Historias Cotidianas, Prevención

Ya se la saben

Mi hijo Carlos enfermó de bronquitis y el médico le recetó un tratamiento que debía estar tomando durante 10 días. Como aún no llegaba la quincena, sólo adquirimos el medicamento necesario para la mitad del tratamiento. Una vez que tuvimos dinero, fui a la farmacia para comprar el que faltaba.

 

Como mi esposo no estaba en casa, porque ya regresó a la oficina, tuve que ir a la farmacia en combi, que se ubica a unas 10 cuadras de la casa, y pues lo hice para no gastar dinero de más, pues un taxi o algún servicio por aplicación no son tan baratos.

 

Luego de subirme a la combi, más o menos unas dos cuadras adelante, un sujeto muy sospechoso le hizo la parada a la combi, y enseguida de que se subió gritó:

 

— Ya se la saben pasaje… Saquen todo lo que traigan o me los vuelo

 

— No quiero ningún chistecito o que alguien se quiera pasar de lanza, porque va a valer gorro

 

— No te pares hasta que yo te diga, ¿eh, chofer?

 

— Echen todo, mochilas celulares y carteras

 

— A ver tú, presta tu reloj

— Párate aquí chofer, y cuando me baje te arrancas sin detenerte

 

En menos de dos minutos ese hombre –que no alcancé a distinguir por el cubrebocas-, nos había despojado de todo lo que traíamos, y como siempre, al único que no le hizo nada fue al chofer…

 

Después de eso sentí una frustración inmensa, pues además de quitarme el dinero con el que compraría las medicinas de Carlitos, también se llevó mi celular y el reloj que José –mi esposo-, me regaló en mi cumpleaños.

 

Luego de regresar a casa, y llamar a José para contarle lo que pasó y pedirle que él comprara el medicamento, acudí a levantar una denuncia por el robo, y luego de hacerme las preguntas de rigor, me dieron la misma respuesta que a casi todos los que hemos sido víctimas de este delito:

 

— Vamos a investigar, y si tenemos alguna información, le llamamos

 

Desafortunadamente, los asaltos en el transporte público son cada vez más frecuentes, pero eso no debe evitar que estemos preparadas y preparados para resguardar nuestra integridad.

 

Las cosas materiales nos cuestan mucho, y aunque no vale la pena arriesgar la vida para conservarlas, debemos tomar en cuenta que ante un asalto debemos saber cómo cuidarnos a nosotras y nosotros mismos para no arreisgarnos. Chécate estas recomendaciones:

 

  • Mantén la calma
  • Baja la mirada y haz caso a lo que diga el asaltante
  • No pongas resistencia ni enfrentes a los ladrones
  • No realices movimientos bruscos
  • Cuando el delincuente escape no intentes seguirlo
  • Desahógate. Cuando estés con alguien de tu confianza, platícalo.

 

Lo más importante ante estos actos es denunciar, pues para construir la seguridad de todas y todos, es necesario identificar las situaciones que producen inseguridad y actuar para resolverlas.

 

En el curso Seguridad para todas y todos de la Fundación Carlos Slim, podrás conocer cómo puedes lograr esto, con la participación de tus vecinos y las autoridades. ¡Inscríbete! Es totalmente gratis y cuenta con certificación.

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Historias Cotidianas, Prevención

No está de más

Luego de muchos meses, mi hijo Beto retomó sus clases presenciales en la secundaria. En lo personal, esta decisión no me dio plena confianza, pero como también yo ya estoy trabajando desde la oficina, no quiero que él se quedo solo en casa todo el día.

 

También estoy consciente de que poco a poco debemos empezar a retomar algunas cosas que hacíamos antes de la pandemia, y una de ellas es la convivencia con las demás personas, por eso decidí hablar con Beto y recordarle las medidas para que su regreso a clases sea seguro:

 

– Beto, ¿ya echaste a la mochila el gel antibacterial? Recuerda que es muy importante que lo lleves y que lo uses al entrar y salir del salón

 

– Ya, mamá. Te dije que todo está en la mochila

 

– No te enojes, hijo. No está de más revisar otra vez que no te falte nada. Y también toma en cuenta que debes usar el cubrebocas de manera permanente mientras estás en la escuela, y lavarte las manos al entrar y salir de ella

 

– Sí. Ya lo sé, mamá

 

– Y otra cosa, hijo. Trata de conservar la sana distancia con tus compañeros. Sé que es difícil, pero por tu seguridad y la de ellos, debes hacerlo

 

– Ok, mamá. Sabes que ya estoy cansado de escuchar a cada rato lo mismo y lo mismo, y ya sé que me vas a decir que es es porque te importa que yo esté bien.

