Historias Cotidianas, Prevención

De qué cuero salen más correas

Margarita Lignan Camarena

Se dice que la amistad está hecha de encuentros y coincidencias, pero también de buena voluntad, es decir, hay que aceptar los desaciertos del otro, sabiendo que también tolera los nuestros y, además, respetar su mundo, lo que ama, lo que cuida, lo que le importa, lo que protege.

 

Sofi y Vale han sido amigas desde la primaria, se conocieron en la escuela, pero resultó que también eran vecinas, por lo que las tardes de juegos, tareas y confidencias se convirtieron en un espacio cotidiano que las dos disfrutaban.

 

La primera vez que tuvieron un desacuerdo fuerte, fue con Tobías, aquel cachorrito que Vale adoptó cuando estaban en secundaria y que luego ya no podía tener porque su energía resultó ser mucho más grande que el espacio que la familia podía darle, y Sofi, quien desde sexto grado se volvió activista de la protección animal, consideró a Vale no sólo como irresponsable, sino cruel, por llevar a Tobías al rancho de su tía, donde le ofrecieron buen cuidado.

 

— ¡Ay Sofi, pero si Tobías no es persona, es perro!, con que tenga comida y casa ya estará bien.

— ¡Claro que no!, él llevará consigo un trauma de abandono, recordará que le diste la espalda.

 

El tiempo sanó aquellas heridas que con las palabras se hicieron, aunque con la adolescencia, la forma de ver la vida entre ellas tuvo más contrastes, ya no siempre estaban de acuerdo; incluso a veces una lanzaba una frase como una flecha certera para dar en el blanco de las debilidades de la otra, aprovechando que se conocían muy bien.

 

La separación definitiva vino a raíz de lo de Esteban, su compañero de la prepa, y de quien Sofi quedó prendada desde el mismo día que lo conoció. Le encantaba cuando decía only legens para referirse a alguien que admiraba o cuando se refería a ella como so cute, por prestarle la tarea para que la copiara.

 

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Lo malo fue que la crush de Esteban, en realidad era Vale, quien como no lo pelaba, le despertó tal interés, que quería no sólo seguirla a todos lados, sino saber de ella hasta el más mínimo detalle, según él, para sorprenderla: qué comía, su color favorito, lo que la enojaba y lo que la alegraba y para ello, qué mejor que hacerse el mejor amigo de Sofi, quien confundió el acercamiento con enamoramiento.

 

Fue un martes que Esteban le confesó “me encanta tu amiga, arréglame un date con ella plis”. En un solo instante a Sofi se le juntó todo el enojo que había guardado en años: «Cómo es posible que le guste ella que es una insensible, ni los perros le importan, además su familia es super naca, ósea, sí vivimos en la misma colonia, pero ella del otro lado de la avenida que es más barrio, y sobre todo, es tan bruta… Siempre fui yo quien le pasaba las tareas».

 

Vale ni supo cómo, pero un día todos estaban muy interesados en stalkearla, pues cada diez minutos Sofi subía a su perfil un post revelando los más íntimos secretos de Vale y fotos donde hacía “el oso” en grande, como la de aquel campamento en quinto de primaria, cuando al salir del río se le cayó el short. Buscó a Sofía de inmediato para reclamarle, pero ella nunca le contestó ni llamadas ni mensajes y cuando fue directo a su casa a buscarla, su mamá le dijo: “Perdóname Vale, pero me dijo que eres una traicionera y que no te quiere ver porque le bajaste al novio”.

 

Las semanas iban pasando y Vale no dejaba de ser trending topic, no quiso regresar a clases y mucho menos ver a sus amigos, se sentía profundamente lastimada y avergonzada; pero, sobre todo, gravemente vulnerada, expuesta y juzgada; le llegaban a su perfil y al chat notificaciones de mensajes groseros y vulgares insultándola o amenazándola con cobrar venganza a nombre de la supuesta amiga traicionada.

 

Esteban, para zafarse, dijo que ni sabía de qué le hablaban, que aquellas disque amigas seguro sólo eran un par de locas que se imaginaron cosas sobre él. Sofi optó por dejar correr su ira y sus celos libremente sin ponerles ningún freno: «Esta bruja va a aprender de qué cuero salen más correas, esto no se acaba hasta que se acaba». Y justo como no acababa, Vale tuvo que contactar a la policía cibernética porque bloquear a todos los que la insultaban, no bastó para recuperar su seguridad.

