Cultura de Paz, Historias Cotidianas

Cultura de paz, una vía para prevenir la violencia

Recuerdo que cuando era adolescente veía en la televisión imágenes de un conflicto en un país de Medio Oriente; no entendía la razón de tanta violencia que se transmitía en el televisor, pero supongo que debía ser algo muy importante como para llevar a cabo ese tipo de acciones.

 

Los días transcurrían y yo no me perdía los noticieros para saber qué más pasaba en aquel país, y en ellos presentaban testimonios de cómo la gente que habitaba ahí, ya había dejado de estudiar, de atender sus trabajos, la comida se estaba volviendo escasa, inclusive había personas que dejaron de ver a sus familias. Este conflicto les había hecho cambiar radicalmente sus vidas.

 

Después de tantos meses, empezó a parecerme irreal que las personas no pudieran respetarse entre ellas y aceptar sus diferencias, así como dialogar para intentar llegar a una solución.

 

Años después, las imágenes de aquel conflicto seguían en mi mente y me prometí hacer algo para fomentar el diálogo entre las personas, y así prevenir conflictos que después pudieran traer grandes desgracias.

 

Cuando terminé mis estudios, me convertí en docente de secundaria y no había olvidado aquella promesa que me hice, así que comencé a investigar y encontré un concepto del que poco había escuchado, “cultura de paz”.

 

Al aprender sobre el tema, descubrí que, de acuerdo con Naciones Unidas (1998), la cultura de paz consiste en “una serie de valores, actitudes y comportamientos que rechazan la violencia y previenen los conflictos tratando de atacar sus causas para solucionar los problemas mediante el diálogo y la negociación entre las personas, los grupos y las naciones”.

 

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También aprendí que la cultura de paz se puede promover a través de fomentar la solución pacífica de los conflictos mediante el diálogo y la búsqueda de consensos, así como el respeto de todos los derechos humanos.

 

Todas y todos podemos contribuir en la construcción de la cultura de paz. Para ello es necesario mejorar nuestro diálogo, comprensión y colaboración con las y los demás. Recuerda: la paz no significa la ausencia de guerra ni de conflictos, sino la posibilidad que tenemos todas y todos de resolver los problemas que se nos presentan sin recurrir a la violencia.

 

 

Por último, si quieres conocer más de la Cultura de Paz, te invitamos inscribirte al curso Transformando Conflictos, en el que conocerás las herramientas que te ayudará a encontrar salidas no violentas ante los conflictos que vivimos día con día.

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Una buena profesión

Margarita Lignan Camarena

A Saúl le encanta dibujar, desde pequeño sus ojos se han llenado de color y de formas; cada cosa que mira, para él tiene infinitas posibilidades de transformación e interpretación, lo que ve, más que figuras son símbolos, tiene tanto por decir, por expresar, por proponer.

 

Para él las imágenes pueden transformar las emociones, si uno está triste, nada como el verde; en cambio ante la irritabilidad o la ansiedad, una gama de azules puede devolver la calma. Aún no sabe cómo emplear lo que sabe, lo que intuye, pero no se imagina haciendo otra cosa.

 

Sus papás no están tan de acuerdo, ni sus tíos, ni su padrino, todos le han dicho “¿y de qué vas a vivir?”, “nadie contrata dibujantes, eso es un pasatiempo”, “hay mucho diseñador desempleado, ¿qué no has visto a Chucho que mejor se puso a vender aguacates y apenas saca lo del día?”.

 

Saúl se siente inquieto, no se imagina haciendo otra cosa, a sus 17 años a veces piensa que es tonto, torpe, incapaz; pero también, ante tanta descalificación de lo que ama, se siente profundamente agredido, aunque el objetivo de su familia sea aconsejarlo. Pasa por su cabeza un listado de profesiones que va descartando: “¡Computación, estudia computación, redes, esas cosas que son lo de ahora!”, “Turismo también podría ser, ya ves tu primo que hasta se fue a vivir a Cancún para trabajar allá”, “Maestro como tu mamá, así te jubilas pronto y tienes tus prestaciones al menos”.

 

En su cuarto, escondido de su familia, saca lápices de color y acuarelas; sobre una página en blanco el caos de su mundo se va poniendo en orden. Él mismo se sorprende de la facilidad con que vuelan sus manos, como si le fuera natural, simplemente es algo que en él ya existe, que fluye y cobra vida. Pone música de fondo, acomoda su cuerpo, ahora en ángulo, ahora de pie, ahora inclinado. Cuando dibuja el mundo de lo imposible desaparece, cree en sí mismo y se llena de alegría.

