Historias Cotidianas, Prevención

De la nube a la tormenta

Margarita Lignan Camarena

Desde el día en que nació, Natalia fue la niña de papá, pues después de tres hijos varones, su hija menor se convirtió en su joya más preciada, siempre la consideró no solo bonita, sino pequeña y frágil; así que decidió que su tarea, como padre, sería resolverle y ajustarle el mundo, convertirlo para ella en una hermosa y blanca nube, para que le quedara lo más cómodo que se pudiera.

 

Ernesto buscó “protegerla” muy a su manera, por ejemplo, de la inseguridad de las calles, por lo que Natalia casi no salía y mucho menos sola; cuando creció, también quiso protegerla de los abusos laborales, así que le pagó una carrera técnica sencilla y cuando terminó, le consiguió trabajo en el negocio de uno de sus hermanos “aunque sea con un sueldo chiquito, al fin va a acabar casándose”. Por supuesto, también buscó protegerla de las desavenencias del amor y de lo que él mismo consideraba “la inmadurez masculina”, llegada la edad, la presentó con algunos hijos de sus amigos más cercanos, que le parecieron muchachos serios y confiables.

 

Por su lado, Sol, la mamá de Natalia, no es que estuviera en desacuerdo con que Ernesto la cuidara tanto, sino que, siendo también mujer, la consideraba mucho menos inocente de lo que creía su marido, y tomó sus propias medidas protectoras, como no permitirle que anduviera de novio en novio, ni mucho menos que los invitara a pasar a la casa, si no era el definitivo.

 

Natalia no lo confesaba, pero siempre se sintió insegura de todas sus decisiones, a cada paso que daba, casi podía jurar que se iba a equivocar y siempre la abrumó un miedo enorme de que sus padres llegaran a faltarle, sentía que sin ellos, no podría enfrentar al mundo.

 

Finalmente se casó con quienes sus padres aprobaron, ella confiaba en que Arturo sería un buen marido porque siempre se mostró muy amable y educado. Tuvieron dos hijos, que aunque le dieron a Natalia muchas alegrías, también la llenaron de aprehensión y temor, pues cuando se enfermaban, se accidentaban o no obedecían, se sentía sobrepasada.

 

Con el tiempo, su marido resultó ser mucho más sociable que ella, iba de evento en evento promoviendo sus negocios y Natalia, aunque siempre lo acompañaba, se sentía tan insegura de su apariencia o de no saber decir lo correcto, que poco a poco prefirió quedarse en casa; además, ante la tensión que le representaba vivir su vida, comenzó a tener terribles dolores de cabeza que con nada se le quitaban.

 

La vida narrada desde su voz era un drama continuo, lleno de adversidades “que sólo a ella le pasaban” e imposibles de afrontar. Comenzó a sedarse con pastillas para dormir, que el médico de la familia le facilitó, a fin de sentirse más calmada.

 

Ernesto y Sol, acompañándose como siempre, murieron con tres meses de diferencia; Natalia sintió que sin su cercanía y consejo, no podría vivir y cayó en una profunda depresión que la mantenía dormida la mayor parte del día, hasta que concluyó que no estaba en capacidad de continuar con el cuidado de sus hijos, así que los llevó a vivir con su prima Matilde.

 

Arturo, su esposo, harto de lo que él consideraba “tanto drama”, decidió marcharse a otra ciudad con una joven cantante de jazz que conoció en sus noches “de soledad y desvelo”; desde su punto de vista, con pasar la manutención de sus hijos a Matilde, quien los mantendría en contacto con Natalia y verlos de vez en cuando, estaría bien, por lo que decidió hacer “borrón y cuenta nueva” y reiniciar su vida “desde cero”.

 

Con la partida de Arturo, Natalia añadió inmerecidas e inevitables desgracias a su narrativa; pastilla tras pastilla esperaba que los demás la atendieran, la salvaran, pues decía: “nadie como yo ha tenido tanto sufrimiento”.

 

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Al parecer a sus padres, principalmente a Ernesto, se les pasó un importante detalle: sin enseñar a su hija a enfrentar la vida y a sí misma, no sería posible protegerla, pues todos necesitamos ajustarnos, aceptar, cambiar, aprender, fortalecernos.

 

Una tarde, mientras dormía teniendo como fondo el sonido de la lluvia, entre el sueño y el delirio, vio a sus padres que la llamaban, invitándola a despedirse de un mundo en el que al parecer, todos la habían abandonado. El sonido del trueno la despertó, desesperada por volver a verlos, tomó un puñado de pastillas para continuar soñando, diciéndose a sí misma que ella no le faltaba a nadie, que no tenía la fortaleza de manejar su realidad y que en el fondo no era más que la niña de su padre.

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Tan guapa y…

Ainhoa Suárez Gómez

Hace poco estaba en un bar tomándome una copa con mi amiga Andrea. Las dos estábamos muy emocionadas porque hacía mucho tiempo que no nos veíamos y teníamos muchas cosas que platicar. En algún punto Andrea se levantó al baño y yo me quedé sentada en nuestro lugar en la barra. Mientras esperaba se acercó un hombre.

 

— Me llamo Guillermo. Mucho gusto.

 

— ¿Qué tal, soy Laura? —le respondí.

 

— Vi que tu amiga fue al baño y quería ver si las podía acompañar un rato. ¿Qué estás bebiendo? — me preguntó.

 

— En realidad mi amiga y yo vinimos solas, gracias.