 

Cuando la amistad termina, es necesario conservar bajo resguardo los secretos y momentos íntimos compartidos, pues todos, al ser expuestos, nos volvemos vulnerables, y muchas veces, el que salgan “más correas de un cuero que de otro”, no es cuestión de inteligencia, sino de integridad.

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Juguemos sin violencia

Todos los miércoles mis cuates y yo jugamos en un equipo mixto de fútbol en la liga del barrio, pues a la mayoría nos gusta mucho este deporte y nos sirve cómo distracción a mitad de la semana.

 

Estos miércoles de fut se volvieron toda una “tradición”, pues desde hace cinco años jugamos juntos, y ello ha permitido que entre las familias de cada uno de los integrantes del equipo, se forme una buena relación.

 

Desafortunadamente, en uno de nuestros partidos, los miembros del equipo rival empezaron a tener una actitud muy hostil contra nosotros. A los pocos minutos de haber iniciado el juego comenzaron a insultarnos, después a empujarnos sin que estuviera en disputa el balón, y posteriormente varios de ellos trataron de irse sobre nosotros a golpes.

 

Afortunadamente, el árbitro del partido, realizó un buen papel como mediador ante el conflicto que se estaba generando.

 

Llamó a los dos capitanes de los equipos, para que ambos pudieran expresar las versiones de lo que estaba ocurriendo, y posteriormente propuso algunas ideas que ayudarían a resolver -sin violencia- las molestias de los jugadores.

 

Al terminar el diálogo, ambos jugadores -con ayuda del árbitro- conversaron con sus respectivos compañeros de equipo para recordarles que el propósito de reunirnos para jugar es divertirnos sanamente. Algunos se quejaron porque comentaron que algunos jugadores contrarios eran demasiado agresivos o los retaban haciendo gestos o hasta ofensas, entonces, el árbitro decidió detener el partido.

 

Todos pensamos que se iba a terminar ahí, sin embargo, el árbitro nos convocó al centro de la cancha y nos pidió que dijéramos qué nos molestaba, sin señalar ni juzgar a nadie en particular. Cuando entendimos qué estaba sintiendo el otro, nos dimos cuenta que, aunque no era a propósito, algunas acciones estaban siendo antideportivas, por lo que, en unos minutos, acordamos reanudar el partido reconociendo que venimos a divertirnos y a convivir, porque el hecho de que fueran nuestros rivales de juego, no implicaba que fueran nuestros enemigos.

 

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La mediación es una de las herramientas que ayudan a resolver conflictos cuando las partes involucradas no logran alcanzar acuerdos entre ellas. Si quieres conocer más a fondo esta y otras herramientas para resolver situaciones conflictivas, te invitamos a suscribirte al curso Transformando conflictos de la Fundación Carlos Slim, pues te ayudará a fortalecer tus capacidades y habilidades para darle una salida positiva a tus conflictos. Es totalmente gratuito y al concluirlo tendrás una constancia por 15 horas de capacitación.

 

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Quiero escapar

Recuerdo que -desde mi infancia y durante la adolescencia- no me gustaba para nada estar en casa, y mucho menos cuando papá no iba a trabajar, pues entre él y mi madre siempre tuvieron discusiones que cada vez subían más de tono, y pues a la larga, sólo terminaron separados.

 

Cuando no discutían porque el dinero no alcanzaba, lo hacían porque papá no ayudaba en las tareas de la casa, o porque mamá celaba a mi padre con sus compañeras de trabajo. Parecía que el motivo era lo de menos y solo buscaban una razón para gritarse e insultarse.

 

Esto a mi me afectó demasiado, cuando tenía unos seis años, siempre que discutían me escondía debajo de la cama, como intentando escapar de los gritos que parecían interminables.

 

Más adelante, cuando empecé a cursar el bachillerato, las discusiones fuera de tono entre mis padres persistían y la afectación que éstas me provocaba era inevitable, sin embargo, a esa edad yo ya no corría a esconderme debajo de la cama, pues me parecía un juego de niños pequeños; ahora me colocaba en la orilla de la ventana de mi habitación con ganas de dar un salto para escapar de aquel ambiente que se generaba en casa.