 

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Andrea, la mamá de su amiga Maura le cae muy bien, Maura también dibuja y su mamá la motiva a tener confianza en sus propias decisiones, le ha pagado algunos cursos bastante económicos porque no tienen mucho dinero y la alentó a abrir una página con sus diseños que imprime en unas bolsas de tela que hace su abuelita. Su tío Jaime las apoya comprando el material y las impresiones, le pareció bonito que Maura haya incluido a su abuelita a ese pequeño negocio que, aunque hoy es sólo una prueba, hace que abuela y nieta cada mañana se sientan entusiasmadas y productivas.

 

— Es que no sé cómo voy a hacer para ganar dinero, por eso a lo mejor estudio computación, aunque no me guste.

 

— Mi querido Saúl, te voy a decir una cosa según mi propia experiencia, para trabajar y ganar dinero se necesita pasión, que te encante lo que haces, porque pasarás la mayor parte de tu tiempo haciéndolo. Yo estudié para secretaria porque me obligaron, en aquella época era una opción, pero siempre me gustó hacer pasteles, pedí un pequeño crédito y empecé vendiendo en cafeterías o para las fiestas de mis amigas, ganaba dinero muy ocasionalmente porque además no tenía tanto tiempo disponible, porque trabajaba en el despacho, pero me prometí no gastar un peso de los pasteles y ahorrar, fui mejorando y mejorando; un día dejé mis fotos a un salón de fiestas infantiles y poco a poco, cuando me di cuenta, ya los pasteles me estaban dando lo suficiente para decir adiós a mi trabajo y dedicarme de tiempo completo. Lo hice con mucho, con muchísimo miedo de fallar y no poder sostenerlo, pero me dije que prefería intentar salir adelante siendo feliz que resignarme a sobrellevar la vida estando triste todo el tiempo, porque eso si te digo, cuando a uno no le gusta su trabajo, se vuelve una carga pesadísima que no te deja avanzar más.

 

 

Así, mirando el techo, a Saúl le llegó una idea, quiere dar terapia de arte, mostrar a las personas lo que él ha encontrado en las formas y colores. Las palabras de Andrea le hicieron mucho sentido, ahora se siente fuerte, entusiasmado, seguro de que la pasión que hay en su corazón es una fuerza que le irá dando luz para encontrar el camino que lo llevará a salir adelante.

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El pasado, ¿quedó atrás?

Margarita Lignan Camarena

Parecería que tomar decisiones es muy fácil, todo mundo me da consejos al respecto; pero yo no sé qué pensar, sé que me critican, pero según yo, estoy haciendo lo mejor.

 

Me casé con Rubén hace mucho tiempo, como 10 años y tuvimos una hija, Esmeralda. La vida se volvió un problema porque Rubén es alcohólico, cuando lo conocí, no le di mucha importancia, sí veía que tomaba mucho, pero nunca pensé que eso fuera para tanto, hasta que comenzó a perder a cada rato los trabajos y me dejó con toda la carga económica; tuve que apoyarme con mi mamá para que me ayudara a cuidar a Esme mientras yo trabajaba. La niña ha crecido muy acostumbrada a su abuelita, quien desde chiquita la lleva y la trae de la escuela, la baña, le hace de comer y hasta le ayuda con las tareas, porque mi mamá fue maestra y le entiende a eso.

 

Poco a poco se la fui dejando, Esme siempre ha estado más cómoda con ella, yo la verdad, no soy de mucha paciencia y a los temas de la escuela ni les entiendo, y pensando en que la niña tuviera más estabilidad y se sintiera más cómoda, decidí dejarla con mi mamá entre semana y pasar por ella los fines para verla.

 

Mi mamá se la pasa peleando conmigo, dice que eso no debe ser así, que mi hija me necesita y que ella ya se siente muy cansada; pero mira, como lo veo yo, estoy muy presionada con trabajar todo el día, para qué voy a traer a la niña de aquí para allá corriendo, si puede estar más tranquila con su abuelita; además, a mi mamá le sirve de compañía, y yo por supuesto las proveo económicamente de todo a todo.

 

Hace unos meses conocí a Luis, él trabaja en la misma compañía que yo, pero en otro departamento, es un hombre cariñoso y responsable, también muy alegre y divertido; la verdad, es que estoy muy enamorada. Me propuso que nos fuéramos a vivir juntos, pero no sé cómo decírselo a mi mamá sin que me arme otro drama. Pienso que tengo derecho a rehacer mi vida con este hombre maravilloso, sólo que nos iríamos a vivir a otro Estado y no puedo llevarme a Esme porque en su plan nunca ha estado tener hijos; además, para qué desequilibro a la niña, si como te digo, ella ya está muy hecha a la vida con su abue; eso sí, vendría a verlas cada mes o cada mes y medio, y desde luego que seguiré enviándoles dinero.

 

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Quiero que estén contentas por mí, y aunque así lo dicen, no lo están; además como te decía, algunas de mis amigas me critican y hasta me han dejado de hablar, otras dicen que estoy en todo mi derecho de dejar el pasado atrás y construirme una nueva vida, que al fin Esme ya está grande y podrá entenderlo.

