Historias Cotidianas, Prevención

Algo que nos alegre

Margarita Lignan Camarena

“Cuando la vida se pone difícil nada como una refrescante cervecita o dos… o las que hagan falta pues, ya entrados en gastos… tampoco es que nos vamos a hacer del rogar.”

Esa es la típica frase de mi papá que nos acarreó tanta infelicidad, porque lo que a él lo relajaba, a nosotros nos estresaba; a medida que él se iba poniendo más “alegre”, yo me asustaba, pues las bromas iban subiendo de tono volviéndose ironías, hasta que bastaba una sola palabra mal colocada para que se produjera un tsunami, que muchas veces acabó, he de confesarlo, en golpes que hubo que resolver incluso, en el ministerio público.

Mi hermano Pepe por su lado, no para con el cigarro, tanto si la vida va bien como si va mal; si está celebrando o si está tratando de quitarse el estrés, él necesita fumar, a toda hora, aún sin haber desayunado, y eso ha repercutido en el detrimento de su salud en muchos sentidos, pero Pepe dice que “de algo nos hemos de morir” y que “el cigarrito es su placer y su compañía”.

Mi mamá, desde que falleció mi papá, ha estado muy deprimida, dice que él no tenía edad para morir, que les faltaba mucho camino por recorrer juntos y que además dejó deudas y pendientes económicos que nunca quiso arreglar, los cuales ahora son nuestra única herencia; así que mi madre vive deprimida, tomando pastillas para dormir y para despertar, para no sentir ni sentirse, para en lo menos posible darse cuenta de la vida que transcurre.

Yo he vivido con obesidad que se volvió mórbida, y por supuesto que no es un problema de antojos ni de malos hábitos, se trata de un asunto de desolación, de miedo, de incertidumbre, de sentir incomodidad con quien yo soy y desear huir de mí en todo momento; así que como todos en mi familia, cuando no me soporto o no puedo con las situaciones cotidianas de la vida, busco algo que me alegre, que me la haga más llevadera, algo que sepa a apapacho y compañía, algo azucarado que se parezca a la alegría o una explosión de sabores que se parezca a la aventura o si es posible… al amor.

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Poco a poco me he dado cuenta de que no siempre son situaciones tan difíciles las que enfrento, a veces es simplemente algo que salió mal, como puede pasarle a cualquiera; pero me juzgo tan duramente, que acabo no soportándolo. Frecuentemente un simple error lo convierto en tragedia, una tarde de aburrimiento en drama que me lleva a aquellas frases que escuché en mi infancia “no vales nada, nadie te querrá nunca, eres torpe”; imagina entonces cuando los conflictos son mayores, por supuesto que no puedo con ellos, entonces paso de la mermelada al tequila, al helado, al pan y a los cacahuates casi sin sentirlo, simplemente buscando “algo que me alegre”, que me permita permanecer en mí como en un sitio habitable.

He trabajado mucho en eso, tanto en terapia individual como en grupo, en reaprender a vivir la vida con todos sus matices, con todos sus sinsabores, sin necesidad de violentarme contra mí usando ninguna de las drogas permitidas ya sea alcohol, cigarro o exceso de comida.

En la infancia no tenía los elementos para autoprotegerme de la inestabilidad emocional a la que me llevaba el alcoholismo de mi padre, sólo quería borrar de mis ojos las escenas dolorosas auto complaciéndome con comida, así como mi hermano, siendo adolescente, lo hizo con el cigarro; quizá para sentirse más adulto y no aceptarse como una víctima.

Hoy sé que ya no necesito huir, ni de mí, ni de las situaciones por difíciles que sean, puedo enfrentar tanto la cotidianidad como las adversidades, desarrollando herramientas emocionales fuertes y positivas; ya no necesito en todo momento buscar algo que me alegre o me relaje, puedo sentir la vida como venga, sin evadirla, con sus distintas y maravillosas tonalidades.

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Insistir después de un no, es acoso

En medio de la nueva normalidad, inicié el quinto semestre del bachillerato. Se rumora que en algunas semanas más podremos volver a las aulas, aunque no me siento del todo segura para hacerlo, pero bueno…

 

Las clases virtuales y las dinámicas en plataformas digitales se volvieron de lo más común, y cada tarea o proyecto, se tenía que realizar a través de estos medios.