 

— Sí, por eso. Déjame acompañarlas. Además tu amiga, igual que tú, está muy guapa — él insistió.

 

Andrea regresó del baño y se presentó. Le pidió a Guillermo que si por favor la dejaba sentar en su silla. Él se movió pero jaló otra silla que estaba libre para unirse a nuestra conversación.

 

— Guillermo, disculpa, mi amiga y yo vinimos por un trago a pasar tiempo nosotras juntas. ¿Nos dejas solas? —le dijo Andrea bastante tajante.

 

— No seas así, no te hagas la difícil. Además, eres una chava súper guapa —le respondió él.

 

— Estoy con mi amiga y, sin ánimos de ofender, queremos platicar ella y yo. Además, no me interesa ligar con hombres, soy lesbiana.

 

A Guillermo le cambió la cara en un segundo. Andrea y yo fingimos ignorarlo. Él, sin embargo, se negaba a entender que no lo estábamos invitando a nuestra conversación.

 

— Tan guapa y “lencha”— nos dijo.

 

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Andrea perdió el hilo de lo que me estaba diciendo. Francamente enojada, respiró hondo y le contestó con calma a pesar delo grave de la situación.

 

—Mira Guillermo, en primer lugar, a las mujeres que nos gustan las mujeres se nos dice lesbianas. No “lenchas”. Ése es un insulto. Y en segundo lugar, tú no tienes derecho alguno para opinar sobre mi identidad sexual, así que te pido de la manera más atenta que por favor te vayas. Si no tendremos que llamar a seguridad.

 

—Tranquila, tranquila. Ya me voy. Yo sólo quería ligar — dijo él a modo de despido.

 

Después del incómodo intercambio, Andrea y yo pudimos retomar nuestra conversación y ponernos al corriente después de mucho tiempo. Aunque nuestra noche no tuvo ningún otro altercado, es importante recordar que en México, muchas mujeres homosexuales viven procesos de discriminación. Algunos son pequeños, como el que me tocó atestiguar a mí, cuando el hombre la llamó lencha, pero otros son francamente violentos. Es importante identificar, visibilizar y denunciar este tipo de actitudes para promover un marco de inclusión y respeto en el que todas las personas tengamos los mismos derechos y libertades. 

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Tú no sabes quien soy

Margarita Lignan Camarena

Te voy a contar cómo fue que mi equipo y yo ganamos en el más reciente debate. Para eso, lo primero que necesitas saber, es que me llamo Darío, y desde chiquito, mi mamá y mis maestras decían que yo era bien alegador, ja, ja, ja; pero no, yo más bien me considero “de pensamiento crítico”, es decir, no me gusta ver las cosas sólo desde lo obvio, sino desde ángulos diferentes, para que realmente pueda analizarlas y comprenderlas.

 

Para no hacerte el cuento largo, fue así que entré al club de debate de mi prepa, todo ha ido bastante bien, es una actividad que me encanta, porque con mi equipo, debemos generar respuestas rápidas y preguntas audaces al equipo contrincante. Otra cosa que me encanta del debate es que tiene reglas muy claras, todo mundo debe respetar los turnos y las normas de cortesía para exponer su punto; son los jueces quiénes deciden quién ganó, por supuesto, el equipo que para ellos haya argumentado mejor; no se trata de quién tenga la razón, pues las opiniones sobre el tema a debatir pueden ser muy diversas.

 

Mi equipo se convirtió en el ganador y representaríamos a la escuela en el campeonato estatal, en el que fuimos avanzando paso a paso, hasta que nos tocó debatir acerca de si es necesaria una legislación específica que regule los derechos de las personas que se expresan en términos de una diversidad sexual no mayoritaria. El asunto es que nos tocó debatir con el equipo representante de una escuela que es bastante tradicional y conservadora. El líder de ese equipo, Félix, se mostraba desesperado una y otra vez por querer tirar nuestros argumentos, pero la verdad es que los de ellos, no estaban siendo lo bastante sólidos. Entonces, comenzó la guerra sucia.

 

Alguien hackeó mi perfil y se hizo pasar por mí en mis redes, aprovecharon mis fotos, que por cierto editaron, para mostrar que yo era gay, pero no sólo eso, sino que según esto me prostituía… ¡Bueno, hasta publicaron mis tarifas como “acompañante”!… En lo que yo trataba de averiguar quién hizo semejante bajeza, amigos míos y hasta un primo, me contactaron para decirme que les habían estado llegando in box míos ofreciéndoles drogas, y que en el blog de otra universidad, acababa de salir una publicación con una foto mía ahogado de borracho “o algo así”. Cuando la vi, no podía creerlo, quien la editó era un artista, sí parecía verdadera, pero en realidad era una foto que me tomaron haciendo payasadas en un campamento, en el que por cierto, estuve todo el tiempo, perfectamente sobrio.

 

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Tratando de averiguar cómo pasó todo esto, di ni más ni menos que con Félix, quién para acabar de amedrentarme, me envió un mensaje solicitándome que me retirara del debate, pues “tú no sabes quién soy”, “mi papá es fulano, mi tío, mengano y hasta mi perro, sutano”, “tengo muchas influencias y puedo acabar con tu futuro político”. A lo que le respondí: “pues tú tampoco sabes quién soy, sí soy gay, eso lo sabe todo mundo, y estoy profundamente orgulloso de defender mis diferencias y las de otros, pero además, me siento muy honrado de que siendo mi papá cualquier señor, me ha enseñado valores como la honestidad, yo no opero en la obscuridad, mi equipo, mis compañeros de la escuela, mis amigos, maestros y familia, siempre me han respaldado por ser derecho, franco y respetuoso, y ¿sabes? quiero que mi carrera política se base en la convicción de la gente, no en influencias”.