 

Yo quiero mucho a mi hija, pero mira, al final los hijos emprenden su propio vuelo y yo no quiero quedarme sola, me siento muy querida y apoyada con Luis y no acepto renunciar a eso. 

Mi mamá dice que si mi decisión fuera acertada yo no estaría dudando tanto, que me sentiría tranquila, y que ejercer mis derechos afectando a los demás y suponer lo que para otros es bueno, sin preguntarles, es una forma de violencia. ¿Tú qué opinas?

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Yo a tu edad

Margarita Lignan Camarena

Me contaron que la vida era una línea recta, que si yo cepillaba mis dientes, hacía la tarea y recogía mi cuarto, no tendría pesadillas. Me dijeron también que si sacaba buenas calificaciones sería exitoso y conseguiría un buen trabajo que me daría buen dinero. Escuché que si me mantenía en mi peso, si llevaba el cabello bien arreglado, si planchaba con vapor mis camisas y cepillaba mi saco antes de salir, tendría una buena imagen, lo que me permitiría conocer a alguien especial y adecuada para mí, con lo que conseguiría un matrimonio que me traería seguridad y con él llegarían los hijos, quienes traerían bajo el brazo una felicidad que duraría hasta el final de mis días.

 

Cuando comencé a andar el camino con mis propios pies, me sentí muy frustrado, tonto, torpe, porque nada me salía de acuerdo a lo planeado. En el trabajo decidieron darle la gerencia a un cuate recién llegado, recomendado por no sé quién que ni sabe hacer nada. Yo he estado cumpliendo cabalmente, proponiendo ideas, trabajando horas extra y nada, no fui considerado.

 

Luego pasó lo de Julieta, ya llevábamos dos años juntos, planeábamos casarnos, pero la verdad es que íbamos de pleito en pleito, discutiendo por todo, hasta por la comida, que ella quería ser vegana y a mí me encantan los tacos; ella adora las reuniones familiares y yo prefiero pasear solos; ella quería vivir cerca de sus padres y yo más bien lejos.

 

Afortunadamente nos dimos cuenta de que estábamos forzando las cosas y de que por mucho que nos quisiéramos, eso no iba a funcionar. Por supuesto me enseñaron que el amor lo puede todo; pero a mí no me pasó así, no me parecía que pudiéramos construir una buena vida sacrificándonos. La ruptura fue muy dolorosa y me costó muchísimo superarlo.

 

Mis papás me repiten una y otra vez eso de “yo a tu edad”, “yo a tu edad ya me había casado, yo a tu edad di el enganche de esta casa, yo a tu edad ya tenía hijos, yo a tu edad…” Te confieso que esas frases me han hecho sentir como un fracasado, como alguien que ha hecho todo de forma equivocada.

 

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Reflexionando, me di cuenta que mis padres tienen un discurso que no empata con sus vidas; no es tan cierto que a mi edad ya lo habían logrado todo y eran felices. Por ejemplo, mi mamá no habla con mi hermana menor porque desde que Nancy era niña, mi mamá quería que fuera enfermera y a mi hermana le asusta la sangre, Nancy quiso ser contadora y mi mamá no se lo perdona porque “rompió su ilusión”; yo recuerdo la relación entre mi hermana y mi mamá como un pleito constante. Por otro lado, es cierto que mi papá se hizo pronto de su casa, pero mi abuelo le prestó dinero para eso y como no se lo pagó, mi tío Pablo no le habla, los hermanos rompieron relaciones desde hace varios años.

 

Mi mamá sacaba muy buenas calificaciones en la escuela según nos cuenta; sin embargo, decidió no trabajar y dedicar su vida a cuidarnos, porque donde trabajó como secretaria le pagaban muy poco. Ellos llevan muchos años de casados, pero no es cierto que hemos sido su felicidad completa. Mi mamá se va largas temporadas a vivir con su hermana porque cuando mi papá se desespera porque no hay dinero suficiente se pone muy grosero.

 

 

Yo a mi edad, a mis treinta años, he aprendido a tropezarme y a caer sin romperme nada, a levantarme después, a ajustarme a los cambios de rumbo que la vida me pone enfrente. He decidido exigirme menos y disfrutar más. Adaptarme, porque ¿sabes? La vida no es una carretera en línea recta, sino sinuosa, con descensos, subidas y vueltas. Si yo me empeñara en seguir los pasos como dicen que debo hacerlo en vez de flexibilizarme, sólo me lastimaría una y otra vez. Yo a mi edad elijo viajar ligero, con ojos y corazón abiertos, dispuesto a descubrir y disfrutar o a superar y aprender, cuantas sorpresas me aguardan.

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¡Con el alma en un hilo!