 

En un principio, para mi fue algo muy entretenido y divertido, pues desde pequeña le tomé gusto a navegar por internet y me gusta involucrarme en el mundo de los gadgets. Hasta que una situación con un compañero me hizo sentir incómoda con este tipo de dinámicas…

 

Aarón, un compañero de clases con el que casi no había tenido comunicación, tomó como pretexto una tarea que debíamos realizar juntos para decirme que “le gustaba mucho”. La verdad no supe cómo responder, así que dejé que el comentario pasara desapercibido.

 

Al paso de unos minutos, Aarón me preguntó que, qué había pensado sobre el comentario que me hizo. A lo que le respondí que no estaba interesada en sostener una conversación personal, y que por favor nos enfocáramos sólo en el tema académico.

 

Al parecer mi respuesta no le quedó del todo clara a mi compañero, pues después de esto, él siguió insistiendo y empezó a decirme frases como:

 

“Estás muy guapa”, “hay que salir ¿o te pegan?”, “se ve que eres bien buena onda, me gustaría conocer un poco más”.

 

Además de estas frases -que me incomodaron bastante-, Aarón empezó a hacerme sentir insegura porque comenzó a comentar casi todas las fotos públicas de mis redes sociales, haciendo el mismo tipo de comentarios.

 

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No soporté más esta situación,  así que decidí hablar con la maestra sobre lo que ocurría con Aarón. Ella tomó la decisión de cambiarme de equipo y me comentó que hablaría con mi compañero sobre el tipo de acciones que estaba realizando, pues se trataba de acoso. Después de eso, Aarón dejó de insistir y creo que comprendió que sus acciones no significaban un halago para mi.

 

 

El ciberacoso es una práctica que pueden sufrir tanto mujeres como hombres, y se ejerce -principalmente- en las redes sociales. Si eres víctima de este tipo de violencia, ¡no guardes silencio! Puedes solicitar ayuda a la Policía Cibernética de la Comisión Nacional de Seguridad, a través del teléfono 088, y no olvides platicarlo con alguien de tu confianza.

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Prevención del acoso escolar cibernético

Héctor se dio cuenta –hace algunas semanas– que algo raro estaba sucediendo con su hijo, Carlos, pues su estado de ánimo y sus actitudes comenzaron a cambiar radicalmente.

 

Por un momento, Héctor creyó que el comportamiento de su hijo era algo normal, pues tiene 12 años y en esta etapa de su vida seguramente está pasando por situaciones en las que, en un momento quiere hacer algo, y a los dos días ya no le apasiona tanto. Sin embargo, Carlos se comportaba cada vez más extraño, y eso lo llevó a ir más allá para conocer qué pasaba.

 

— Hola hijo, ¿qué haces?

 

— Nada, papá. Tengo sueño y quiero estar solo

 

— ¿Pasa algo, Carlos? Desde hace semanas te veo diferente. Has dejado de ser el chico alegre que solía reir a cada rato, y ahora solo te la pasas encerrado en tu cuarto, después de tomar tus clases en línea. Tú y yo siempre hemos platicado, y no quiero que esa confianza se pierda

 

Después de unos segundos, Carlos rompió en llanto…

 

— Cámbiame de escuela papá, ya no me gusta tomar esas clases

 

— ¿Qué pasó, hijo? ¿Están muy difíciles o preferirías que ya fueran en la escuela?

 

— No, Pa’, no es eso. Es que luego de que mamá falleciera, varios de mis compañeros se la han pasado molestándome y diciendo cosas sobre ella en las redes sociales. Dicen que por qué a nosotros no nos pasó como a ella, si también nos contagiamos de Covid. Pero también dicen que somos un peligro para el resto de las personas

 

— ¡Qué mal está eso! A mi también me duele mucho la pérdida de tu mamá, pero nadie tiene derecho a hacer ese tipo de comentarios sobre la situación por la que pasamos. No te preocupes, hijo, buscaré una reunión para hablar con tu maestra y ponerla al tanto de lo que está pasando…, para buscar que esto no siga ocurriendo ni se lo hagan a alguien más. Gracias por contarme, juntos podemos buscar soluciones a los problemas…

 

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En el actual contexto, derivado de la pandemia por Covid 19, el acoso escolar cibernético es un problema que se ha vuelto cada vez más frecuente, y que puede constituir un factor de riesgo que impacte negativamente en la salud mental de las y los alumnos; así como afectar su rendimiento escolar.