Hoy, que soy una persona adulta y que estoy empezando a formar una familia con mi pareja, me doy cuenta que esos intentos de querer escapar de las discusiones entre mis padres poco a poco fueron subiendo de nivel y en varias ocasiones me hicieron llegar a pensar en quitarme la vida.

 

Y precisamente en esta etapa de mi vida, me doy cuenta de que, de haber hablado con mis padres en su momento y pedirles que me llevaran a terapia psicológica, habría sido de mucha ayuda para que también comprendieran que sus problemas y discusiones me afectaban y estaban orillándome a pensar en lastimarme a mí mismo.

 

Por todo esto, hoy te comparto algunas señales que pueden ayudarte a identificar si tú o alguien cercano a ti puede estar en riesgo de suicidarse:

 

  • Habla de querer morir o desear matarse
  • Expresa que se siente vacío/a o desesperado/a, o constantemente dice no tener motivos para vivir
  • Dice sentirse atrapado/a o piensa que no hay ninguna solución
  • Considera que es una carga para los demás
  • Comenta situaciones que tienen que ver con la muerte, con bastante frecuencia

 

Si tú, o alguna persona que conozcas muestra estas señales de alerta, ¡no te quedes callada o callado! Anímale a comunicarse a la Línea de la Vida -al 800 911 2000-, donde recibirá apoyo emocional e información sobre salud mental.

 

Nunca lo tomes a la ligera porque, de acuerdo con la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), durante 2020 los suicidios representaron el 57 % de las muertes violentas en el mundo. Ayudemos a que estas situaciones disminuyan.

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No todo lo que brilla es seguro

Desde pequeña me ha gustado el shopping; recuerdo que cada que salía con mis papás siempre les pedía que me comprararan alguna prenda o algo que yo pudiera utilizar, pues me encanta estrenar cosas hasta hoy en día.

 

Ahora, con las nuevas tecnologías y el comercio electrónico, ya ni siquiera tengo que salir de casa para comprar lo que me gusta, y eso está súper, porque así puedo aprovechar ese tiempo para realizar otras cosas y recibo mis productos en la comodidad de mi hogar.

 

Este moderno modelo de shopping me fascinaba, hasta que tuve una mala experiencia y ahora ya no realizo las compras con tanta ligereza…

 

Navegando en mis redes sociales, encontré publicidad de tenis que quería desde hace unos meses y que no había adquirido porque eran edición limitada. Al ver que estaban disponibles y en mi talla, no dudé ni un momento en comprarlos, pues no estaba dispuesta a dejar pasar la oportunidad de tenerlos.

 

Estaba consciente de que no era la página oficial de la marca de tenis, pero se veía confiable así que ingresé los datos de mi tarjeta.

 

El cargo se vio reflejado inmediatamente en mi estado de cuenta, y recibí una notificación de que los tenis llegarían en un lapso de 7 días hábiles. Yo estaba ansiosa por recibir mis tenis, pero pasaron los días que me indicaron, y estos no llegaban. Intenté comunicarme a los teléfonos que aparecían en la página, pero estos no existían.

 

Sentí una frustración inmensa al darme cuenta que había sido víctima de fraude cibernético. Afortunadamente, no hubo más cargos a mi tarjeta, pero sí aprendí algunas cosas que te comparto para que no seas víctima de este delito, que cada vez es más frecuente:

 

  • Procura realizar tus compras en las páginas oficiales de las marcas
  • Asegúrate que la dirección del sitio web comience con “https” y aparezca un candado de color verde en la barra de estado del navegador
  • Intenta comprar en sitios que tengan el sello vigente de confianza de la Asociación Mexicana de Internet (AMIPCI)
  • Guarda e imprime los comprobantes de compra por si en algún momento debes hacer cualquier tipo de aclaración
  • Busca y lee las políticas de privacidad de los sitios web

 

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En caso de ser víctima de fraude financiero o quieras realizar cualquier aclaración sobre este ámbito, puedes acercarte a la Condusef, que es la entidad encargada de defender tus derechos financieros. También puedes denunciar a la policía cibernética.