Margarita Lignan Camarena

Mi hija Laura ya me tenía cansada, por más que le ponía límites y horarios para llegar, ella no respetaba; peor aún, ahora con la pandemia andaba sale y sale que, porque ya estaba harta, y yo me la pasaba con el nervio de que nos fuera a contagiar o se contagiara.

 

Además nunca levantaba su cuarto ni lavaba su ropa, y ahí tienes a la mamá, haciendo de todo por ella, porque eso sí, quería el vestidito planchado para salir y regresaba muerta de hambre porque en las fiestas no come “para que no crean que soy glotona”; así que yo le tenía que dejar un guisadito o algo sencillo que pudiera calentar en el micro sin hacer mucho ruido.

 

Como ya había probado de todo: gritarle, amenazarla con cambiar la chapa de la casa y dejarla afuera (cosa que nunca cumplí) y hasta darle un zape; lo único que me quedaba era el remedio de mi madre, es decir chantajearla con la frase aquella de: “¡Me tienes con el alma en un hilo!” y por supuesto, echarme todo el teatro.

 

Así que cuando Laura llegaba tarde, yo ya tenía preparado mi algodón con alcohol, el desmayo sobre el sillón y el baumanómetro al lado.

 

— ¿Qué te pasó?

 

— Ay hija, por fin apareces, me tenías “con el alma en un hilo” y se me bajó la presión.

 

La cuestión es que la presión se me subía y bajaba a cada rato (porque ella no paraba de desobedecer) y cuando no era la presión eran las palpitaciones o el dolor de cabeza. Todo el día Laura haciendo lo que le daba la gana y todo el día yo enfermándome, al principio, para hacerla sentir mal y tratar de controlarla; pero después, ya no podía yo diferenciar con claridad si mi malestar era real o no, porque tanto estrés de verdad que me estaba afectando.

 

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Entonces una amiga me contó lo que ella hacía con su hija y me pareció completamente sorprendente:

 

— No, no la chantajeo, la hago responsable.

 

— ¿Cómo es eso?

 

— No le lavo, no le plancho, no le cocino, pago los gastos de la casa, la comida y la escuela; pero si quiere salir, ella tiene que trabajar.

 

— ¿Y tu hija aceptó eso sin hacerte berrinches?, supongo que tuviste que echarte muchos pleitos con ella.

 

— Sólo lo hablamos desde que entró a la prepa, sin pleitos; un par de veces al principio me pidió dinero para salir y yo le recordé que tenemos un acuerdo, ella trabaja en la tienda de la esquina medio tiempo.

 

— ¿Y cómo haces para que llegue a la hora que le dijiste?

 

— Sólo una vez llegó tarde. No discutí con ella cuando llegó, al día siguiente hablé con ella y le pregunté por qué no había cumplido el acuerdo. Le expliqué sin gritos que su tardanza me causó mucha angustia, pero que decidí dormirme, confiando en que ella no volvería a saltarse las reglas pues sé que es lo suficientemente responsable como para no causarme daño con sus actitudes. Funcionó, se sintió muy apenada.

 

— Ay amiga, pues qué temple el tuyo, yo los atiendo del todo y no lo valoran, siempre me hacen enojar y pasar angustias. Vivo “con el alma en un hilo”, no sabes.

 

— Pues yo decidí no vivir así, sólo yo soy responsable de mi tranquilidad y para eso es que he hecho responsable a Valentina, para que ella pueda encargarse de su vida y yo de la mía, no hago por ella las cosas que le corresponden. Compartimos responsabilidades. Bueno, y cambiando de tema, ¿tú en qué andas?, ¿qué estás aprendiendo o en qué proyecto estás trabajando?, ¿qué planes tienes para ti?

 

La verdad no supe qué responder, porque no me veía a mí misma, me la pasaba tras de todo y todos; pero después de esa charla, he cambiado algunas cosas, probé con eso de “hacer responsables a los hijos” y ¿sabes qué?, he dejado de vivir “con el alma en un hilo”.

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¡Mami, ya me aburrí!

Margarita Lignan Camarena

Te quiero contar que esto de las clases en línea ha sido todo un reto para Santiago y para mí. Yo estaba tan acostumbrada a mi vida que la sentía casi perfecta, casi, porque la verdad es que tanta carrera y tanto tráfico no los disfrutaba. Me levantaba a las 6:30 am, ponía mí música, un regaderazo rápido, arreglarme, preparar el licuado del desayuno, corretear a Santiago para que se vistiera, ponerle algo en la lonchera y salir volados, él rumbo a sus clases y yo al trabajo.

 

Yo trabajaba muy a gusto, concentrada, con algunos problemas laborales por supuesto, pero mientras imaginaba a mi hijo contento en la escuela, disfrutando con sus compañeros y a cargo de su maestra. Por la tarde él tomaba sus clases extra de natación, karate e inglés, así que me daba tiempo de tomar mi clase de spinning en el gimnasio y pasar a recogerlo para volver juntos a casa y descansar.