 

– Claro, hijo. Para todos han sido meses muy difíciles, pero pese a que ya estemos hartos, y cansados. Es nuestra responsabilidad seguirnos cuidando, no lo digo para que te molestes, sino para que no lo olvides. No quiero molestarte.

 

– Vale, ma. Entiendo por qué me lo dices, pero también entiéndeme. No es fácil para mi escuchar lo mismo todos los días. Ya lo entendí. Confía en mi.

 

– Claro que confío en ti, hijo, y tienes razón. Trataré de ya no repetir lo mismo a menos que vea que no estás siguiendo las recomendaciones, ¿te parece?

 

– Me late, ma. Gracias.

 

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Sé que Beto ya no quiere escuchar lo mismo, pero una madre procura cuidar a los suyos, y más cuando esta batalla, que todos enfrentamos, aún no termina. A todo esto, me alegra que puedo comunicarme con él y que ambos podemos decir lo que sentimos y pensamos, siempre con respeto y sin juzgar al otro, para no generar violencia.

 

Así cómo Jazmín logró comunicarse asertivamente con su hijo, tú tambien puedes hacerlo ante cualquier circunstancia que se te presente. El curso Transformando conflictos de la Fundación Carlos Slim, te ayudará a fortalecer tus capacidades y habilidades para comunicarte de mejor manera, y así puedas darle una salida positiva a tus conflictos. Te invitamos a suscribirte de manera gratuita. Además, tendrás una constancia por 15 horas de capacitación.

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Eso es para las niñas

Durante mi infancia, mi madre no me dejó jugar con mis primas a la cocinita porque decía que eso era para niñas, y que a mí me tocaba jugar fútbol o con la pista de carreras que me compró mi papá.

 

No entendía por qué mamá tomaba esas decisiones, pero pensaba que era injusto que siendo el único varón de mis primos, tuviera que jugar solo, ya que había algunos juegos que nada más los podían hacer las niñas.

 

Pero eso no fue todo. Cuando salía a jugar futbol con mis primeros amigos, y regresaba llorando porque me caía, o me daban un balonazo, mi padre me regañaba y me gritaba que “los hombres no lloran” y me repetía esa frase que empecé a tomar como cierta: “eso solo lo hacen las niñas”. Por esto, los regaños y comentarios de mis padres me confundían tanto, que hasta el llanto se me quitaba.

 

Y así fue como crecí, con la prohibición de hacer o utilizar determinadas cosas, pues supuestamente solo lo eran para las niñas. Después me di cuenta que habían muchas más frases que me fueron llevando a pensar que hay cosas exclusivas para hombres y otras exclusivas para mujeres:

 

  • El color rosa es para las niñas y el azul para los niños
  • Eres muy sensible para ser un hombre
  • Te defiendes como mujer
  • ¿Por qué tomas eso? Eso es para niñas
  • Hacer el quehacer o cosas de la casa es para las mujeres

 

Ahora comprendo que estas expresiones y regaños que realizaban mis padres causaron efecto en mí, pues gran parte de mi vida tuve la idea de que las mujeres solo se encargan de las tareas del hogar, mientras que los hombres solo trabajamos para solventar los gastos de la familia.

 

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Más allá del color de la ropa, o el tipo de actividades y juegos que se asignan a niños y niñas, los estereotipos de género afectan tanto a hombres como a mujeres. Estos se inculcan de manera inconsciente desde la infancia, y comúnmente determinan el comportamiento de cada uno a lo largo de la vida.

 

Romper estos esquemas y educar a las y los hijos permitiéndoles elegir el color que les gusta o jugar a lo que les llama la atención, evitará que entiendan los roles de género como algo que no pueden cuestionar y que tienen que seguir imponiendo cuando ellos formen su familia.