 

Al final, hice lo que me correspondía, denunciar a Félix con los organizadores de la competencia, dándoles las evidencias necesarias, y ellos se encargaron de hablar con el director de la escuela contrincante; el director de la mía, me explicó que el fraping es un delito y me puso en contacto con un abogado especialista para que me asesorara. Mi perfil es público porque estoy buscando posicionarme, no puedo cerrar mis redes, pero sí estoy aprendiendo a defenderme cuando alguien, como en este caso, decide usar mi información para suplantar mi identidad y hacerme daño.

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Primeriza

Margarita Lignan Camarena

Tras leer los resultados, Gina está tan feliz que no puede creerlo, se mira en el espejo fijamente, como tratando de encontrar la luz de esa nueva vida que la habita. ¡Tendrá un bebé! Le urge compartir la buena nueva con todos los que ama, empezando, por supuesto, por su pareja, quien también ansiaba esta noticia desde hacía mucho tiempo.

 

Ambos son profesionistas, ella tiene amplia experiencia en finanzas y él se ha ido consolidando como abogado penalista, pero los dos han decidido hacer espacio en sus ocupadas vidas para emprender la aventura de ser padres, conscientes de la responsabilidad que implica y felices de experimentarla.
Acudieron con un ginecólogo que les recomendaron mucho, tras la primera exploración, todo salió muy bien, salvo que…

 

Bueno, Gina no está segura, pero sintió como que los dedos del médico se deslizaban por zonas que… Nada tendrían que ver con el embarazo. Se dijo a sí misma que pudo ser una confusión, y como no quería arruinar tan importante momento con una queja, buscó después una ginecóloga y le explicó a Ricardo que definitivamente se sentiría más cómoda con una mujer; él estuvo totalmente de acuerdo, a su parecer, correspondía a Gina tal decisión.

 


Conforme avanzaron los meses, su parentela femenina convirtió su entusiasmo por la llegada del nuevo bebé, más que en abrazos y felicitaciones, en una inevitable necesidad de inundarla con consejos, pues ya que era primeriza, daban por hecho que no tendría ni la menor idea de cómo cuidar a un bebé; aunque bueno, ya había pasado por sus hermanos menores y sobrinos. 

 

Algunos consejos desde luego, le resultaron muy útiles, pero muchos otros, le parecieron agobiantes o hasta absurdos: “Trata de descansar lo más posible, porque llegados los hijos, una no vuelve a dormir… Jamás”. “Si le da hipo, amárrale un hilito rojo en el tobillo o en la muñeca y verás que se le quita”. “Envuélvelo como taquito para que no pueda mover las manos y no se vaya a rasguñar”. “Mejor no, no lo tapes demasiado, porque se vuelven enfermizos”. 

 

Definitivamente los que más la horrorizaban eran los referentes al parto: “Es un dolor tan inmenso como jamás has conocido, pero trata de no gritar para que no se te vaya la fuerza”. “No dejes que te hagan cesárea, porque los niños no se desarrollan igual”. “Eso sí te digo, el cuerpo se ensancha espantoso, te tienes que fajar en cuanto nazca”. Aunque Gina disfrutaba mucho su embarazo, a veces sentía las conversaciones de quienes la aconsejaban, como si se tratara de una competencia en la que, quien compartiera mayores sufrimientos, ganaría.


Por el contrario, cuando iba a sus visitas médicas, parecía que expresar cualquier malestar o dolor, la haría perder, lo mismo si llegaba a tener dudas, salvo por el caso de su doctora, quien siempre la atendió muy bien; aunque no fue lo mismo con algunas enfermeras:


— ¿Cómo que no sabía que esas son las contracciones?, ¿y entonces?


— Bueno, es que como me dijeron que en cuanto me dieran, sufriría un dolor insoportable y no es así, sólo siento como empujones…


— Pues esas son las contracciones, verá que al rato ya le empiezan a doler.


— Enfermera, ¿me haría favor de avisarle a la doctora que tengo un pequeño sangrado?, mire, mi bata se manchó.


— ¿Es usted primeriza verdad?… Es normal. ¡Ay mamita, es que no nos da por aprender, no nos informamos y por eso, luego no sabemos!

 

A Gina le sorprendió tanto el comentario, que ni siquiera elaboró una respuesta, ella siempre ha estudiado y por supuesto que leyó mucho acerca del proceso de embarazo, pero tampoco se convirtió en especialista.

 

— ¿Ya empezaron los dolores verdad?, nomás no vaya a gritar, que me pone nerviosas a las otras… A ver, la ayudo a enderezarse para que esté más cómoda… ¡Uf!, pero está usted pesadísima, ¿por qué se dejó engordar tanto?, está bien que las mexicanas somos chaparritas y llenitas; pero usted exageró… Le voy a dejar en su cuarto un folletito de nutrición para que sepa cómo comer balanceado.

 

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Afortunadamente, su bebé nació perfecto. Gina y Ricardo no paraban de contemplarlo buscando en él a quién se parecía. Tras el agotador trabajo de parto, Gina se quedó dormida. Cuando despertó e intentó ir al baño, le pareció una odisea titánica, pues el dolor permanecía con ella, y además, sentía náuseas.