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Ya se la saben

Mi hijo Carlos enfermó de bronquitis y el médico le recetó un tratamiento que debía estar tomando durante 10 días. Como aún no llegaba la quincena, sólo adquirimos el medicamento necesario para la mitad del tratamiento. Una vez que tuvimos dinero, fui a la farmacia para comprar el que faltaba.

 

Como mi esposo no estaba en casa, porque ya regresó a la oficina, tuve que ir a la farmacia en combi, que se ubica a unas 10 cuadras de la casa, y pues lo hice para no gastar dinero de más, pues un taxi o algún servicio por aplicación no son tan baratos.

 

Luego de subirme a la combi, más o menos unas dos cuadras adelante, un sujeto muy sospechoso le hizo la parada a la combi, y enseguida de que se subió gritó:

 

— Ya se la saben pasaje… Saquen todo lo que traigan o me los vuelo

 

— No quiero ningún chistecito o que alguien se quiera pasar de lanza, porque va a valer gorro

 

— No te pares hasta que yo te diga, ¿eh, chofer?

 

— Echen todo, mochilas celulares y carteras

 

— A ver tú, presta tu reloj

— Párate aquí chofer, y cuando me baje te arrancas sin detenerte

 

En menos de dos minutos ese hombre –que no alcancé a distinguir por el cubrebocas-, nos había despojado de todo lo que traíamos, y como siempre, al único que no le hizo nada fue al chofer…

 

Después de eso sentí una frustración inmensa, pues además de quitarme el dinero con el que compraría las medicinas de Carlitos, también se llevó mi celular y el reloj que José –mi esposo-, me regaló en mi cumpleaños.

 

Luego de regresar a casa, y llamar a José para contarle lo que pasó y pedirle que él comprara el medicamento, acudí a levantar una denuncia por el robo, y luego de hacerme las preguntas de rigor, me dieron la misma respuesta que a casi todos los que hemos sido víctimas de este delito:

 

— Vamos a investigar, y si tenemos alguna información, le llamamos

 

Desafortunadamente, los asaltos en el transporte público son cada vez más frecuentes, pero eso no debe evitar que estemos preparadas y preparados para resguardar nuestra integridad.

 

Las cosas materiales nos cuestan mucho, y aunque no vale la pena arriesgar la vida para conservarlas, debemos tomar en cuenta que ante un asalto debemos saber cómo cuidarnos a nosotras y nosotros mismos para no arreisgarnos. Chécate estas recomendaciones:

 

  • Mantén la calma
  • Baja la mirada y haz caso a lo que diga el asaltante
  • No pongas resistencia ni enfrentes a los ladrones
  • No realices movimientos bruscos
  • Cuando el delincuente escape no intentes seguirlo
  • Desahógate. Cuando estés con alguien de tu confianza, platícalo.

 

Lo más importante ante estos actos es denunciar, pues para construir la seguridad de todas y todos, es necesario identificar las situaciones que producen inseguridad y actuar para resolverlas.

 

En el curso Seguridad para todas y todos de la Fundación Carlos Slim, podrás conocer cómo puedes lograr esto, con la participación de tus vecinos y las autoridades. ¡Inscríbete! Es totalmente gratis y cuenta con certificación.

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No está de más

Luego de muchos meses, mi hijo Beto retomó sus clases presenciales en la secundaria. En lo personal, esta decisión no me dio plena confianza, pero como también yo ya estoy trabajando desde la oficina, no quiero que él se quedo solo en casa todo el día.

 

También estoy consciente de que poco a poco debemos empezar a retomar algunas cosas que hacíamos antes de la pandemia, y una de ellas es la convivencia con las demás personas, por eso decidí hablar con Beto y recordarle las medidas para que su regreso a clases sea seguro:

 

– Beto, ¿ya echaste a la mochila el gel antibacterial? Recuerda que es muy importante que lo lleves y que lo uses al entrar y salir del salón

 

– Ya, mamá. Te dije que todo está en la mochila

 

– No te enojes, hijo. No está de más revisar otra vez que no te falte nada. Y también toma en cuenta que debes usar el cubrebocas de manera permanente mientras estás en la escuela, y lavarte las manos al entrar y salir de ella

 

– Sí. Ya lo sé, mamá

 

– Y otra cosa, hijo. Trata de conservar la sana distancia con tus compañeros. Sé que es difícil, pero por tu seguridad y la de ellos, debes hacerlo

 

– Ok, mamá. Sabes que ya estoy cansado de escuchar a cada rato lo mismo y lo mismo, y ya sé que me vas a decir que es es porque te importa que yo esté bien.