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No tienes derecho a opinar sobre mi cuerpo

Mi familia y yo cumplimos 23 años viviendo en esta casa. Desde los primeros meses en que nos mudamos, recuerdo que conocimos a Miguel, un vecino que es 10 años mayor que yo.

 

El trato de mi familia con Miguel siempre fue respetuoso y no pasaba de desearnos buenos días o buenas tardes –dependiendo de la hora- cuando nos encontrábamos en la calle.

 

En lo personal, Miguel empezó a caerme mal, justo cuando ingresé a la Universidad, pues el horario en que me trasladaba a la facultad, coincidía con el de él cuando se dirigía a su trabajo. Las primeras veces que nos encontramos en el colectivo no pasaba del saludo cordial, pero poco a poco esto fue cambiando.

 

Cada que tenía oportunidad, Miguel se sentaba a mi lado y me intentaba hacer la platica. En un inicio me pareció algo normal, pero con el paso de estas conversaciones, él empezó a hacer comentarios sobre mí, que me incomodaban bastante…

 

–Oye Laura, como que creciste mucho no?

 

– Ya no estás tan gordita como antes

 

– Laura, te pusiste más guapa

 

– Te ves más madurita

 

– Ya eres toda una señorita

 

Y siempre que Miguel me los decía, me hacía pasar momentos desagradables, pues no sólo era lo que decía, sino también cómo me lo decía, por eso no dejé que esto se quedara solo así, pues decidí explicarle que, sus palabras, más allá de considerarlas un halago, me parecían muy incómodas, e incluso por momentos me sentía acosada.

 

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Al tener esta plática, Miguel se notó desconcertado, pues me dijo que no lo hacía con mala intención, pero le dije que independientemente de sus intenciones, para mi resultaba incómodo por la forma en cómo lo hacía. Después de eso, dejó de hacer ese tipo de comentarios y ahora solo me saluda cuando coincidimos.

 

Algunas frases o comentarios sobre el aspecto físico de las mujeres, que a veces se consideran normales, también son violencia. Es necesario prevenir y erradicar el acoso verbal contra las mujeres, ya que es la antesala de otras formas más graves de violencia sexual.

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No me molesten, tengo que trabajar

Estar trabajando desde casa, hacer mis tareas del hogar y cuidar junto con Marcela -mi esposa- a nuestros hijos, me comenzó a provocar un estrés que poco a poco dejé de controlar.

 

Prácticamente, todos los días se me juntaba demasiado trabajo, y tenía que estar pegado a la computadora muchas más horas de lo que marcaba el horario laboral, además de que los niños querían que jugara con ellos, y nunca faltaba alguna cosa en la que mi esposa me pedía que la ayudara.

 

Esta situación era cada vez más difícil, pues por la carga tan intensa de trabajo, cuando mis hijos y mi esposa me decían algo, lo que fuera, yo comenzaba a responderles de manera golpeada, e incluso en ocasiones llegué a decirles que no me molestaran, de muy mala forma.

 

Este tipo de reacciones provocaron que poco a poco mis hijos y mi esposa empezaran a ser más distantes conmigo. Había día en los que ni siquiera nos dábamos los buenos días y sentarnos a comer juntos en la mesa se volvió algo extraordinario.

 

Al darme cuenta de que mi familia se alejaba cada vez más de mí, decidí hacer algo al respecto con el manejo de mi estrés y la carga de trabajo, pues no creía cómo era posible que ahora que estábamos todos juntos en casa, nuestra relación fuera distante.

 

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Acudí con un especialista que me recomendó empezar a ejercitarme, ya que mi cuerpo necesitaba liberar el estrés y la carga de energía que este me provocaba. Además, me sugirió respetar los horarios que debía destinar a mis actividades laborales, así como los que destinaría para hacer mis actividades de la casa, y pasar momentos agradables con mi esposa y con mis hijos.