 

— Enfermera, ¿me podría traer algo para el dolor?, además tengo muchas náuseas.


— Es normal mamita, no quiera estar tomando pastillas todo el tiempo, lo que pasa es que como es usted primeriza, todo la asusta muy fácil.


— ¡Estoy harta de ser tratada así!, ¿usted piensa que soy tonta o qué, cree que no sé que es normal y qué no, en mi propio cuerpo?, ¿cree que no me preparé para tener este bebé?, ¿qué le da derecho a sentirse tan superior con las pacientes y a tratarlas de una manera tan ofensiva, por qué me dice “mamita”, yo a usted no le digo “señorita”, le digo “enfermera”?

 

Recuerda que la violencia obstétrica no sólo consiste en prácticas quirúrgicas o de esterilización, decididas o incentivadas por el cuerpo médico, sin que se trate de una decisión informada, analizada con tiempo suficiente y plenamente decidida por la paciente.  Todas las mujeres tienen derecho a recibir un óptimo nivel de cuidados en salud, que incluya una atención digna y respetuosa en el embarazo y en el parto o cesárea, y el derecho a no sufrir ningún tipo de violencia o discriminación.

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Un termómetro muy útil

Ainhoa Suárez Gómez

La semana pasada a la entrada de la Facultad me recibió una de las chicas del colectivo feminista de alumnas. Yo ya la había visto antes en una pequeña intervención que ella y sus compañeras habían hecho en el patio para denunciar el alto número de mujeres desaparecidas en nuestro país.

 

La chica nos dio a todas las personas que entrábamos por el pasillo central del edificio, sin importar si éramos mujeres u hombres, un separador de libros. Al principio vi la pequeña cartulina de reojo, pero no le presté mucha importancia. Conforme fui avanzando por el pasillo hacia mi salón de clases escuché a un chico que le leía a un compañero en voz alta la información que aparecía en el separador que los dos acabábamos de recibir. Decidí echarle un vistazo.

 

En mis manos tenía un “violentómetro”, que en una escala del 0 al 30 medía los distintos gestos de violencia hacia las mujeres. Empezando por las bromas hirientes, que son las prácticas de violencia menos graves, hasta llegar a casos extremos como el abuso sexual, la violación y, finalmente, el asesinato.

Violentómetro

Una de las cosas que más me llamó la atención es que yo creía que los actos de violencia más graves eran situaciones aisladas, pero este violentómetro me enseñó que todo empieza con pequeños gestos que violentan la libertad de las mujeres.

 

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Es importante que tanto las mujeres como los hombres nos demos cuenta de que actitudes aparentemente tan simples e inofensivas como chantajear a nuestra pareja o prohibirle vestirse de una determinada manera, son actos de violencia. La violencia empieza con esas pequeñas actitudes que necesitamos identificar para poder erradicar de nuestra vida social.

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Así es el amor…

Margarita Lignan Camarena

Querido diario:

 

Tengo que contarte que me enamoré como una loca de mi profe de Orientación, se llama Osvaldo y es tan, pero tan lindo, no sabes, lo tiene todo, es guapo, muy guapo; pero sobre todo es tan amable, siempre tiene una palabra de aliento para todos, es muy educado y participa en varias actividades de la escuela, coopera en todos los proyectos y es súper inteligente, no sabes qué maravillosas clases da y cómo nos explica con ejemplos que resultan muy chistosos, su sonrisa es lo máximo; bueno nomás te digo que apenas sonríe y yo, me ilumino.
 
Pareciera que no me pela mucho, pero eso seguro es porque soy su alumna; pero ahora que ya no lo sea, en cuanto termine la prepa, me va a buscar para que salgamos. ¿Qué cómo lo sé?, ah, porque la intuición no miente, y hay algo en su mirada que me hace saber que también le gusto. Copié su teléfono del chat del grupo para tenerlo aparte y a veces le mando cositas que lo alegren, para que vea que soy detallista y que también me importa.
 
No sé mucho de él, pero ya busqué en sus redes, ¡ash, lo malo es que las tiene como privadas y no puedo ver quiénes son sus amigos ni nada!; entonces ubiqué por su nombre que tuve que estar cambiando de varias maneras. Me encontré un video de una conferencia que dio hace tiempo, donde lo felicita una tal Patricia… No me quise quedar con la duda de quién sería esa tipa, así que stalkee las redes de ella y en una foto salen juntos, la verdad me chocó, pero me late que sólo son amigos, porque no se abrazan ni nada, sólo se ve que están como en una reunión.
 

El otro día escuché a mi Osvaldo hablando por tel con alguien en el pasillo de la escuela, le decía que la chamba ha estado difícil y que estaba viendo cómo resolver algunas deudas, así que como yo lo amo, me puse a buscar su CV en internet y ya lo mandé a otras escuelas a ver si le dan la sorpresa; segurito se va a poner feliz y se dará cuenta de que justo soy la chica que esperaba.

 

También he estado revisando sus estados en el chat, pero me tiene mega preocupada que en todo lo que sube la primera en darle like es la tal Patricia, que según es sólo su amiga; pero como una ya no sabe, acabo de editar una foto del grupo para que aparezcamos sólo él y yo juntos, la voy a enviar al inbox de ella “como por error”. Espero que eso haga que la chava se mantenga a distancia y no que vaya a armar un lío con él; por si las flyes, la voy a enviar desde un perfil falso, si él me reclama o algo, le digo que seguro alguien nos imagina juntos, pero no sé quién.
 