 

Ahora por supuesto que todo cambió, como tú, estamos todo el día en casa, no hay clases extra y mi trabajo se ha triplicado, tanto el de la oficina, como el de la casa. Para colmo Santiago no cooperaba, berrinche tras berrinche para hacer las tareas; ahí me tienes buscándole actividades para entretenerlo, que si la plastilina, que si el rompecabezas, que si armar y desarmar su nave de mini bloques. Me la pasaba buscándole algo que pudiera hacer por sí mismo sin hacer mucho reguero, pero apenas llevaba media hora en eso y llegaba a mis oídos el grito más aterrador de todos: “¡Mami, ya me aburrí!”

 

Yo sentía que era el inicio del desastre, que si no lo mantenía ocupado todo el tiempo me enloquecería o podría descomponer algo, aventarse por una ventana, columpiarse de la lámpara o no sé qué tanto imaginaba yo.

 

Todo eran gritos, llantos, regaños y mucho, mucho estrés. Yo estaba acostumbrada a llegar del trabajo a una casa limpia y sin desorden, lo cual ahora, con nosotros dentro todo el tiempo, se convirtió en un mundo de cosas con vida propia; los trastes sucios se multiplicaron, lo mismo los pisos pegajosos y los cojines tirados.

 

Fue la mirada de Santiago lo que me hizo cambiar, justamente un día en que su maestra les explicaba por la pantalla cómo hacer una recta numérica; ella explicaba con el mayor detalle posible y Santi veía fijamente las láminas que ella compartía, hasta que apagó su cámara y se puso a llorar. “¡Yo no puedo mami, soy muy tonto, ya no quiero que la maestra esté allá porque no le entiendo!”. Me conmovió profundamente el esfuerzo de ambos.

 

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Le dije entonces que esto de las clases en línea está siendo muy difícil porque es un asunto de súper héroes, le expliqué que son la primera generación de niños que toma clases de este modo y que están desarrollando súper poderes para poder resistir hasta que vuelvan a la escuela a disfrutar con sus amigos. Santi me sonrió reconfortado.

 

Comprendí que el que yo haya perdido mi oficina, mi privacidad y el gym son asuntos menores ante la desesperación de los niños, sobre todo ellos naturalmente necesitan el contacto, el aire, brincar, correr, abrazar. Me relajé y dejé de preocuparme por el desorden de la casa, comencé a verla como un espacio creativo que se reconstruye a diario. Me di cuenta también de que saturando a Santi de actividades sólo lo estaba estresando más, que aburrirse está bien porque es él mismo quien tiene que buscar qué es lo que quiere hacer, que si se pasa la tarde viendo el techo o jugando con el celular después de la tarea, no es que no esté haciendo nada, está conteniéndose, está ayudando a su mente a encontrar salidas para no desesperarse.

 

 

Dejé de gritar, de exigirle tanto a él, a su maestra y a mí misma. Reconozco que estamos construyendo formas inéditas de vivir, explorándonos. Decidí que el mejor regalo que le puedo dar a mi hijo en estos momentos no es un alto grado de productividad, sino la calma. Aprendí que el trabajo, por más urgente que sea, no puede llevarme al infarto; así que lo dosifico porque también yo necesito contemplar el techo, mirar por la ventana y respirar, una y otra vez, mantenerme respirando, tranquilamente, hasta que todo esto se haya transformado.

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No estaba en mis planes

Margarita Lignan Camarena

Y pensar que una vez consideré: “si tan solo pudiera cambiar… ese detalle”.

 

Cuando conocí a Rubén me encantó su caballerosidad, además, me pareció tan simpático, ¿sabes?, tiene como una chispa especial para ver la vida, de todo inventaba un chiste y a mí, me sacaba una sonrisa.

 

Nos presentó una amiga de la oficina, me comentó que él recién se había separado y que la había pasado muy mal con su divorcio; mi amiga, que se llama Laura, me contó que la ex esposa de Rubén le caía mal porque era muy frívola, siempre andaba en desayunos con amigas, comprando cosas y sólo trabajaba a veces, en pequeños proyectos que de vez en cuando le llegaban, sin preocuparse demasiado por el dinero “al fin Rubén la mantenía”.

 

Conforme más lo iba conociendo no comprendía cómo ella pudo echar a perder una relación con un hombre tan maravilloso, pero eso sí, me sentí muy afortunada de habernos encontrado.

 

Por supuesto, le pregunté por su relación anterior, quería saber si aún había algo entre ellos de lo que yo debiera preocuparme. Él me dijo que ya no había nada, que se sentía liberado del mal carácter de su ex, pues ella nunca estaba conforme con nada y solo reclamaba y reclamaba.