 

Revisa los siguientes puntos, te serán muy útiles si sospechas que tu hija o hijo sufre acoso escolar cibernético:

 

• Observa si presentan algún tipo de angustia antes, cuando navegan por Internet o después de utilizarlo

 

• Fíjate si está procurando ocultar sus acciones en las plataformas digitales

 

• Identifica si trata de mantenerse lejos de sus familiares y amistades o si opone a participar en las clases y reuniones grupales en línea

 

• Presta atención por si comienza a presentar cambios de humor, de comportamiento, de hábitos del sueño o de apetito

Si identificas que tu hija o hijo está siendo víctima del acoso cibernético, platíquenlo y notifiquen a las autoridades escolares.

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Como adulta mayor, opino y decido

Desde que falleció mi esposo, mi hijo Ignacio y su familia se mudaron a vivir conmigo, pues dicen que ya estoy grande y no puedo vivir sola. Superar la pérdida de la persona con quien había pasado más de 40 años no fue fácil, pero poco a poco asimilé este proceso y seguí adelante con mi vida.

 

Yo estaba muy agradecida con Ignacio, mis nietos y mi nuera por la consideración que estaban teniendo conmigo en esta etapa de mi vida. Los primeros meses me sentía acompañada, cada vez que recordaba a Joel –mi esposo-, y me sentía triste, ellos estaban ahí para platicar conmigo y tranquilizarme en estos momentos de crisis.

 

Con el paso del tiempo, las cosas comenzaron a cambiar. Cada que necesitaba ayuda con algo, tardaban mucho tiempo en hacerme caso, y en ocasiones nadie me ayudaba.

 

Cuando mis nietos -Salvador y Sebastián- cumplieron 17 años, Ignacio me pidió que les dejara a ellos mi habitación, pues como eran adolescentes ambos necesitaban más espacio, y como yo ya estaba grande, podría quedarme en la sala.

 

Poco a poco empecé a sentirme desplazada de mi propio hogar, en ocasiones llegaba a pensar que Ignacio y su familia me veían solo como un objeto más de la casa, al cual no tomaban en cuenta para nada. Incluso, había ocasiones en que no me obedecían o ya ni siquiera platicaban conmigo ni me consultaban nada de lo que se hacía en mi casa.

 

A mis 72 años sigo teniendo el derecho a ser respetada y que me tomen en cuenta en las decisiones que se toman, y más aún si se trata de mi propia casa. Así, aunque son mi familia y los quiero mucho, si es necesario, tendré que asesorarme para recuperar mi espacio y sentirme plena en mi vejez. No estoy desvalida, y como ven, tampoco necesito sentirme como una extraña en mi propia casa.

 

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La violencia contra las y los adultos mayores puede ser ejercida por familiares, vecinos o desconocidos, y puede manifestarse a través maltrato físico, maltrato psicológico, abandono, omitir sus cuidados, ignorarlos y hasta explotarlos financieramente.

 

Si conoces algún caso como el de Elvira, el Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores (INAPAM), ofrece Asesoría Jurídica a personas adultas mayores que hayan sufrido violencia, abuso, maltrato o, simplemente, si requieren ayuda en cualquier asunto legal.

 

Otra opción a la que puedes recurrir es al Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF), que a través de los Centros Gerontológicos que opera, brinda atención integral como atención médica, psicológica, social y rehabilitación de alta calidad a personas adultas mayores.

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Aunque no te pueda ver

Margarita Lignan Camarena

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Se habla mucho del vínculo entre padres e hijos, del lazo indestructible que se crea a pesar del tiempo y la distancia, incluso de la misma vida; sin embargo, entre los hermanos suele existir una unión de camaradería y complicidad que los hará fuertes a lo largo de la vida, los hermanos o hermanas representan un puerto seguro a donde acudir, libre del compromiso que se tiene con los padres; cuando éstos se separan, los hermanos siguen siendo familia y necesitan crecer juntos, cercanos, para apoyarse y respaldarse. Los padres no deben convertir a sus hijos en rivales sino en aliados, para que en caso de que falten, los hermanos se tengan siempre uno al otro.