Bueno, ya me voy, porque conseguí su ubicación con una app y ahorita va para el gym, voy a pasar por ahí justo a tiempo para hacer “como que me lo encuentro.”
 

¡Ay querido diario, qué te digo, así es esto del amor, una hace locuras!

 

— No amigo, te juro que ya no sé qué hacer con esta chica, ya ni me acuerdo cómo se llama… La que se apellida Ruvalcaba…

 

— ¿Nataly?, no me imaginé que fuera ella, yo fui su maestro de mate el curso pasado y me pareció… no muy aplicada, pero tranquila.
 
— Pues te tengo noticias, nada de tranquila, ya la caché que me stalkea y la verdad no sé qué hacer.
 
— Pero, ¿estás seguro?, ¿cómo sabes?
 
— Porque la muy loca le mandó mensaje a Paty, mi prima, la que me acompañó a la conferencia, ¿recuerdas?
 
— ¡Wow!, claro que la recuerdo, ¿y qué tipo de mensaje?
 
— Una cochina foto que editó donde supuestamente estamos los dos, pero era una foto que me tomé con el grupo, de verdad de no creerse.
 
— Bueno, ¿y con qué derecho esta chamaca hace esas cosas?
 
— Pues no sé, pero lo peor no es eso, sino que al parecer, y no me explico cómo, sacó mi currículo de algún lado y lo envió a otras escuelas para que me den trabajo. Ayer el director me preguntó que ¿qué onda, que si ya no estoy a gusto aquí o qué?
 
— ¡No lo puedo creer!, como película de terror, ¿y qué has pensado hacer?
 
— ¡Justo así me siento, acechado, espiado, invadido, violentado!
 
— Pues mira, si me lo permites, te voy a dar unas recomendaciones que se me ocurren.
 
En primer lugar, bloquéala en tu chat personal, no tiene por qué estarte mandando cositas, eres su maestro, no su amigo. Luego, búscala en las redes y también bloquéala, que no tenga acceso a tus cuentas.
 
Pon también tu perfil profesional como privado, para que te envíen mensaje si alguien está interesado en tu CV, pero no lo tengas a la mano, recuerda que ahí están todos los datos personales.
 
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Otra cosa, enmascara la dirección IP de tus dispositivos y desactiva el bluetooth, lo puedes hacer adquiriendo una licencia de VPN que te proteja de que otros puedan ubicarte físicamente siguiendo tu dispositivo, y lo más importante, denuncia, habla al menos con el director, dile lo que está pasando para que la cambien de grupo o incluso tomen otras medidas.

 

Mira Osvaldo, el stalking es un delito que ya está regulado en el código penal, nadie tiene derecho a invadir tu privacidad, ni a hacer uso de tus contactos o tus datos personales. Creo que también ayudarás mucho a Nataly si aprende que el “amor” se siente por alguien que conoces, no que imaginas, y que lo que ella está haciendo daña tu seguridad, porque es violencia y acoso.

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Bien cotizada

Margarita Lignan Camarena

Eso de vivir sólo de optimismo, nunca se le dio a Carola, desde niña, quiso más, se veía como la compañera de un hombre poderoso, de esos que salen en las telenovelas, y que, aunque no es claro a qué se dedican, tienen suficiente dinero para alcanzar todos sus sueños y hasta uno que otro capricho.

 

Para los diecisiete, sintió que ya había aprendido muchas cosas en la vida, la más importante: que a un hombre, digan lo que digan, la atracción le llega por la vista, y el tipo de hombre que siempre buscó, suele ser muy selectivo, por lo que ella debía “cotizarse bien”, ser un lujo que no cualquiera pudiera darse.

 

Carola siempre deseó ser incluida en un mundo al que no había tenido acceso, pero que conocía a través de las pantallas, donde la gente no tiene que conformarse con poco y “ser optimista”, ni requiere esforzarse tanto para permitirse disfrutar la vida. Anhelaba ir a lugares que sólo había visto en imágenes y también, por qué no, conseguir ese tipo de respeto indiscutible que te dan los demás, cuando intuyen que es grueso el tamaño de tu cuenta monetaria.

 

Ella sabía que no podría entrar siendo una mujer común, necesitaba convertirse en una extraordinaria, capaz de despertar un ferviente deseo entre los hombres solteros o casados, mejor cotizados, quienes sólo quieren a su lado una mujer como la que han creado en sus fantasías, con cuerpos no ordinarios, con curvas que van mucho más allá de las posibilidades naturales, siempre con el cabello y las uñas flamantes, dispuestas a usar a diario diminuta y ajustada ropa provocativa, sin rastro de incomodidad; capaces de usar altísimos y finos tacones sin cansarse ni perder el equilibrio nunca. Definitivamente, Carola debía convertirse en esa fantasía.

 

Desde adolescente se ejercitó en el gimnasio con extraordinaria disciplina y ha cuidado de su dieta lo mejor que puede, porque a veces en casa, cuando no hay dinero, las enfrijoladas y el arroz se convierten en plato fuerte, cosa que la enoja y frustra tanto, que prefiere quedarse sin comer, antes que meterle a su cuerpo “esas porquerías”.

 

A pesar de tanto esfuerzo, el quiebre de sus curvas no llegaba a ser lo pronunciado que quería, pero una amiga le platicó de unos tratamientos “naturales” súper efectivos que vio en internet, para aumentar considerablemente los glúteos. Carola no tardó en decidirse y los resultados le gustaron tanto, que comenzó a pedir prestado y a vender y revender cuanta chuchería pudo para hacerse más “arreglitos”, como el de bótox que le urgía, pues quería quitarse esa arruguita del entrecejo que le molestaba tanto.

