder cambiar mi escenario en las tardes y que mi gente sienta que puede atender el trabajo sin descuidar cosas personales, han demostrado ser muy responsables optimizando sus tiempos; pero yo me digo que quebré.

 

Escuchándome, creo que lo que debo cambiar es mi discurso de pérdidas y empezar a sumar, sanar mi corazón haciendo el recuento de mis ganancias, reconocer que me he traído a un mejor lugar, que en esta pandemia me he transformado; soy distinta, pero si sigo buscando a la que fui no encontraré a nadie y me seguiré sintiendo desolada. Necesito mirar con el detenimiento que merece a esta nueva mujer que he creado, para ya no necesitar más huir de mí; lo que tengo en frente no son pérdidas, sino páginas en blanco, más bien, macetas vacías, todas con espacio libre para florecer.

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