 

– Claro, hijo. Para todos han sido meses muy difíciles, pero pese a que ya estemos hartos, y cansados. Es nuestra responsabilidad seguirnos cuidando, no lo digo para que te molestes, sino para que no lo olvides. No quiero molestarte.

 

– Vale, ma. Entiendo por qué me lo dices, pero también entiéndeme. No es fácil para mi escuchar lo mismo todos los días. Ya lo entendí. Confía en mi.

 

– Claro que confío en ti, hijo, y tienes razón. Trataré de ya no repetir lo mismo a menos que vea que no estás siguiendo las recomendaciones, ¿te parece?

 

– Me late, ma. Gracias.

 

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Sé que Beto ya no quiere escuchar lo mismo, pero una madre procura cuidar a los suyos, y más cuando esta batalla, que todos enfrentamos, aún no termina. A todo esto, me alegra que puedo comunicarme con él y que ambos podemos decir lo que sentimos y pensamos, siempre con respeto y sin juzgar al otro, para no generar violencia.

 

Así cómo Jazmín logró comunicarse asertivamente con su hijo, tú tambien puedes hacerlo ante cualquier circunstancia que se te presente. El curso Transformando conflictos de la Fundación Carlos Slim, te ayudará a fortalecer tus capacidades y habilidades para comunicarte de mejor manera, y así puedas darle una salida positiva a tus conflictos. Te invitamos a suscribirte de manera gratuita. Además, tendrás una constancia por 15 horas de capacitación.

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Eso es para las niñas

Durante mi infancia, mi madre no me dejó jugar con mis primas a la cocinita porque decía que eso era para niñas, y que a mí me tocaba jugar fútbol o con la pista de carreras que me compró mi papá.

 

No entendía por qué mamá tomaba esas decisiones, pero pensaba que era injusto que siendo el único varón de mis primos, tuviera que jugar solo, ya que había algunos juegos que nada más los podían hacer las niñas.

 

Pero eso no fue todo. Cuando salía a jugar futbol con mis primeros amigos, y regresaba llorando porque me caía, o me daban un balonazo, mi padre me regañaba y me gritaba que “los hombres no lloran” y me repetía esa frase que empecé a tomar como cierta: “eso solo lo hacen las niñas”. Por esto, los regaños y comentarios de mis padres me confundían tanto, que hasta el llanto se me quitaba.

 

Y así fue como crecí, con la prohibición de hacer o utilizar determinadas cosas, pues supuestamente solo lo eran para las niñas. Después me di cuenta que habían muchas más frases que me fueron llevando a pensar que hay cosas exclusivas para hombres y otras exclusivas para mujeres:

 

  • El color rosa es para las niñas y el azul para los niños
  • Eres muy sensible para ser un hombre
  • Te defiendes como mujer
  • ¿Por qué tomas eso? Eso es para niñas
  • Hacer el quehacer o cosas de la casa es para las mujeres

 

Ahora comprendo que estas expresiones y regaños que realizaban mis padres causaron efecto en mí, pues gran parte de mi vida tuve la idea de que las mujeres solo se encargan de las tareas del hogar, mientras que los hombres solo trabajamos para solventar los gastos de la familia.

 

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Más allá del color de la ropa, o el tipo de actividades y juegos que se asignan a niños y niñas, los estereotipos de género afectan tanto a hombres como a mujeres. Estos se inculcan de manera inconsciente desde la infancia, y comúnmente determinan el comportamiento de cada uno a lo largo de la vida.

 

Romper estos esquemas y educar a las y los hijos permitiéndoles elegir el color que les gusta o jugar a lo que les llama la atención, evitará que entiendan los roles de género como algo que no pueden cuestionar y que tienen que seguir imponiendo cuando ellos formen su familia.

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No tienes derecho a opinar sobre mi cuerpo

Mi familia y yo cumplimos 23 años viviendo en esta casa. Desde los primeros meses en que nos mudamos, recuerdo que conocimos a Miguel, un vecino que es 10 años mayor que yo.