 

A los 20 llegó la oportunidad que tanto esperó, en una fiesta de unos amigos de la universidad, conoció a Juan Carlos, a quienes la mayoría apodaban “El director”, y a sólo un mes de salir juntos, él le pidió que se mudara. Carola, más que dispuesta, aceptó, y aunque a su familia le pareció una completa locura, no hubo modo de hacerla entrar en razón, decía que esos temores se debían a: “su mentalidad de pobres que no les permite ver más allá”.

 

Comenzó a viajar por todos lados como siempre soñó, se sentía “cotizadísima”, las atenciones de Juan Carlos siempre la sorprendían; sólo que en pocos meses algo cambió, él comenzó a hacerle “sugerencias de mejoras”, si quería seguir siendo para él la única, o al menos la más especial. Lo primero que le pidió fue una cirugía de extensión de huesos, porque “tan bajita” no le encantaba, y ya después verían lo del implante de senos, con tamaño y forma a gusto de él.

 

Todo parecía ir viento en popa, sus amigas se convirtieron en sus followers siguiendo en sus redes cada uno de los pasos que daba, cada lugar al que viajaba, cada regalo que presumía y cada fiesta a la que era invitada. Carola sentía que, gracias a su persistencia y esfuerzo, había alcanzado, de manera permanente, la vida que soñó.

 

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Una mañana, aquellas inyecciones naturales de la adolescencia le pasaron la factura, sus glúteos se infectaron llenándose de una especie de grumos que a Juan Carlos no le dieron preocupación, sino asco y vergüenza, además del fastidio que le provocaba Carola, que ahora no era sino un mar de quejas y achaques, también por su dolor de huesos. Como ya no le servía para impactar, generar envidias y abrir negocios, y como ya tampoco le gustaba, pues a su parecer ya no era una mujer, si no un monstruo, le pidió que se fuera, “por las buenas”.

 

El mayor impacto para Carola no fue el sentirse tratada como basura, sino aquella sensación que apareció en cuanto estuvo fuera de lo que consideró “su reino”. Sintió que de aquel sueño sólo conservaba lo que llevaba puesto y algunos recuerdos; bueno, también mucho dolor y rabia contra sí misma, además una terrible amenaza: “El director le pide que no lo vuelva a contactar por ningún medio, dice que no tiene paciencia para las tóxicas”.

 

A pasos lentos Carola trabaja en restaurarse, día a día busca entre los escombros de sí misma, se pregunta quién es en realidad, a dónde quiere ir y cómo. A ratos todavía se deprime y se enfada consigo misma, también con la vida; pero no ha dejado de luchar y paso a paso intenta construirse de nuevo.

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Como al pasar

Margarita Lignan Camarena

El sonido del agua puede ser a veces más fuerte o más suave en esos parajes donde simplemente va pasando, según va siguiendo el camino que le marca su propia fuerza, pero siempre nos parece tan natural, que incluso llega a adormecernos; sin embargo, cuando el agua se convierte en una gota cayendo una y otra vez sobre un mismo punto, lastima, lacera y puede llegar a ser una verdadera tortura.

 

Cuando Delia y Marcos se conocieron, pasó lo que siempre pasa con el amor, encontraron que tenían intereses en común, se hicieron eco y se sintieron acompañados, pero inevitablemente, también crearon expectativas, supusieron uno del otro cosas que en realidad nunca hubo, pero que les encantaba imaginar; por ejemplo, Marcos creyó que el mal carácter de Delia y sus malos modos, se debían a que tenía una muy mala relación familiar, pero que ya viviendo juntos, y queriéndola como la quería, todo iba a mejorar y ella se mostraría como la mujer dulce y apapachadora que él siempre quiso ver; aunque en realidad, lo que más le gustaba de ella era ese garbo tan elegante con que caminaba y su especial interés en todos los detalles de la decoración de cuantos lugares visitaban, lo que lo hizo pensar que ella era muy hogareña.

 

A Delia le encantaba cómo Marcos la miraba y lo caballeroso y atento que era, su trato la hizo sentirse importante, segura; además, él sabía de tantos temas, que Delia supuso que él, en unos años, haría importantes alianzas de negocios, con lo que podrían tener la posición económica que ella siempre soñó.

 

Pero las cosas no resultaron así, Marcos es muy simpático y platicador, pero los negocios nunca le han interesado, le gusta la estabilidad, no los riesgos, y con su trabajo ha conseguido tener un salario y una rutina que le permiten, en sus propias palabras, “tener lo básico y vivir tranquilo”; mientras tanto a Delia, no le gusta nada pasársela en casa, le encanta andar “de pata de perro”, en desayunos y comidas de amigas que hablan de viajes increíbles para los que, a Delia, no le alcanza el presupuesto, o de compras y clubes que solo la dejan muda; seguido siente que en esas reuniones no tiene nada que compartir, ya que a su parecer, ella se quedó como “pobretona”, por culpa de su marido.

 

Día con día Delia siente que él le debe lo que ella imaginó que le daría, y la calma de su esposo, que para ella es pasividad, la tiene tan herida que hacerle reproches se ha vuelto el pan de cada día.