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Cuando tengas hijos

Margarita Lignan Camarena

¿Qué es para ti la maternidad? Para mí ha sido muchas cosas: una ilusión, alegría, pero también enojo y a veces desesperación. Con mis hijos he tenido la oportunidad de volver a experimentar la vida con ojos nuevos, reaprendí la importancia de dormir, volví a gatear, a descubrir los sabores y los colores, a jugar, a crear mundos de plastilina y de palitos, a lavarme bien los dientes, las tablas de multiplicar y después álgebra, cuando mis hijos se hicieron adolescentes aprendí mucho de paciencia, también de límites; me volví a ver a mí misma dudando acerca de quién era, me recordé a esa edad poniéndome ropa muy distinta cada día, que casi eran disfraces, quería experimentarme, descubrirme.

 

Luego, cuando mis hijos se convirtieron en jóvenes adultos, aprendí lo importante de volver a mirarme, de atenderme, de dar importancia a mi cuerpo, a mis amigos y a mis intereses para dejarlos volar sin tanto drama, sin chantajes, amorosamente, como hemos hecho todo este recorrido.

 

Recuerdo que cuando de niña hacía alguna travesura me decía mi madre “ya tendrás hijos y van a salir igualitos que tú, entonces sí vas a ver…”, y sí, se me parecen en algunas cosas, en otras a su padre, en otras a sus abuelos, porque todos tenemos lazos familiares que nos unen a identifican, nos gusta parecernos, pertenecer.

 

También escuché a mis tías decirme “espérate a que se hagan adolescentes, lo que vas a sufrir”. He de confesarte que algunos días fueron difíciles, peleamos muchas veces, incluso tuve que aprender a manejar sus ocasionales faltas de respeto, aceptar que no siempre me obedecerían, que seguirían su propio camino, aunque se equivocaran; también tuve que gobernar mis propias expectativas frente a ellos y hablar de mis sentimientos para que comprendieran cuando su conducta me lastimaba.

 

Por supuesto una de las más terroríficas frases que he escuchado es la de “al final se irán y te quedarás sola, tendrás que chantajearlos para que vengan a verte”; eso tampoco ha pasado, porque creamos una relación lo suficientemente cálida y sola, siempre nos reunimos voluntariamente y con mucho gusto. Estar conmigo misma no es estar sola, no soy alguien que esté sentada todo el día esperando a que me llamen o vengan, me ocupo de mí, hago cosas que me gustan y que me debía hace mucho tiempo.

 

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Me enseñaron que la maternidad es sacrificio, drama, dolor, sufrimiento, ingratitud, ah… y heroísmo, porque las madres están siempre para todos a pesar hasta de sí mismas.

 

También me enseñaron que las madres siempre saben, siempre aciertan, intuyen, adivinan y sobre todo, tienen la razón. Curiosamente me enseñaron que aunque la maternidad implicara tanto sufrimiento y sacrificio sería lo único que daría significado a mi vida.

 

Yo lo he vivido diferente, quise hacerlo así. Decidí que viviría una maternidad con menos drama, decidí no heredar esa frase amenazadora de “ya verás cuando tengas hijos”. Me atreví a ser una mamá que duda, muchas veces se equivoca y otras tantas no tiene ni idea de qué hacer. Quise dar a mis hijos libertad para elegir y equivocarse. Aceptar que hay cosas que simplemente no me gusta hacer, como cocinar y no “sacrificarme” sino buscar alternativas. 

Me parece muy importante resignificar la maternidad, preguntarnos lo que en realidad es para cada una de nosotras, no conformarnos con una historia de drama y sacrificio que nos exige demasiado. La maternidad para mí no ha sido una garantía de aciertos; ni un destino, sino una libre elección y una enriquecedora experiencia.

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Es que ahorita no tengo

Margarita Lignan Camarena

Magda ha decidido vender sándwiches y ensaladas a domicilio, entre ella y su hijo Ricardo los preparan y él sale a vender por las mañanas, mientras su madre hace correcciones de estilo para una editorial que paga poco, pero le da trabajo constantemente, lo cual la tranquiliza.

 

Este mes ya sacó lo de la renta y los servicios, y aunque la compra del súper fue mínima, porque cada vez está todo más caro, considera que la próxima quincena podrá abastecerse un poco más, pues ya logró vender cinco pares de zapatos del catálogo, sólo es cosa de organizarse con Ricardo para ir por ellos.

 

El papá de Ricardo, Elías, perdió el trabajo otra vez, él dice que tiene muy mala suerte y que, por supuesto, le gustaría que las cosas fueran distintas, pero “qué se le va a hacer”.

