Castillo de cuarentena

Margarita Lignan Camarena

  

– Es que si no lavas los trastes con polvo de piedra pómez y agua caliente, no quedan bien… Y mira nada más estas sábanas tan mal dobladas, si las guardas así se arrugan ¡caramba!… Ahora, esa planta de allá, la millonaria, ya te dije que le quites las hojas secas si no, no revive…


Laura sigue trabajando en la computadora, tiene unos informes de gastos que entregar hoy mismo; para concentrarse sube el volumen al álbum de Norah Jones.

 

– ¿No le vas a hablar a tu hermana para ver cómo va con la cuarentena?

– Mamá, la puedes llamar tú.

– Yo no sé hacer eso

– ¿Cómo no va a saber llamar?

– A celular no, nunca he aprendido, yo nunca tuve un trabajo así tan… sofisticado como el tuyo.


¿Sofisticado?… ¿De dónde vendría en realidad esa necesidad de despreciarla por todo, de corregirle todo, de hacerla sentir tonta, torpe o presuntuosa en todo momento? 

 

Sólo una cosa realmente le gusta a Ema, el canto de los grillos que, atraídos por el calor, aparecen cada primavera.

 

– Mira, otro chiquitín, tiene sus alitas tan doradas. Lo pondré en su castillito.

Una enorme pecera vieja había sido decorada detalladamente con plantas, casitas, diminutos puentes de madera y recovecos para albergar a aquellos cantores.

 

Más de 35 días compartiendo de forma exclusiva el mismo espacio; entre las mismas paredes, el tiempo parece haberse detenido, el mundo se ha reducido a dos rostros tan parecidos, pero tan ajenos. 

 

Cada día Laura trabaja en similares informes, con el salario a la mitad, para comprar casi idénticos alimentos que comen en silencio, acompañadas de una misma tonada de grillos; mientras se distrae en internet con sugerencias para aprender bailes, idiomas y visitar virtualmente opulentos destinos.


Día 46, día 52, día…rumbo a una setentena de tiempo detenido, en medio de un calor agobiante.

 

– ¡Noooo, nooooo!….¡qué terrible, qué desgracia!

 

Laura salta de su asiento para encontrar a su madre llorando de rodillas, desesperada, frente al ventanal abierto y el castillo de los grillos en el suelo.

 

         – Es que sólo abrí la ventana, hace tanto calor, no pensé que pasaría esto. A ver, a ver, ayúdame; haz algo, ¡muévete no te quedes así!, ¡tengo que encontrarlos!


Siente tanta rabia que acaba de jurarse que si encuentra alguno lo pisará de inmediato. Está tan atrapada, tan vulnerable; ha bastado un golpe de viento para romper el frágil equilibrio de su mundo hoy tan reducido; pero entonces su vista se engancha en aquella vieja mujer que es su madre, tan rota, tan en partes, como ese castillo que en realidad nunca fue castillo, pero si ha sido para Ema un pequeño paraíso. 

 

Busca bajo cada mueble, entre las patas de las sillas y hasta en las grietas del suelo a los saltarines inquilinos, los va pescando uno a uno y los mete en un frasquito… 

 

– Son diecisiete, están todos.

 

– Pero hazle hoyitos a la tapa, ¡cómo se te ocurre ponerlos en un frasco, se van a ahogar!

 

Mientras Ema toma una siesta, Laura busca en la alacena el refractario más grande, aquel que usaban para el pastel azteca cuando había vida y fiestas. Le pone una tapa hecha de papel aluminio, con hoyitos por supuesto, y un torreón y el reconstruido puentecito; como a la reina de Inglaterra, traslada a los insectos a su morada de primavera.

 

-¡Menos mal!- Es lo único que dice Ema que despierta y se encuentra con un milagro. Laura se siente satisfecha cuando le ve brillar los ojos y una incipiente línea en el rostro, parecida a una sonrisa.

 

Sigue escribiendo informes, escuchando reclamos y tarareando las canciones de Norah Jones; sobreviviente a un montón de fines del mundo por los que ha pasado desde niña. Amorosa, paciente, fuerte, silenciosa, resiliente.

 

Recuerda que durante la Jornada Nacional de Sana Distancia hay que estar en casa y es el momento de sacar lo mejor de nosotros para vencer el reto. Mantente ocupado en actividades productivas y positivas, comparte tiempo con la familia, colabora en las tareas del hogar, practica la tolerancia, solidaridad y respeto.

 

Pero si crees que necesitas apoyo emocional llama a la Línea de la Vida: 800 911 2000. https://coronavirus.gob.mx/salud-mental/