 

Poco a poco este cambio ha empezado a tener buenos resultados. Mi familia y yo hemos recuperado poco a poco nuestra convivencia como antes. Incluso, hemos empezado a platicar sobre qué actividades recreativas podemos llevar a cabo juntos, cumpliendo con las medidas de la nueva normalidad, y aunque a veces existe un poco de temor de que les llegue a contestar mal, eso no ha pasado porque sigo las indicaciones del terapeuta y, sobre todo, tengo autocontrol porque no quiero lastimar a mi familia.

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Mi cuerpo, esa luz en mi camino

Margarita Lignan Camarena

Como una marea ignorada, así ha sido, con oleajes, a veces más profundos, intensos y violentos, otras veces suaves y arrulladores; nunca una línea recta como me lo contaron. Nunca resultó cierto para mí que se podía seguir una dieta “a pie juntillas”, impecablemente, sin ningún fallo; tampoco la pérdida de peso ha sido lineal, y la verdad, la ganancia tampoco, a veces me he dado licencias que no me hicieron subir tantos kilos como imaginé y otras veces en que he sido brutalmente estricta conmigo, casi hasta la crueldad, tampoco he bajado todos los kilos que mi expectativa planeó… ¿a qué se debe?

 

Hay tantas recetas, tantas recomendaciones, tantas dietas y terapias… Una y otra vez busco que mi cuerpo sea lo que anhelo, una y otra vez descalifico lo que es.

 

Y si trato de no atender a la forma, ni a los cánones impuestos acerca de quién o cómo debiera ser y tan solo seguir un criterio “de salud”, el panorama no es más claro, ¿cómo es una dieta saludable?, ¿con pocos carbohidratos o sin ellos?, ¿sin grasas o con ciertas grasas?, ¿con alimentos de origen animal o sin ellos?, ¿todo crudo o todo cocido?

 

Desde niña mi cuerpo ha pasado por tantas revisiones ante los ojos de los otros, que mi propia mirada ya no sabe qué ve, hay días que me siento una gorda inmensa y camino lentamente, otros, me siento frágil y diminuta; profundamente vulnerable, aunque en esa semana el pantalón que usé todos los días haya sido el mismo.

 

He llegado a considerar que todo lo que está mal en mi vida se relaciona con mi cuerpo, pensando que si yo tuviera un cuerpo adecuado, correcto, claro, lo que sea que eso signifique, ni demasiado curvilíneo, ni plano, ni robusto, ni enclenque, ni musculoso… uno…”que esté bien”; yo seguro sería feliz, tendría un mejor empleo y más dinero, la gente me respetaría; evidentemente también tendría más y mejores amistades porque a las personas les agradaría estar conmigo y sobre todo, tendría una maravillosa relación de pareja, porque según mi mente, “todos quieren estar con alguien que tenga un cuerpo correcto”.

 

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La forma de mi cuerpo me ha hecho sentir vergüenza, ira, depresión; sin embargo, su resiliencia, su profunda capacidad de recuperarse a todo lo que le hago, su voluntad de permanecer en la vida, de dar vida, de acompañar a otros, de acariciar, mirar y hasta de cantar; simplemente me conmueve.

 

Tantas ideas en torno a mi cuerpo me han violentado contra él y llenado de terror, en el súper, me paralizo, muchas veces al no saber qué comprar, todos esos alimentos de colores y formas distintos parecen ser un tremendo peligro; a veces, por temporadas largas, elijo mejor no comer, y luego, harta de mi propia conmiseración, decido comer “libremente”, justo como no sé hacerlo, entonces me doy un atracón, y al sentirme culpable, recurro a una medida compensatoria autoagresiva como una purga.

 

Hoy, tras tanto caminar atropelladamente, he aprendido que justo mi cuerpo es la luz de mi camino; me avisa cuando estoy demasiado angustiada, demasiado obsesiva o cuando la depresión está a punto de enfermarme; pero para que esa luz en verdad pueda guiarme, necesito atenderla, confiar en mi intuición y en mi experiencia. No son las voces ni las recomendaciones de otros las que me pondrán a salvo, es la mía que me dice cuándo acelerar y cuándo parar, cuándo estoy fuerte y es tiempo de emprender y cuándo es tiempo de tener calma y atender como prioridad mis emociones.