 

Hace tiempo Magda y Elías se separaron y él “contribuye cuando puede” porque entre “la cosa está difícil” y “ahorita no tengo”, su hijo se convirtió en un adolescente que sabe que en realidad sólo cuenta con su mamá, lo que no le gusta mucho; él quisiera tener un papá que presumir con sus amigos, uno que lo hiciera sentir seguro y respaldado, quisiera aprender de él a ganarse la vida, que le diera consejos; pero Elías, aunque le llama, rara vez viene a visitarlo, entre el partido de fut e “ir con los cuates para ver qué sale”, casi no le da tiempo.

 

Magda se ha cansado de pelear con Elías, intentó demandarlo, pero ¿cómo obligar a un padre a que trabaje y se haga responsable?, si él siempre argumenta que busca y busca, pero no encuentra nada y cuando lo encuentra, dura poco. Eso sí, decidió que no le iba nunca a prohibir ver a su hijo, porque todo hijo necesita estar en contacto con su padre.

 

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Cuando estaban casados, ella se cansó de darle sugerencias: “si le pides al compadre que te preste el taxi”, “si hablas con Don Chucho a ver si te da trabajo en la tienda”, “si me ayudas a vender zapatos”; hasta que se dio cuenta de que no era un problema de falta de ideas, sino de falta de voluntad y sobre todo de responsabilidad, cuando una amiga le dijo:

 

— Oye Magda, ¿y tú cómo haces para tener trabajo siempre, quién te lo da?

 

— No, pues nadie amiga; ya ves que yo le busco por todos lados, si no hago una cosa, hago la otra y si no, me invento a ver qué vendo.

 

— ¿Sabes?, lo que hace Elías es violencia económica, porque te ha dejado sola con toda la carga del muchacho y de la casa con el pretexto de su mala suerte.

 

— Te juro que no sé qué más hacer. Lo que más me duele es la vergüenza que siente Ricardo, todo lo que quisiera de su padre y nunca va a tener. Me siento culpable de haberlo elegido.

 

— No, bueno, nada más eso faltaba, ¿cómo va a ser tu culpa si no tenías una bola de cristal para vislumbrar el futuro? Has sido y eres una madre maravillosa.

 

— Muchas gracias amiga, pero sé que yo no soy padre y madre como dicen, eso es una tontería, soy una madre proveedora, pero sólo madre y no puedo cubrirle a Ricardo la ausencia de Elías.

 

— Claro que no puedes, pero estás dándole un maravilloso ejemplo de cómo salir adelante cuando la vida no es perfecta, cuando no es lo que esperábamos y que siempre, siempre, son el corazón y el entusiasmo los que nos llevan a salir adelante, y sobre todo le estás enseñando que con responsabilidad se combate la “mala suerte”.

 

Cada mañana, cuando preparan las viandas para vender y Magda despide a su hijo, se siente confiada en que aunque Elías no esté, ella le está enseñando a Ricardo a ser un hombre responsable y un buen proveedor.

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¿Cómo afecta la masculinidad hegemónica a los hombres?

Desde pequeño crecí escuchando frases como: “en mi casa yo soy el que manda y da las órdenes”; “yo no lavo, no plancho ni cocino; eso lo hace mi mujer”; hasta afirmaciones como “un hombre no tiene que darle explicaciones a nadie de lo que hace” o, “yo no lloro. Llorar es de mujeres”. Desde luego que todas estas expresiones para mí eran algo muy normal y se debían efectuar sin excusa alguna.

 

Ver cómo mi abuelo y mi padre ejercían una masculinidad hegemónica, hizo que yo pensara y actuara de la misma forma que ellos cuando formé mi propia familia.

 

Cuando yo tenía 27 años, me casé con Rocío. Ambos trabajábamos y solventábamos sin problemas los gastos de la casa. Después de cada jornada, al llegar al departamento, mi esposa realizaba sola las tareas del hogar, pues mi trabajo era mucho más pesado y estresante, y terminaba sin ánimo de hacer nada. Además, como decían mi padre y mi abuelo: “eso lo hace mi mujer”.

 

Cuando nació mi hija Nayeli, Rocío dejó de trabajar para cuidar de tiempo completo a nuestra pequeña. Yo seguí con mi empleo, pero cuando llegaba a casa, el llanto de Nayeli me desesperaba bastante, así que prefería irme a jugar dominó con mis cuates.