 

El trato de mi familia con Miguel siempre fue respetuoso y no pasaba de desearnos buenos días o buenas tardes –dependiendo de la hora- cuando nos encontrábamos en la calle.

 

En lo personal, Miguel empezó a caerme mal, justo cuando ingresé a la Universidad, pues el horario en que me trasladaba a la facultad, coincidía con el de él cuando se dirigía a su trabajo. Las primeras veces que nos encontramos en el colectivo no pasaba del saludo cordial, pero poco a poco esto fue cambiando.

 

Cada que tenía oportunidad, Miguel se sentaba a mi lado y me intentaba hacer la platica. En un inicio me pareció algo normal, pero con el paso de estas conversaciones, él empezó a hacer comentarios sobre mí, que me incomodaban bastante…

 

–Oye Laura, como que creciste mucho no?

 

– Ya no estás tan gordita como antes

 

– Laura, te pusiste más guapa

 

– Te ves más madurita

 

– Ya eres toda una señorita

 

Y siempre que Miguel me los decía, me hacía pasar momentos desagradables, pues no sólo era lo que decía, sino también cómo me lo decía, por eso no dejé que esto se quedara solo así, pues decidí explicarle que, sus palabras, más allá de considerarlas un halago, me parecían muy incómodas, e incluso por momentos me sentía acosada.

 

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Al tener esta plática, Miguel se notó desconcertado, pues me dijo que no lo hacía con mala intención, pero le dije que independientemente de sus intenciones, para mi resultaba incómodo por la forma en cómo lo hacía. Después de eso, dejó de hacer ese tipo de comentarios y ahora solo me saluda cuando coincidimos.

 

Algunas frases o comentarios sobre el aspecto físico de las mujeres, que a veces se consideran normales, también son violencia. Es necesario prevenir y erradicar el acoso verbal contra las mujeres, ya que es la antesala de otras formas más graves de violencia sexual.

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No me molesten, tengo que trabajar

Estar trabajando desde casa, hacer mis tareas del hogar y cuidar junto con Marcela -mi esposa- a nuestros hijos, me comenzó a provocar un estrés que poco a poco dejé de controlar.

 

Prácticamente, todos los días se me juntaba demasiado trabajo, y tenía que estar pegado a la computadora muchas más horas de lo que marcaba el horario laboral, además de que los niños querían que jugara con ellos, y nunca faltaba alguna cosa en la que mi esposa me pedía que la ayudara.

 

Esta situación era cada vez más difícil, pues por la carga tan intensa de trabajo, cuando mis hijos y mi esposa me decían algo, lo que fuera, yo comenzaba a responderles de manera golpeada, e incluso en ocasiones llegué a decirles que no me molestaran, de muy mala forma.

 

Este tipo de reacciones provocaron que poco a poco mis hijos y mi esposa empezaran a ser más distantes conmigo. Había día en los que ni siquiera nos dábamos los buenos días y sentarnos a comer juntos en la mesa se volvió algo extraordinario.

 

Al darme cuenta de que mi familia se alejaba cada vez más de mí, decidí hacer algo al respecto con el manejo de mi estrés y la carga de trabajo, pues no creía cómo era posible que ahora que estábamos todos juntos en casa, nuestra relación fuera distante.

 

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Acudí con un especialista que me recomendó empezar a ejercitarme, ya que mi cuerpo necesitaba liberar el estrés y la carga de energía que este me provocaba. Además, me sugirió respetar los horarios que debía destinar a mis actividades laborales, así como los que destinaría para hacer mis actividades de la casa, y pasar momentos agradables con mi esposa y con mis hijos.

 

Poco a poco este cambio ha empezado a tener buenos resultados. Mi familia y yo hemos recuperado poco a poco nuestra convivencia como antes. Incluso, hemos empezado a platicar sobre qué actividades recreativas podemos llevar a cabo juntos, cumpliendo con las medidas de la nueva normalidad, y aunque a veces existe un poco de temor de que les llegue a contestar mal, eso no ha pasado porque sigo las indicaciones del terapeuta y, sobre todo, tengo autocontrol porque no quiero lastimar a mi familia.