 

Cuando en una reunión Marcos hace una de sus acostumbradas bromas, Delia se disculpa con los presentes por lo “bobo y pesado” que suele ser su marido. Si alguien comienza a hablar de vacaciones y viajes, comenta en voz alta, con total naturalidad, como dando por hecho que los demás coinciden con su opinión, que “nada que hacer, Marcos es un pazguato que ni de broma pide aumento, se conforma con los tres pesos que le dan; como en realidad, no sabe hacer mucho…”

 

Como padre tampoco es que él le guste más, piensa que es torpe, que no tiene ni idea de cómo cuidar a los niños: “o acaba perdiéndoles el suéter o les compra pura cochinada barata de comer”. Cada que mira al hombre con el que se casó, piensa que ella merecía más, y es tanta su frustración, que a veces las palabras se le van y ha llegado a comentar delante de sus hijos: “Yo no sé por qué me tocó un inútil por marido… Miren hijitos, cuando su papá esté en casa, hay que hacer como si estuviera muerto, como si fuera un fantasma, porque sólo fastidia… Yo nunca estuve enamorada de él, ¿cómo me iba a enamorar de alguien tan poca cosa?”

 

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Marcos se siente violentado y por supuesto, las palabras y actitudes de Delia lo han lastimado profundamente; sin embargo, no había querido terminar, romper, liquidar, lo que él consideraba su hogar. En un inicio optó por dejar pasar las ofensas, esperaba que el viento o el tiempo las borraran, que ella reflexionara; no quería “hacer el lío más grande” y se decía a sí mismo que al fin, sólo se trataba de momentos; pero como él sólo permanecía en silencio y no se mostraba claramente humillado o herido, ni mucho menos contratacaba, Delia más y más se llenaba de rabia, hasta que dejó de hablarle y de mirarlo.

 

Al parecer, ningunearlo y criticarlo constantemente la ha ayudado a no sentirse en falta, a creer que nunca fue su responsabilidad no haberse dado a sí misma la vida que creyó merecer, le ha evitado enfrentar, a las posibilidades del mundo real, el tamaño de sus sueños.

 

Hoy para Marcos el divorcio ya es la única realidad posible y frente a ésta, Delia no ha dado un solo paso atrás, al contrario, parece que tal decisión sólo le confirma que él en realidad siempre fue un mal hombre.

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Historias Cotidianas, Prevención

Piropos que no son piropos

Ainhoa Suárez Gómez

Mi amiga canadiense vino a la Ciudad de México de visita. Yo preparé un itinerario para que pudiera conocer los lugares más emblemáticos de la capital. Un día mientras caminábamos por el Centro Histórico, un grupo de tres hombres nos chifló. Amanda, mi amiga, no se dio cuenta porque estaba impresionada con la arquitectura del Palacio de Bellas Artes y no dejaba de tomarle fotos al edificio. Yo, en cambio, sí supe que ese sonido estaba dirigido hacia nosotras, pero decidí ignorarlo. Los hombres insistieron. Yo opté por no hacerles caso hasta que escuché un comentario que me hizo confrontarlos.

 

—Quién fuera peine para perderse en esa rubia cabellera. Dijo uno de ellos.

 

Voltee inmediatamente. Roja de la rabia le pedí al hombre que se guardara sus comentarios.

 

—Pero si es un piropo, no debería de molestarte —me dijo.

 

Le pedí que por favor evitara hacer este tipo de comentarios que no eran requeridos a mujeres que no conocía. Él soltó una risa burlona y yo preferí seguir el recorrido con mi amiga.

 

En nuestro país, las mujeres suelen escuchar “piropos” en la calle. Se trata de comentarios hechos por hombres en espacios públicos que casi siempre tienen una referencia sexual y que se asumen como un halago por parte de quien lo dice. En realidad, es un tipo de acoso callejero porque estas situaciones son hostiles para las mujeres adultas, adolescentes e incluso niñas que los reciben. Lejos de ser agradables, quienes somos víctimas de este acoso nos sentimos intimidadas, amenazadas e incluso atemorizadas al pensar que alguien cree tener poder sobre nosotras y nuestros cuerpos.

 

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Por eso es importante recordar que detrás de esa idea de galantería se esconde un tipo de acoso que debemos visibilizar y erradicar. El piropo es una agresión para quien lo recibe porque no establece un diálogo entre dos personas, sino un vínculo unilateral, del hombre que aborda a la mujer. Además, vulnera el derecho de las mujeres a transitar libremente y con tranquilidad sin ser “sorprendidas” por supuestos halagos. Finalmente, no debemos olvidar que el piropo piensa a la mujer como un objeto de placer y no como un ser humano más con derechos propios.

 

Es trabajo de todas y de todos promover actitudes que nos ayuden a visibilizar estas prácticas y evitarlas. Todas y todos debemos de tener la libertad de caminar por el espacio público sin sentir temor.

 

 

Si quieres saber más información acerca del tema, te invitamos a que consultes: Los piropos: ¿halago o violencia contra las mujeres? https://www.gob.mx/conavim/es/articulos/los-piropos-halago-o-violencia-contra-las-mujeres?idiom=es

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Historias Cotidianas, Prevención

Morder el anzuelo

Margarita Lignan Camarena

Carmelita es maestra de primaria, lleva ya muchos años en ello, a veces le ha ido bien y otras… Bueno, es que los niños han cambiado mucho; a su parecer, ya las cosas no son como cuando era chica, ella obedecía y respetaba a sus padres, o eso recuerda, a veces piensa que más bien le daba miedo desobedecer; pero en fin. La cosa es que la escuela no es lo mismo que la familia, como maestra, tiene muchos niños que atender, todos de contextos distintos, educados con ideas y costumbres diferentes; lo que a veces dificulta un poco las cosas.