 

Mi esposa empezó a cuestionarme que por qué no le ayudaba por las tardes a cuidar a nuestra hija, y que qué tanto hacía con mi amigos, e incluso me llegó a decir que ellos parecían más mi familia. La verdad estuve a punto de contestarle, pero recordé lo que mi abuelo y mi padre siempre decían: “un hombre no tiene que darle explicaciones a nadie de lo que hace”. Así que mejor me di la vuelta.

 

Durante varios años, continué con este tipo de expresiones y comportamientos, pese a que yo notaba como Rocío se llevaba toda la carga del cuidado de Nayeli, y las tareas del hogar, prefería mantener mis “privilegios” y dejar las cosas igual.

 

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Nayeli creció, y llegó a la etapa de la adolescencia, ella también empezó a notar como yo no las apoyaba, ni a ella ni a su mamá, con las tareas del hogar, así que decidió platicar conmigo…

 

— Papá, ¿te has dado cuenta que mamá y yo llevamos toda la carga de las actividades en la casa?

 

— No hija. ¿A qué te refieres? (Claro que me había dado cuenta, pero traté de disimular un poco)

 

— Mamá y yo nos hacemos cargo de todo en la casa. Y además tenemos más responsabilidades que atender. Nosotras sabemos que terminas muy cansado del trabajo, pero quizás los fines de semana podrías apoyarnos un poco, para que también podamos enfocarnos en otras actividades. ¿No lo crees?

 

— Puede ser hija, pero yo trabajo para que a ustedes no les falte nada y esa debe ser mi única responsabilidad.

 

— No, pa. Nosotros agradecemos y valoramos todo el esfuerzo que haces por nosotras. Pero si comienzas a involucrarte más en las tareas de la casa, y a apoyarnos, la relación y la convivencia de nuestra familia puede fortalecerse mucho más, y por otro lado, tú puedes dejar de pensar que eres tan solo un proveedor económico de nuestra familia.

 

Aunque me costó trabajo, poco a poco comprendí que mi hija tenía razón. La relación se fortalece porque todos vivimos en la casa. Además, el trabajo del hogar ¡vaya que es pesado! Sólo así logré comprender por qué Rocío y Nayelli también tenían una gran carga y responsabilidad bajo sus hombros. Y no, no renuncié a un privilegio, adopté una actitud de equidad y responsabilidad con mi esposa y mi hija.

 

La masculinidad hegemónica no sólo afecta a las mujeres, afecta a los hombres y afecta a toda la sociedad. Los hombres deben tomar conciencia y acción, porque no nacemos con las ideas machistas o con las características de la masculinidad hegemónica, y ser parte de las actividades del hogar, no nos hace ni más, ni menos hombres.

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El hombre de la casa

Margarita Lignan Camarena

Te quiero compartir que me he preguntado muchas veces qué significa ser “El hombre de la casa”. Vivo con mi mamá y mi hermana Miriam que es mayor que yo por dos años. Cuando mi papá falleció, a causa del alcoholismo, yo tenía 8 y Miriam 10. Mi mamá se derrumbó porque en ese entonces ella no tenía trabajo fijo, hacía composturas de costura, y mi papá, 10 meses antes de morir, perdió su trabajo, por lo que tras su hospitalización y el entierro, no quedaron más ahorros.

 

Mi tía Isabel le consiguió empleo a mi mamá en una tintorería, recuerdo que en su primer día iba muy nerviosa, se despidió de nosotros y me dijo muy seria: “Enrique, ahora eres el hombre de la casa”, cuida de tu hermana. Con la gallardía de mis 8 años le devolví una mirada afirmativa, aunque por dentro me llené de miedo, pero sentí que no podía rajarme.

 

Miriam estaba de lo más enojada, una vez que se fue mi mamá, me dijo que ella no iba a obedecer ni a hacer caso a un “mocoso mucho menor que ella”, yo la verdad sentí que tenía toditita la razón, pero como lo prometí, no podía fallar.

 

Fuimos creciendo y obviamente a Miriam le llegó la adolescencia antes que a mí, mi mamá me pedía que la vigilara, que no la dejara salir con “pretendientes vagos” y yo le daba esas mismas órdenes, pero mi hermana nunca me hacía caso, para tratar de gobernarla, engrosé a fuerza de falsearla el tono de mi voz y daba de manotazos en la mesa tratando de infundirle temor para que me obedeciera, pero Miriam, tan dueña de su vida como siempre ha sido, recorrió su camino sufriendo o aceptando, según tocara, sus errores y victorias, lejana a cualquier mandato que viniera de mí. Eso de “hacerme cargo de mi hermana” sólo nos enemistó, ahora yo no le caigo bien y desde que se casó nos vemos muy poco, lo indispensable diría yo; ella piensa que soy un “macho mandón”; pero la verdad, yo nunca tuve problema ni con sus pretendientes ni con su forma de experimentar la vida; sólo no quería fallarle a mi mamá.