 

Yo no soy como ella, pensé, yo trabajo, gano mi dinero, soy alegre, sociable; el pobre no tendrá que sufrir más, conmigo tendrá una relación “de verdad”; así que comenzamos a planear la boda, qué importaba que fuera divorciado si ya lo había superado.

 

A veces me enojaba que tuviera tanto trabajo y no pudiera pasar conmigo los fines de semana, me chocaba que se saliera a la calle para hablar por teléfono, pero pensé que tampoco tendría por qué ser perfecto, así era él con sus cosas “de trabajo”, muy quisquilloso.

 

Pasaron un par de meses de que comenzamos a planear la boda para que por fin me contara que sí había algo, más bien alguien que lo unía a su pasado. Ellos tienen un hijo.

 

Lo primero que sentí es que me arrebataron todos mis planes, así que me dije que sólo era un tropiezo en nuestra relación, que podría superarlo, pero no, no puedo, me es tan difícil aceptarlo; rezongué y rezongué, lloré, grité y supliqué al universo que no fuera cierto, me sentí tan violentada, tan profundamente herida. Me repetía una y otra vez que todo sería perfecto, que yo podría haber formado una hermosa familia con un hombre maravilloso si “tan solo”, él no tuviera un hijo.

 

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¿Sabes qué se me olvidó?… Olvidé, o no quise recordar, que todas las historias tienen dos versiones, que un matrimonio se construye y se destruye con dos personas, no hay víctimas ni victimarios, hay aciertos y desaciertos, responsabilidades y errores.

 

Entonces me escuché achacándole a un niño, que ni conocía, mi infelicidad, me escuché justificando a un hombre que decidió no asumir su responsabilidad e incluso, ocultar a su hijo como si fuera un problema o un error, ¿cómo un hombre así podría ser un buen padre para los míos?

 

 

Hace unos días alguien me contó que Laura, su ex mujer, puso una papelería con dinero que le prestó su papá, porque Rubén desapareció en busca de alguien que hiciera menos preguntas que yo, para “reescribir su historia”.

 

Tuve que cambiar todos mis planes, suspender la boda, regresar los regalos y las felicitaciones, lidiar con el dolor y la decepción, reestructurarme, sanarme; pero finalmente algo bello y cálido que habita dentro de mí, no sé si mi alma o mi intuición me llevó a ver y a aceptar que la dicha verdadera nunca puede construirse en la obscuridad.

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Igualito a tu padre

Margarita Lignan Camarena

Me miro en el espejo atentamente y no sé lo que veo, porque no conozco al hombre a quien dicen que me parezco. Cuando mi padre desapareció, mi madre trató de borrar toda la evidencia de su paso por la familia; sólo quedaron algunas fotos perdidas en cajones, tan planas como mis recuerdos… Sí, ahí estaba él, parado junto a mí, muy serios los dos frente a una resbaladilla en algún jardín; yo habré tenido unos dos años.

 

Recuerdo lo que me dicen de él, me lo sé como una historia leída muchas veces; pero no como algo guardado en la experiencia, no tengo memoria de mis sentimientos en esas fotos, del clima, de los aromas, de los sonidos.

 

Hoy que tengo 35, reconozco en la imagen de ese hombre una nariz bastante similar a la mía, el cabello… no lo sé, yo ya casi no tengo y se ve que él si tenía; no nos parecemos tanto en los labios exactamente, sino el gesto de la boca, en la mueca como de media sonrisa.

 

Fui un niño muy travieso, bueno, más bien diría “rebeldón” ja ja ja. Nunca me gustó la escuela, la forma en que daban las clases me parecía aburrida, yo soy más de experimentar en carne propia que de sentarme a memorizar y a escribir respuestas precisas; pero algunas maestras consideraron que yo no aprendería nunca, que sería inútil para valerme por mí mismo y que incluso podría acabar en delincuente por no resignarme a seguir instrucciones, ¡vaya cosas que se les ocurrían!

 

Mi mamá se llenaba de miedo y, hay que decirlo claramente, de rabia, ante tantos reclamos escolares que la hacían sentir calificada como una “mala madre”. – ¡Es que eres un irresponsable, igualito a tu padre, pues de qué otro modo ibas a salir!

 

Cuando tenía unos 10 años la pereza por bañarme se apoderó de mí de tal manera que se hizo extensiva, tampoco me cepillaba los dientes ni levantaba mi cuarto; pero eso sí, me volví muy ingenioso (según yo) para evadir todos mis deberes. Me mojaba sólo la cabeza y me rociaba de aromatizante para aparentar que me había bañado y si mi mamá tocaba a la puerta, rápidamente echaba todo mi reguero debajo de la cama según yo para desaparecerlo; pero ella ya se la sabía. –– ¡Eres un mentiroso igual que tu padre!, ¡nunca nadie va a confiar en ti!