 

El otro día, por ejemplo, Erick, uno de sus alumnos de cuarto grado, estaba algo inquieto y tratando de “hacerse el chistoso”, pensó Carmelita, e interrumpió la explicación acerca de los ejes de nuestro planeta, para decirle a su maestra que estaba mal, que la Tierra no es redonda, sino achatada, y que lo achatado, no hay manera de que sea redondo.

 

Carmelita no está de acuerdo con la forma en que los padres de Erick lo han educado, no le parece que sea un niño ingenioso, sino insolente y… Aquel día hacía mucho calor, ella tenía migraña porque no había desayunado, y francamente, estaba un poco incómoda con volver a clases presenciales, porque durante la pandemia se tuvo que mudar de casa y ahora la escuela le queda bastante lejos y en el camino suele haber mucho tráfico.

 

Cuando se dio cuenta, su enojo la había rebasado, le estaba gritando a Erick y hasta dio un manotazo sobre su banca exigiéndole que no interrumpiera mientras ella hablaba, con lo que Erick, espantado, hizo puchero, como si fuera a llorar. Lo peor, es que otro de sus alumnos sacó un celular, de quién sabe dónde, porque se supone que en la escuela están prohibidos, y grabó la escena.

 

Cuando Nuria, la mamá de Erick vio el video, se puso “como chinampina”, indignada por el trato hacia su hijo y le pasó igual que a Carmelita, cuando menos se dio cuenta, su enojo la había rebasado. El video estaba circulando en las redes de manera viral, medio mundo opinaba y exigía justicia para el niño.

 

Por cierto, quienes le daban “compartir” al video, no consideraron verificar cómo estuvo la cosa, dieron por hecho que la maestra era una abusiva sin remedio.

 

De tanto que se enojaron otros papás y mamás, algunos comenzaron a meterse a las redes sociales de la maestra Carmelita, incluso a donde había subido su currículo, también averiguaron a quiénes tenía de amigos y esos amigos en dónde vivían y hasta en dónde trabajaban; bueno, como nunca consiguieron el domicilio de la maestra, publicaron el de una de sus tías, hasta donde llegó un grupo de papás a exigir que la maestra diera la cara. Claro, porque desde lo del escándalo, nadie sabía nada de ella, pues Carmelita temía por su seguridad.

 

Lucía, la directora de la escuela, trató de parar las cosas concediendo una breve entrevista a un noticiero, explicando que el video que circulaba en redes estaba fuera de contexto, porque en realidad el niño era muy problemático y solía hacer comentarios desafiantes. Esta declaración no mejoró las cosas, ahora decían que se estaba revictimizando al niño y que también investigarían a la directora por ser cómplice de Carmelita y sus violentos métodos de enseñanza.

 

Afortunadamente Lucía no resultó acosada, porque ella tenía todas sus redes sociales con perfil privado, no se podían ver sus fotos ni contactos, si uno no pertenecía a su red; tampoco fue fácil hackear su información, porque cuando se daba de alta en alguna página, usaba correos y contraseñas diferentes, no los sugeridos en automático, y además tenía un software de protección contra doxxing, es decir, la actividad ilícita de hackear y revelar información o documentos de alguien.

 

Hoy todos necesitamos del internet, para conectarnos con quienes queremos y están distantes, para investigar, aprender, leer, trabajar, escuchar música o ver películas; también para conseguir contactos de trabajo o dar difusión a nuestros proyectos. Es una fantasía creer que se puede prescindir por completo de la red; sin embargo, la facilidad con que corre la información en la misma, la normalidad con que cedemos nuestros datos personales al ser requerido en tareas cotidianas, como el pago de un servicio, y la asunción de que todo lo que vemos publicado es real, han convertido a la navegación en línea en una práctica insegura. Esto aunado a que los usuarios mordemos el anzuelo fácilmente y sentimos que al compartir supuestas evidencias de violencia, asumimos un compromiso social, que así demostramos que estamos del lado de la justicia y que no necesitamos de la ley para poner a cada quien en su lugar. Colaboramos con una especie de linchamiento cibernético, que no está regido más que por el criterio de cada quien.

 

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Algunos concluirán que Erick es un niño mal educado y problemático, otros, que es un chico inteligente, con pensamiento crítico y liderazgo. Algunos dirán que la maestra Carmelita es violenta y no tiene vocación, otros, que está en su derecho a poner límites.

 

Ciertas personas dirán que Nuria sólo defendió a su hijo como se debe, y otros, que “con razón el niño es tan rebelde”. Seguro habrá quien opine que Lucía debe tener influencias para proteger así a sus maestras, y otros, que ella es una jefa del tipo “el capitán se hunde con su barco”.

 

Lo que todos debemos considerar es que cualquiera puede estar en uno u otro lado y que no tenemos derecho a conseguir información de los demás, violentando su privacidad. Por supuesto que las autoridades nos han decepcionado, pero eso no nos capacita para ser juzgadores y aplicar los castigos que consideremos adecuados.

 

¿Qué tan fácil nos atrapa una publicación que nos indigna?, ¿somos capaces de violentarnos contra alguien con la supuesta intención de impartir justicia? Quizá sea importante recordar que como dice el dicho. “debajo del cebo, está el anzuelo”.

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