 

Y si crees que por haber quedado como “el hombre de la casa” mi vida fue de privilegios, te cuento que no tanto, cuando cumplí 11 tuve que empezar a trabajar en la llantera de Don Pepe, era un trabajo muy pesado y el patrón de mal carácter, por supuesto me pagaba una miseria que entregaba completita a mi madre, porque me dijo: “como hombre de la casa tienes que contribuir, yo no puedo hacerme cargo de todo”.

 

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No terminé mis estudios, los abandoné el primer semestre de la prepa porque a mi mamá le empezaron a dar unos dolores de cabeza muy fuertes, y ya mejor me puse a trabajar en serio para sacar los gastos.

 

Ahora que lo veo a la distancia, pienso que desde luego yo era el único varón en la casa, pero no era un hombre, era un niño, bastante asustado por cierto, por todo lo que vino a consecuencia de la enfermedad de mi padre. Siento que por hacerme cargo a tan temprana edad de cosas que no me correspondían crecí con muchas carencias, muy inseguro, muy confundido, muy poco preparado y además, como yo sentía que no cubría las expectativas, me volví malhumorado y mandón para según yo “hacerme de carácter”.

 

 

Hoy que soy adulto quiero frenarme, volver varios pasos atrás, confesar que fue injusto que siendo un niño me dieran el rol de “hombre de la casa”. Hoy quiero trabajar en mí para recuperar no sólo la relación con mi hermana, sino conmigo mismo, darme lo que me debo, como mis estudios, y dejar un mensaje para las mamás que se han quedado solas, pues comprendo lo difícil de su situación, pero me parece importante que se den cuenta de que sus hijos no son “el hombre de la casa”, no pueden serlo, no les corresponde; son sólo niños, e igual que las mujeres, necesitan guía, seguridad y protección.

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La crianza de las hijas y los hijos es una responsabilidad compartida

Jorge es el menor de 4 hermanos y será padre en unas semanas. Él junto a su pareja, han optado por brindar a su hijo una crianza compartida, en donde ambos alimenten, bañen y jueguen con el pequeño Jaime todos los días, incluso cuando ya vaya a la escuela.

 

Un domingo, Jorge les platicó a sus hermanos cuáles eran sus planes en torno a la crianza de su futuro hijo, ellos comenzaron a decirle que “dejara que su esposa se hiciera cargo del cuidado de su hijo”, que “eso le tocaba a ‘su mujer’”, “que se pusiera bien los pantalones” y que “no fuera mandilón”.

 

Estos comentarios no dejaron de dar vueltas en la cabeza de Jorge y le generaron sentimientos encontrados porque él quería participar en la crianza de su hijo, pero no quería ser juzgado y menos por su propia familia, porque esos comentarios, además de hacerlo dudar de sí mismo, lo lastimaban.

 

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Tiempo después, Jorge decidió hablar con sus hermanos sobre lo que le hacían sentir sus comentarios y les explicó por qué a él le parecían adecuados los beneficios de la crianza compartida. Después de la plática, su familia le dijo que respetaba su decisión, y aunque no compartían su modo de ver las cosas, no volvieron a molestarlo con el tema.

 

¿Sabes qué fue lo que le contó Jorge a sus hermanos?

 

Pues verás, les dijo que uno de los beneficios es que tus hijas e hijos tendrán más seguridad en sí mismos, ya que la presencia y la atención de ambos padres mejorarán su capacidad para relacionarse con los demás.

También los ayudará a que posean una buena autoestima porque tendrán un ambiente de confianza y al crecer, si tienen un problema que consideren grave, es muy probable que se acerquen primero a ti o a alguien de su entera confianza, para buscar algún consejo y pueda identificar las soluciones.

 

 

La crianza de las hijas e hijos es algo que corresponde a ambos padres, porque entre los dos se acompañan en este periodo de aprendizaje, además de que ayuda a identificar y resolver, de una mejor manera, las necesidades que tienen las y los menores.

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