 

Cuando un alimento me cae mal, aunque otra persona me lo aconseje, no lo como; voy aprendiendo a observar a mi cuerpo, a saber qué le viene bien y qué no y en qué momento. Mi cuerpo es mi herramienta para experimentar, sentir y alcanzar las cosas que quiero en esta vida, no un enemigo, no un error que debo corregir. Mi cuerpo refleja lo que voy viviendo. Hoy voy aprendiendo a que sea mi faro, mi guía, para saber si me estoy forzando demasiado o estoy yendo fluidamente hacia donde quiero ir.

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Algo que nos alegre

Margarita Lignan Camarena

“Cuando la vida se pone difícil nada como una refrescante cervecita o dos… o las que hagan falta pues, ya entrados en gastos… tampoco es que nos vamos a hacer del rogar.”

Esa es la típica frase de mi papá que nos acarreó tanta infelicidad, porque lo que a él lo relajaba, a nosotros nos estresaba; a medida que él se iba poniendo más “alegre”, yo me asustaba, pues las bromas iban subiendo de tono volviéndose ironías, hasta que bastaba una sola palabra mal colocada para que se produjera un tsunami, que muchas veces acabó, he de confesarlo, en golpes que hubo que resolver incluso, en el ministerio público.

Mi hermano Pepe por su lado, no para con el cigarro, tanto si la vida va bien como si va mal; si está celebrando o si está tratando de quitarse el estrés, él necesita fumar, a toda hora, aún sin haber desayunado, y eso ha repercutido en el detrimento de su salud en muchos sentidos, pero Pepe dice que “de algo nos hemos de morir” y que “el cigarrito es su placer y su compañía”.

Mi mamá, desde que falleció mi papá, ha estado muy deprimida, dice que él no tenía edad para morir, que les faltaba mucho camino por recorrer juntos y que además dejó deudas y pendientes económicos que nunca quiso arreglar, los cuales ahora son nuestra única herencia; así que mi madre vive deprimida, tomando pastillas para dormir y para despertar, para no sentir ni sentirse, para en lo menos posible darse cuenta de la vida que transcurre.

Yo he vivido con obesidad que se volvió mórbida, y por supuesto que no es un problema de antojos ni de malos hábitos, se trata de un asunto de desolación, de miedo, de incertidumbre, de sentir incomodidad con quien yo soy y desear huir de mí en todo momento; así que como todos en mi familia, cuando no me soporto o no puedo con las situaciones cotidianas de la vida, busco algo que me alegre, que me la haga más llevadera, algo que sepa a apapacho y compañía, algo azucarado que se parezca a la alegría o una explosión de sabores que se parezca a la aventura o si es posible… al amor.

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Poco a poco me he dado cuenta de que no siempre son situaciones tan difíciles las que enfrento, a veces es simplemente algo que salió mal, como puede pasarle a cualquiera; pero me juzgo tan duramente, que acabo no soportándolo. Frecuentemente un simple error lo convierto en tragedia, una tarde de aburrimiento en drama que me lleva a aquellas frases que escuché en mi infancia “no vales nada, nadie te querrá nunca, eres torpe”; imagina entonces cuando los conflictos son mayores, por supuesto que no puedo con ellos, entonces paso de la mermelada al tequila, al helado, al pan y a los cacahuates casi sin sentirlo, simplemente buscando “algo que me alegre”, que me permita permanecer en mí como en un sitio habitable.

He trabajado mucho en eso, tanto en terapia individual como en grupo, en reaprender a vivir la vida con todos sus matices, con todos sus sinsabores, sin necesidad de violentarme contra mí usando ninguna de las drogas permitidas ya sea alcohol, cigarro o exceso de comida.

En la infancia no tenía los elementos para autoprotegerme de la inestabilidad emocional a la que me llevaba el alcoholismo de mi padre, sólo quería borrar de mis ojos las escenas dolorosas auto complaciéndome con comida, así como mi hermano, siendo adolescente, lo hizo con el cigarro; quizá para sentirse más adulto y no aceptarse como una víctima.

Hoy sé que ya no necesito huir, ni de mí, ni de las situaciones por difíciles que sean, puedo enfrentar tanto la cotidianidad como las adversidades, desarrollando herramientas emocionales fuertes y positivas; ya no necesito en todo momento buscar algo que me alegre o me relaje, puedo sentir la vida como venga, sin evadirla, con sus distintas y maravillosas tonalidades.