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Mi cuerpo, esa luz en mi camino

Margarita Lignan Camarena

Como una marea ignorada, así ha sido, con oleajes, a veces más profundos, intensos y violentos, otras veces suaves y arrulladores; nunca una línea recta como me lo contaron. Nunca resultó cierto para mí que se podía seguir una dieta “a pie juntillas”, impecablemente, sin ningún fallo; tampoco la pérdida de peso ha sido lineal, y la verdad, la ganancia tampoco, a veces me he dado licencias que no me hicieron subir tantos kilos como imaginé y otras veces en que he sido brutalmente estricta conmigo, casi hasta la crueldad, tampoco he bajado todos los kilos que mi expectativa planeó… ¿a qué se debe?

 

Hay tantas recetas, tantas recomendaciones, tantas dietas y terapias… Una y otra vez busco que mi cuerpo sea lo que anhelo, una y otra vez descalifico lo que es.

 

Y si trato de no atender a la forma, ni a los cánones impuestos acerca de quién o cómo debiera ser y tan solo seguir un criterio “de salud”, el panorama no es más claro, ¿cómo es una dieta saludable?, ¿con pocos carbohidratos o sin ellos?, ¿sin grasas o con ciertas grasas?, ¿con alimentos de origen animal o sin ellos?, ¿todo crudo o todo cocido?

 

Desde niña mi cuerpo ha pasado por tantas revisiones ante los ojos de los otros, que mi propia mirada ya no sabe qué ve, hay días que me siento una gorda inmensa y camino lentamente, otros, me siento frágil y diminuta; profundamente vulnerable, aunque en esa semana el pantalón que usé todos los días haya sido el mismo.

 

He llegado a considerar que todo lo que está mal en mi vida se relaciona con mi cuerpo, pensando que si yo tuviera un cuerpo adecuado, correcto, claro, lo que sea que eso signifique, ni demasiado curvilíneo, ni plano, ni robusto, ni enclenque, ni musculoso… uno…”que esté bien”; yo seguro sería feliz, tendría un mejor empleo y más dinero, la gente me respetaría; evidentemente también tendría más y mejores amistades porque a las personas les agradaría estar conmigo y sobre todo, tendría una maravillosa relación de pareja, porque según mi mente, “todos quieren estar con alguien que tenga un cuerpo correcto”.

 

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La forma de mi cuerpo me ha hecho sentir vergüenza, ira, depresión; sin embargo, su resiliencia, su profunda capacidad de recuperarse a todo lo que le hago, su voluntad de permanecer en la vida, de dar vida, de acompañar a otros, de acariciar, mirar y hasta de cantar; simplemente me conmueve.

 

Tantas ideas en torno a mi cuerpo me han violentado contra él y llenado de terror, en el súper, me paralizo, muchas veces al no saber qué comprar, todos esos alimentos de colores y formas distintos parecen ser un tremendo peligro; a veces, por temporadas largas, elijo mejor no comer, y luego, harta de mi propia conmiseración, decido comer “libremente”, justo como no sé hacerlo, entonces me doy un atracón, y al sentirme culpable, recurro a una medida compensatoria autoagresiva como una purga.

 

Hoy, tras tanto caminar atropelladamente, he aprendido que justo mi cuerpo es la luz de mi camino; me avisa cuando estoy demasiado angustiada, demasiado obsesiva o cuando la depresión está a punto de enfermarme; pero para que esa luz en verdad pueda guiarme, necesito atenderla, confiar en mi intuición y en mi experiencia. No son las voces ni las recomendaciones de otros las que me pondrán a salvo, es la mía que me dice cuándo acelerar y cuándo parar, cuándo estoy fuerte y es tiempo de emprender y cuándo es tiempo de tener calma y atender como prioridad mis emociones.

 

Cuando un alimento me cae mal, aunque otra persona me lo aconseje, no lo como; voy aprendiendo a observar a mi cuerpo, a saber qué le viene bien y qué no y en qué momento. Mi cuerpo es mi herramienta para experimentar, sentir y alcanzar las cosas que quiero en esta vida, no un enemigo, no un error que debo corregir. Mi cuerpo refleja lo que voy viviendo. Hoy voy aprendiendo a que sea mi faro, mi guía, para saber si me estoy forzando demasiado o estoy yendo fluidamente hacia donde quiero ir.

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