 

Por supuesto que al llegar la adolescencia las cosas se pusieron aún más rudas, tuve algunas novias, todas a escondidas porque ya estaba harto de las opiniones de mi mamá, pero desde luego que también se dio cuenta. – ¡Vas de chica en chica, nomás haciéndoles perder su tiempo!, ¡segurito que nomás las dejas vestidas y alborotadas!… ¡Igualito a tu padre caray!

 

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Por las frases, sé que lo que más le dolió a mi madre fue la infidelidad, que él no le diera el reconocimiento que siempre esperó; eran tanta su rabia y su dolor, que nunca alcanzó a ver que yo también lo había perdido, que a mí también me había dejado y que yo, “tan parecido a él”, nunca podría darle todo lo que le estaba faltando.

 

No sé quién es ese hombre al que supuestamente me parezco, a veces, cuando cometo errores, no sé si son suyos o míos, y cuando acierto, dudo que haya sido por mis propios méritos.

 

Hoy tengo un pequeño hijo, tiene 5 años, reconozco en él la sonrisa de su madre y a veces intento verme en él, casi con miedo, te lo he de confesar. Miranda, mi esposa, dijo un día muy contenta en una reunión – Frunce el entrecejo igualito a su papá – Yo sonreí, orgulloso como pavorreal, pero cariñosamente me atreví a corregirla. –No lo creo, su forma de fruncir el ceño es única y ¡me encanta como lo hace, es genial!

 

 

Supongo que hay hijos orgullosos de parecerse a su papá y yo desde luego quiero que mi hijo sea de esos. No sé si yo realmente me parezco al mío, lo que sí sé es que gracias a su ausencia he trabajado mucho en mí mismo para ser un buen papá.

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La calesa

Margarita Lignan Camarena

Acá en Yucatán dicen que estamos en un semáforo naranja que parece verde, veo que poco a poco la gente vuelve a sus actividades, a tomar su agua de chaya en el parque, a visitar a los compadres; claro con tapabocas y gel anti bacterial en mano; pero también noto que hay mucha gente enojada por todos lados, eso sí, es de entenderse, porque se han perdido empleos, negocios y peor aún, vidas.

 

He estado vuelta y vuelta en mi cabeza preguntándome ¿cómo volver?, al leer las noticias, parece que los gobiernos del mundo tampoco saben cómo; quizá esta vez no hay instructivos, ni siquiera un chamán que nos dirija, nadie que haya dado en el blanco y pueda bien confiado decirnos como hacerlo; así que cada uno va haciendo lo que se le ocurre. Para mí es muy claro que es tiempo de hacerlo diferente, de inventarnos un nuevo camino entre todos.

 

Con la cuarentena he extrañado mucho a mi gente, a mi familia, a mis amigos y por supuesto a mi chichí…Bueno, nos hemos reunido virtualmente, pero ¿sabes?, la energía no es la misma; tomamos fotos a la pantalla y nos vemos agüitados, aunque he de confesarte que me encanta observar por las pequeñas ventanitas de las cámaras encendidas un pedacito del mundo de cada uno: su hamaca en el fondo, una campanilla azul crecida, el jarrito con agua y hasta la guitarra recargada; aunque claro, también hay quien mantiene su cámara apagada y yo de primer momento siento que me cierran la puerta, pero también comprendo que hay que respetar.

 

He salido muy poco, a la compra, a la farmacia, a simplemente caminar y respirar otro aire, pero donde quiera hay accidentes viales, impaciencia para guardar la sana distancia, personas que no usan tapabocas, gente malhumorada.

 

Tras tanto encierro, quiero que mi nueva normalidad sea mucho más cálida, más amable y segura; así que inventé un proyecto que espero que contagie a mucha gente, se llama “La calesa”, en honor a esos hermosos coches en que a todos nos gusta pasear; la idea es que todos nos sintamos motivados a participar, como en día de fiesta, porque la verdad es que en comunidad hacemos mucho más, por ejemplo, yo me siento mucho más motivada para hacer ejercicio cuando estoy en grupo que ahora que he tenido que hacerlo sola en casa.

 

La calesa” es un club de lectura, por ahora nos reunimos virtualmente, pero espero pronto hacerlo en un lindo café al aire libre o compartiendo nuestras casas, hay muchas bellas historias escritas por grandes autores que me han motivado a crecer; a conocer otras costumbres y a pensar diferente, por eso quise compartirlas y descubrir otras nuevas.