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Insistir después de un no, es acoso

En medio de la nueva normalidad, inicié el quinto semestre del bachillerato. Se rumora que en algunas semanas más podremos volver a las aulas, aunque no me siento del todo segura para hacerlo, pero bueno…

 

Las clases virtuales y las dinámicas en plataformas digitales se volvieron de lo más común, y cada tarea o proyecto, se tenía que realizar a través de estos medios.

 

En un principio, para mi fue algo muy entretenido y divertido, pues desde pequeña le tomé gusto a navegar por internet y me gusta involucrarme en el mundo de los gadgets. Hasta que una situación con un compañero me hizo sentir incómoda con este tipo de dinámicas…

 

Aarón, un compañero de clases con el que casi no había tenido comunicación, tomó como pretexto una tarea que debíamos realizar juntos para decirme que “le gustaba mucho”. La verdad no supe cómo responder, así que dejé que el comentario pasara desapercibido.

 

Al paso de unos minutos, Aarón me preguntó que, qué había pensado sobre el comentario que me hizo. A lo que le respondí que no estaba interesada en sostener una conversación personal, y que por favor nos enfocáramos sólo en el tema académico.

 

Al parecer mi respuesta no le quedó del todo clara a mi compañero, pues después de esto, él siguió insistiendo y empezó a decirme frases como:

 

“Estás muy guapa”, “hay que salir ¿o te pegan?”, “se ve que eres bien buena onda, me gustaría conocer un poco más”.

 

Además de estas frases -que me incomodaron bastante-, Aarón empezó a hacerme sentir insegura porque comenzó a comentar casi todas las fotos públicas de mis redes sociales, haciendo el mismo tipo de comentarios.

 

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No soporté más esta situación,  así que decidí hablar con la maestra sobre lo que ocurría con Aarón. Ella tomó la decisión de cambiarme de equipo y me comentó que hablaría con mi compañero sobre el tipo de acciones que estaba realizando, pues se trataba de acoso. Después de eso, Aarón dejó de insistir y creo que comprendió que sus acciones no significaban un halago para mi.

 

 

El ciberacoso es una práctica que pueden sufrir tanto mujeres como hombres, y se ejerce -principalmente- en las redes sociales. Si eres víctima de este tipo de violencia, ¡no guardes silencio! Puedes solicitar ayuda a la Policía Cibernética de la Comisión Nacional de Seguridad, a través del teléfono 088, y no olvides platicarlo con alguien de tu confianza.

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Prevención del acoso escolar cibernético

Héctor se dio cuenta –hace algunas semanas– que algo raro estaba sucediendo con su hijo, Carlos, pues su estado de ánimo y sus actitudes comenzaron a cambiar radicalmente.

 

Por un momento, Héctor creyó que el comportamiento de su hijo era algo normal, pues tiene 12 años y en esta etapa de su vida seguramente está pasando por situaciones en las que, en un momento quiere hacer algo, y a los dos días ya no le apasiona tanto. Sin embargo, Carlos se comportaba cada vez más extraño, y eso lo llevó a ir más allá para conocer qué pasaba.

 

— Hola hijo, ¿qué haces?

 

— Nada, papá. Tengo sueño y quiero estar solo

 

— ¿Pasa algo, Carlos? Desde hace semanas te veo diferente. Has dejado de ser el chico alegre que solía reir a cada rato, y ahora solo te la pasas encerrado en tu cuarto, después de tomar tus clases en línea. Tú y yo siempre hemos platicado, y no quiero que esa confianza se pierda

 

Después de unos segundos, Carlos rompió en llanto…

 

— Cámbiame de escuela papá, ya no me gusta tomar esas clases

 

— ¿Qué pasó, hijo? ¿Están muy difíciles o preferirías que ya fueran en la escuela?

