Mi cuerpo, esa luz en mi camino

Margarita Lignan Camarena

Como una marea ignorada, así ha sido, con oleajes, a veces más profundos, intensos y violentos, otras veces suaves y arrulladores; nunca una línea recta como me lo contaron. Nunca resultó cierto para mí que se podía seguir una dieta “a pie juntillas”, impecablemente, sin ningún fallo; tampoco la pérdida de peso ha sido lineal, y la verdad, la ganancia tampoco, a veces me he dado licencias que no me hicieron subir tantos kilos como imaginé y otras veces en que he sido brutalmente estricta conmigo, casi hasta la crueldad, tampoco he bajado todos los kilos que mi expectativa planeó… ¿a qué se debe?

 

Hay tantas recetas, tantas recomendaciones, tantas dietas y terapias… Una y otra vez busco que mi cuerpo sea lo que anhelo, una y otra vez descalifico lo que es.

 

Y si trato de no atender a la forma, ni a los cánones impuestos acerca de quién o cómo debiera ser y tan solo seguir un criterio “de salud”, el panorama no es más claro, ¿cómo es una dieta saludable?, ¿con pocos carbohidratos o sin ellos?, ¿sin grasas o con ciertas grasas?, ¿con alimentos de origen animal o sin ellos?, ¿todo crudo o todo cocido?

 

Desde niña mi cuerpo ha pasado por tantas revisiones ante los ojos de los otros, que mi propia mirada ya no sabe qué ve, hay días que me siento una gorda inmensa y camino lentamente, otros, me siento frágil y diminuta; profundamente vulnerable, aunque en esa semana el pantalón que usé todos los días haya sido el mismo.

 

He llegado a considerar que todo lo que está mal en mi vida se relaciona con mi cuerpo, pensando que si yo tuviera un cuerpo adecuado, correcto, claro, lo que sea que eso signifique, ni demasiado curvilíneo, ni plano, ni robusto, ni enclenque, ni musculoso… uno…”que esté bien”; yo seguro sería feliz, tendría un mejor empleo y más dinero, la gente me respetaría; evidentemente también tendría más y mejores amistades porque a las personas les agradaría estar conmigo y sobre todo, tendría una maravillosa relación de pareja, porque según mi mente, “todos quieren estar con alguien que tenga un cuerpo correcto”.

 

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La forma de mi cuerpo me ha hecho sentir vergüenza, ira, depresión; sin embargo, su resiliencia, su profunda capacidad de recuperarse a todo lo que le hago, su voluntad de permanecer en la vida, de dar vida, de acompañar a otros, de acariciar, mirar y hasta de cantar; simplemente me conmueve.

 

Tantas ideas en torno a mi cuerpo me han violentado contra él y llenado de terror, en el súper, me paralizo, muchas veces al no saber qué comprar, todos esos alimentos de colores y formas distintos parecen ser un tremendo peligro; a veces, por temporadas largas, elijo mejor no comer, y luego, harta de mi propia conmiseración, decido comer “libremente”, justo como no sé hacerlo, entonces me doy un atracón, y al sentirme culpable, recurro a una medida compensatoria autoagresiva como una purga.

 

Hoy, tras tanto caminar atropelladamente, he aprendido que justo mi cuerpo es la luz de mi camino; me avisa cuando estoy demasiado angustiada, demasiado obsesiva o cuando la depresión está a punto de enfermarme; pero para que esa luz en verdad pueda guiarme, necesito atenderla, confiar en mi intuición y en mi experiencia. No son las voces ni las recomendaciones de otros las que me pondrán a salvo, es la mía que me dice cuándo acelerar y cuándo parar, cuándo estoy fuerte y es tiempo de emprender y cuándo es tiempo de tener calma y atender como prioridad mis emociones.

 

Cuando un alimento me cae mal, aunque otra persona me lo aconseje, no lo como; voy aprendiendo a observar a mi cuerpo, a saber qué le viene bien y qué no y en qué momento. Mi cuerpo es mi herramienta para experimentar, sentir y alcanzar las cosas que quiero en esta vida, no un enemigo, no un error que debo corregir. Mi cuerpo refleja lo que voy viviendo. Hoy voy aprendiendo a que sea mi faro, mi guía, para saber si me estoy forzando demasiado o estoy yendo fluidamente hacia donde quiero ir.