 

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Otra buena idea que me vino a la mente es que la contraparte de la agresividad es la generosidad, así que en “La calesa” además de leer, participamos en algún proyecto altruista, cada quien da una idea de un lugar en el que podamos colaborar, sobre todo con acciones, porque la verdad dinero no tenemos mucho, pero sí te puedo decir que lo poco que hemos hecho ha sido muy enriquecedor, conseguimos por ejemplo en donación unas máquinas de coser viejitas pero servibles y se las llevamos a las personas mayores del asilo, ellos están haciendo tapabocas y bolsas para el mandado; así van teniendo un poco de recursos y se motivan cada mañana a levantarse sintiéndose productivos; además quiero contarte que dos jóvenes de “La calesa” les hicieron una página web y les ayudan a venderlos.

 

La generosidad es un lindo regalo no sólo para quien recibe, sino también para el que aprende a dar sin ser retribuido, por el puro gusto pues, eso va transformando el enojo con los otros en empatía y paciencia, además nos baja la ansiedad porque implica dejar un poco nuestras aceleradas vidas y tener tiempo para otros.

El lema de “La calesa” es “Leer, creer, crear”, pues la lectura que nos ha reunido como amigos, también nos está llevando a la acción social.

 

Estamos tan contentos que esperamos contagiar a mucha gente que se reúnan con cualquier motivo, virtual o presencialmente, para hacer de esta “nueva normalidad” un espacio mucho más amable, menos acelerado, libre de violencia, respetuoso de las distintas formas en que habremos de volver, pero sobre todo, muy pero muy disfrutable.

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Cultura de Paz, Historias Cotidianas

Como el rebozo mexicano

Margarita Lignan Camarena

Presuntuosos en las fiestas caminan los rebozos, unos de lana, otros de seda, de hilo o de algodón. Algunos acunan a los niños, otros protegen del frío a los mayores; saben acurrucar el llanto y también danzar con la alegría; otros simplemente se lucen y seducen. Todos se enorgullecen de ser mexicanos.

 

Hay muchas formas de hacer un rebozo, pero mi abuela me enseñó que para que nazcan, lo primero es devanar los hilos, hacer que la fibra, es decir, su esencia, ceda; hay que domarla y ponerla en el carrete, “igual que los niños mijita, cada uno trae lo suyo, pero o se ajustan o se ajustan, si no, no agarran buena forma”.

 

Los hilos pueden alcanzar muchos tonos y colores dependiendo del teñido, ya sea que hayan sido hervidos entre flores y hierbas o con tinturas de otros lados, si vienen libres o anudados, si son porosos o rígidos, metálicos o suaves. Igual que las personas, todos son distintos, pero inevitablemente se reúnen en el urdido, donde si quieren ser rebozo, habrán de ser de un largo igual y luego acomodarse muy juntitos en el rastrillo.

 

El tejedor o tejedora se vuelve uno con el telar, se sientan juntos por horas formando entramados; de pronto, algún hilo se anuda o se rebela y hay que ajustarlo, porque ese uno que no jala parejo, puede arruinar el rebozo.

 

En el telar comparten mañanas de café y tardes de lluvia, escuchan chistes colorados y lamentos de los tejedores, los hilos se ajustan a la tensión que marca el mecapal, según se compartan historias de corazones rotos, confesiones o juramentos, los bastones separan las diferencias que la espada va uniformando.

 

Cada vez son menos una variedad de hilos y son más rebozo, sólo les falta el enjutado, las últimas puntas son amarradas formando trenzas, flores, calados, grecas que simulan olas o pequeños rombos parecidos a diamantes.

 

El rebozo está listo para abrazar nuestras diferencias, aunque nosotros a veces seamos hilos que no queremos juntarnos, porque según lo vemos, no es lo mismo algodón que seda, ni blanco perla que verde limón.

 

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Nos decimos que hay de mexicanos a mexicanos, los inteligentes y los no tanto, los blancos, los morenos y los apiñonados; los del Sur y los del Norte que no son los mismos, como tampoco lo son los de la ciudad y los de rancho; todos con valores distintos, a veces nos parece que no hay forma de crecer unidos.

 

Marcamos enfáticamente nuestras diferencias, las asimilamos como algo malo, como irreconciliables, incluso como un estorbo, que lejos de hacernos brillar, nos termina opacando.

 

México es uno de los países más desiguales de América Latina, este es un fenómeno complejo que se alimenta con la discriminación étnica, de género y de lugar de residencia, entre otros. Se manifiesta en condiciones, niveles y esperanzas de vida fuertemente diferenciados entre personas y comunidades que experimentan dolorosas distancias en sus condiciones laborales, educativas y de acceso a la vivienda o a la salud.

Ojalá pudiéramos ser más como el rebozo mexicano, desde luego lucirnos en las fiestas patrias, pero también aprender a abrazar, a abrigar y a proteger; pero sobre todo, reconocer que nuestra belleza y nuestra fortaleza están en el tejido, en el entramado de diferencias que somos, y que aunque podemos ser hilos de mucha calidad… No es lo mismo hilo que rebozo,

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