 

— No, Pa’, no es eso. Es que luego de que mamá falleciera, varios de mis compañeros se la han pasado molestándome y diciendo cosas sobre ella en las redes sociales. Dicen que por qué a nosotros no nos pasó como a ella, si también nos contagiamos de Covid. Pero también dicen que somos un peligro para el resto de las personas

 

— ¡Qué mal está eso! A mi también me duele mucho la pérdida de tu mamá, pero nadie tiene derecho a hacer ese tipo de comentarios sobre la situación por la que pasamos. No te preocupes, hijo, buscaré una reunión para hablar con tu maestra y ponerla al tanto de lo que está pasando…, para buscar que esto no siga ocurriendo ni se lo hagan a alguien más. Gracias por contarme, juntos podemos buscar soluciones a los problemas…

 

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En el actual contexto, derivado de la pandemia por Covid 19, el acoso escolar cibernético es un problema que se ha vuelto cada vez más frecuente, y que puede constituir un factor de riesgo que impacte negativamente en la salud mental de las y los alumnos; así como afectar su rendimiento escolar.

 

Revisa los siguientes puntos, te serán muy útiles si sospechas que tu hija o hijo sufre acoso escolar cibernético:

 

• Observa si presentan algún tipo de angustia antes, cuando navegan por Internet o después de utilizarlo

 

• Fíjate si está procurando ocultar sus acciones en las plataformas digitales

 

• Identifica si trata de mantenerse lejos de sus familiares y amistades o si opone a participar en las clases y reuniones grupales en línea

 

• Presta atención por si comienza a presentar cambios de humor, de comportamiento, de hábitos del sueño o de apetito

Si identificas que tu hija o hijo está siendo víctima del acoso cibernético, platíquenlo y notifiquen a las autoridades escolares.

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Historias Cotidianas, Prevención

Como adulta mayor, opino y decido

Desde que falleció mi esposo, mi hijo Ignacio y su familia se mudaron a vivir conmigo, pues dicen que ya estoy grande y no puedo vivir sola. Superar la pérdida de la persona con quien había pasado más de 40 años no fue fácil, pero poco a poco asimilé este proceso y seguí adelante con mi vida.

 

Yo estaba muy agradecida con Ignacio, mis nietos y mi nuera por la consideración que estaban teniendo conmigo en esta etapa de mi vida. Los primeros meses me sentía acompañada, cada vez que recordaba a Joel –mi esposo-, y me sentía triste, ellos estaban ahí para platicar conmigo y tranquilizarme en estos momentos de crisis.

 

Con el paso del tiempo, las cosas comenzaron a cambiar. Cada que necesitaba ayuda con algo, tardaban mucho tiempo en hacerme caso, y en ocasiones nadie me ayudaba.

 

Cuando mis nietos -Salvador y Sebastián- cumplieron 17 años, Ignacio me pidió que les dejara a ellos mi habitación, pues como eran adolescentes ambos necesitaban más espacio, y como yo ya estaba grande, podría quedarme en la sala.

 

Poco a poco empecé a sentirme desplazada de mi propio hogar, en ocasiones llegaba a pensar que Ignacio y su familia me veían solo como un objeto más de la casa, al cual no tomaban en cuenta para nada. Incluso, había ocasiones en que no me obedecían o ya ni siquiera platicaban conmigo ni me consultaban nada de lo que se hacía en mi casa.

 

A mis 72 años sigo teniendo el derecho a ser respetada y que me tomen en cuenta en las decisiones que se toman, y más aún si se trata de mi propia casa. Así, aunque son mi familia y los quiero mucho, si es necesario, tendré que asesorarme para recuperar mi espacio y sentirme plena en mi vejez. No estoy desvalida, y como ven, tampoco necesito sentirme como una extraña en mi propia casa.

 

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La violencia contra las y los adultos mayores puede ser ejercida por familiares, vecinos o desconocidos, y puede manifestarse a través maltrato físico, maltrato psicológico, abandono, omitir sus cuidados, ignorarlos y hasta explotarlos financieramente.

 

Si conoces algún caso como el de Elvira, el Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores (INAPAM), ofrece Asesoría Jurídica a personas adultas mayores que hayan sufrido violencia, abuso, maltrato o, simplemente, si requieren ayuda en cualquier asunto legal.

 

Otra opción a la que puedes recurrir es al Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF), que a través de los Centros Gerontológicos que opera, brinda atención integral como atención médica, psicológica, social y rehabilitación de alta calidad a personas adultas mayores.

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